miércoles, 24 de junio de 2015

Premio al escritor cubano Leonardo Padura

RECIBE EL ESCRITOR CUBANO LEONARDO PADURA EL PREMIO PRÍNCIPE DE ASTURIAS


¿Cuántas personas habrán leído alguna obra de Padura? Supongo que, en nuestro país,  muy pocas. En primer lugar,  porque es un escritor que no ha recibido la gran publicidad que acompaña a otros autores latinoamericanos  y, en segundo,  por tratarse de un cubano. Confieso que yo también lo desconocía hasta que un amigo me prestó la espléndida novela La neblina del ayer (2005). Luego, continué la lectura con Herejes (2013).

Leonardo Padura nació en 1955 en el barro de Mantilla, en La Habana. Estudió periodismo en el barrio de La Víbora, donde conoció a Lucía López Coll, su actual esposa y a quien agradece su apoyo –y sus suculentas comidas- en todos sus libros. En la actualidad, supongo que pasa mucho tiempo en España para escuchar la opinión de sus editores sobre sus narraciones y para estar pendiente de la edición. 

A semejanza de la famosa escritora inglesa Agatha Christie, que creó a su detective ficticio Hércules Poirot, Leonardo Padura inventó a Mario Conde, el detective protagonista de sus primeras siete novelas. En sus últimas aventuras, Conde ha contado con el auxilio de  Manolo, antiguo discípulo suyo quien le brinda un apoyo fundamental para la investigación.

En la primera novela de Paduro que leí, La neblina del ayer, Conde, auxiliado por sus tres grandes amigos, se dedica a recorrer las calles del otrora elegante barrio de Miraflores donde todavía hay hermosas residencias cuyos dueños, apremiados por la pobreza, están dispuestos a deshacerse de hermosas joyas de la literatura cubana del siglo diecinueve con tal de obtener algún dinero extra para sobrevivir.  Al revisar un libro, cae de pronto de entre las hojas un antiguo recorte de periódico que se refiere al suicidio de la cantante Violeta del Río.

Intrigado por este recorte, Conde se da a la tarea de indagar sobre la vida y la muerte de la cantante, lo que sumerge al lector en el fascinante ambiente de La Habana en los años cuarenta con los  grandes cabarets y las visitas de los capos de la mafia estadounidense. Al mismo tiempo, Conde consigue que los dueños de la casa le vendan algunos libros que, a su vez, revenderá a través de uno de sus amigos. Intercaladas a lo largo de la narración se incluyen unas cartas que serán cruciales para el desenlace de la historia.

En la novela Herejes, lo primero que hace Padura es informar al lector sobre el significado de esa  palabra en Cuba. Así, nos dice: Dicho de una situación (estar hereje). Estar muy difícil, especialmente en el aspecto político o económico.  Se trata de una novela histórica que parte del paradero de un polémico  cuadro del rostro de Jesucristo pintado por Rembrandt  que llegó hasta Cuba. Así, nos enteramos de que en 1939, al iniciarse la persecución de los judíos por los nazis, hubo muchos que intentaron encontrar refugio en Cuba. Precisamente en el barco Saint Louis venía una pareja de judíos con su pequeña hija quienes confiaban que el valor del cuadro sería suficiente para permitirles desembarcar en la isla. No sucede así, los viajeros vuelven a Europa y mueren con millones de judíos. Sin embargo, el cuadro permanece en Cuba y sólo al final de la novela conocerá el lector cómo fue que se quedó en la isla y cómo, muchos años después, reaparece en una subasta en Londres. Antes, sin embargo, el pequeño hijo de la familia, Daniel Kandinsky, sí había llegado a Cuba en compañía de su tío Joseph, de manera que en la novela se entrelazará la historia de Daniel, la de su tío, la de cuadro de Rembrandt y el ambiente de la isla en esa época.

La novela está estructurada siguiendo el modelo de la Biblia, es decir, los capítulos se llaman el Libro de Daniel, el Libro de Elías, el Libro de Judith y Génesis. Hay un largo capítulo dedicado a Rembrandt que me pareció sumamente interesante: ocurre en Amsterdam, en 1643 y  me enseñó muchísimo sobre el gran pintor holandés y sus penurias jamás imaginadas después de ver la fama y el valor de sus algunas de sus pinturas tales como “La ronda de noche” o “El regreso del hijo pródigo”.


Este año, pues, Padura –y con él, en mi opinión, la literatura cubana- recibió el Premio Príncipe de Asturias dejando atrás a escritores de la talla del japonés Hiroki Murakami (derrotado el año pasado por el francés Modiane que obtuvo el Premio Nobel), Richard Ford, Ian McEwan y el poeta sirio Adonis. Es también, como ya dije, un reconocimiento a la literatura cubana y, en general, a la latinoamericana.  

Película Little Boy

EL GRAN PEQUEÑO

LITTLE BOY

Se trata de un filme producido por el mexicano Eduardo Verástegui  (no se indica el autor del guión, por lo que suponemos que es él mismo) estrenada  a principios de mayo con gran éxito en los cines del país. Esta película se coloca en la línea detrás de filmes, por ejemplo,  como Nosotros los nobles (2013)  y Guten Tag, Ramón (2014)) que hablan de un  cine mexicano que no se relaciona con el narcotráfico o migrantes que sufren todo tipo de atrocidades.

La historia se desarrolla en California en los años de la segunda guerra mundial, digamos 1942, después del ataque japonés a Pearl Harbor. Pepper (Jakob Salvati, con una estatura normal), como se llama el niño, mide apenas 91 centímetros, por  lo que sufre las burlas y los ataques de otros niños en su comunidad. Su gran amigo que lo estimula para seguir adelante y no sucumbir ante la adversidad es su padre (interpretado por James Busbee), que es enviado para pelear en la guerra en el Pacífico en lugar de hijo London porque tiene pies planos.  Antes de partir, le dice a Pepper: “Mídete desde aquí (señalando la cabeza) hasta el cielo” por lo que el niño se defiende con todas sus fuerzas siempre animado por la convicción de que su padre regresará.

Su nuevo amigo ahora es el sacerdote Oliver (Tom Wilkinson) quien le aconseja hacer una buena obra para lograr el propósito de que su padre regrese.  Pepper se dirige entonces  a la casa  donde vive Hashimoto (Cary-Hiroyuki Tagawa), un japonés solitario, lejos del pueblo y muy cerca del mar. Entre los dos nace una gran amistad y Hashimoto muestra al niño algunos libros sobre las tácticas guerreras de los samuráis lo que le ayudará a enfrentar a quienes lo atacan incesantemente.

Cuando la familia recibe la noticia de que el padre murió y fue enterrado en Filipinas, Pepper rechaza tajantemente la noticia y decide que, siguiendo las tácticas de los samuráis, hará que su padre regrese. Todas las tardes se sienta en una banca, frente al mar, mirando con suma concentración hacia el oriente y moviendo los  brazos como si fueran una flecha. Por supuesto, la historia tendrá un final feliz.

Se trata entonces de una anécdota relacionada con estadounidenses, pero realizada por mexicanos. El director  fue Alejandro Monteverde y la película se filmó en Rosarito, Baja California. Está hablada en inglés, por lo que los niños mexicanos y los adultos que tampoco hablan inglés, la han visto doblada al español. Quizá Verástegui tomó esta decisión para atraer al público latinoamericano residente en los Estados Unidos que ya no habla español, lo que le aseguraría una buena entrada económica.

Es una película amable, casi un cuento de hadas, que no impide que en algunos momentos a algunas personas se les escapen unas cuantas lágrimas. Es también un filme que nos hace sentir bien porque vemos que los directores talentosos como Alejandro González Iñárritu (director de Birdman, que obtuvo el Óscar a la mejor película en 2015), Eugenio Derbez (director de No se admiten devoluciones (2013)  y ahora Verástegui por Little Boy  son capaces de filmar en los Estados Unidos.

Hace poco leí en un periódico que el actor Robert Downey había expresado el siguiente comentario  -palabras más, palabras menos- refiriéndose a González Iñárritu: “Para haber nacido en un país donde se habla español, qué bueno que este hombre es inteligente”. Un comentario discriminatorio que no merece ninguna disculpa.



Autobiografía de Coetzee

RECORDANDO LA  INFANCIA


En los últimos meses he leído varias autobiografías (todas de escritores, ninguna de una mujer) por lo que creo que han decidido, por una parte, dejar un legado a sus familias y a sus lectores y, por la otra, reflexionar sobre su vida aunque, como opina Eduardo Ruiz Sousa (Culiacán, 1983)  “A veces lo que recordamos no es lo que pasó, la memoria tiene trampas y según quien lo recuerde es diferente”. 

El renombrado médico Arnoldo Kraus, hijo de emigrantes polacos que lograron escapar de los hornos crematorios del nazismo, en A veces, ayer (2010) utiliza una narración lineal,  en primera persona, y suspende su narración (por ahora, aunque  quizá continúe en el futuro)  en el momento cuando se gradúa de la preparatoria. Es decir, cuando principia  su vida adulta. Sus memorias nos muestran una infancia feliz llena de gratos recuerdos.

El famoso escritor estadounidense Paul Auster,  en su Diario de invierno (2012), tiene un estilo diferente. También es una narración lineal, con  énfasis en etapas de su vida como su estancia en Francia en donde relata con todo detenimiento cómo era cada uno de los departamentos que habitó en París lo que, en mi opinión, hace que en ese momento la lectura se vuelva farragosa. Sin embargo, salvadas esas páginas, ofrece al lector unas vivencias interesantes y una vida familiar diferente, por supuesto, a la de Arnoldo Krauss.

Por su parte, el escritor sudafricano J. M. Coetzee, ganador del Premio Nobel en 2003, ha dividido sus memorias en dos tomos: Infancia (1997) y Juventud (2002). El primero, del que nos ocupamos en este texto, está narrado  en tercera persona, en forma lineal,  lo que supone un alejamiento de lo narrado, particularmente del niño protagonista. La anécdota empieza cuando la familia se ha mudado a “las afueras de  Worcester, entre las vías de ferrocarril y la carretera nacional”.  Antes vivían en Ciudad del Cabo y el niño no entiende por qué tuvieron que mudarse a ese lugar donde  sólo hay “hormigas, moscas y plaga de pulgas”, por lo cual su rabia se vuelve contra su madre.

En las páginas siguientes veremos las dificultades que enfrentará el niño para adaptarse a su nuevo ambiente y a su nueva escuela, pero, sobre todo, tomará conciencia de la existencia de la población de color que habita en ese barrio  y que su madre considera que son “la sal de la tierra”. La escuela es sumamente rígida y se castiga con varas a los alumnos que se equivocan o transgreden las reglas. Además, notará la diferencia entre los alumnos que calzan zapatos y los que van descalzos, a veces con las plantas de los pies ampolladas por lo caliente de la tierra. Hay otra cuestión que lo inquieta: no sabe cómo actuar en ciertos momentos por las tres religiones a las que se enfrenta: la católica, que decide adoptar a escondidas de su familia para no tener problemas en la escuela, el judaísmo y el protestantismo.

La relación con el padre es fría y distante,  incluso de desprecio especialmente por obligarlos a vivir en Worcester, por lo que se vuelca por completo hacia su madre que se convierte “en la roca en la que él se sostiene”. Está celoso de su  hermano menor y no se explica por qué su madre tuvo otro hijo.

Quizá las páginas más importantes para revelarnos la personalidad de Coetzee  y la influencia que esos hechos ejercieron sobre él para la construcción de sus novelas sea la estancia en la  granja llamada Voelfontein (nombre con recuerdo de los alemanes). El embeleso que experimenta al observar a los millares de pájaros que todas las tardes se acomodan en los árboles para pasar la noche abarca igualmente los cambios en la naturaleza. Más importante para su futuro desarrollo es “la mezcla feliz y descuidada de inglés y afrikaans que es su idioma común”  cuando sus tíos se reúnen.  Además, experimenta por primera vez un sentido de pertenencia (que será evidente en sus novelas)  y lo que hay que vivir para ser aceptado como sudafricano (véase lo que sucede con Lucy en la novela Desgracia (1999) que le valió el Nobel. Este sentido de pertenencia aumenta  su amor por   la tierra donde percibe “un profundo silencio, tan profundo que casi podría ser un murmullo” y es evidente en su novela Esperando a los bárbaros. 

Sin haber presenciado jamás un beso entre sus padres o un acercamiento amoroso, el  despertar del niño por el sexo se revela, por ejemplo, por  el cuidado con que se su madre se cuida los pechos para protegerse contra el cáncer. Y entonces divaga sobre cómo se comportaría él cuando lo amamantó y si le hizo daño con sus puñitos. En la granja verá por primera vez a un hombre adulto desnudo cuando encuentra  a su padre y a sus tíos bañándose en el río, imagen que le es profundamente desagradable. 


Coetzee ha recibido numerosos premios y sus libros han sido recibidos con muchos elogios. Esta primera parte de su autobiografía revela sin ambages la complejidad del inicio de su vida en un país tan desigual. Sin embargo, esta desigualdad y la crueldad con que se trata a los pobladores originales del sur de África.  

sábado, 30 de mayo de 2015

Deshacerse de cosas y sentimientos inútiles

VIAJAR POR LA VIDA LIGERO DE EQUIPAJE

Poco tiempo antes de morir, el renombrado jesuita nacido en la India conocido por todos como Tony de Mello invitó a antiguos colegas y alumnos a viajar a Lonaula, India, para asistir a un “cursillo de renovación de Sádhana”, (oración) de dos semanas en  el que se proponía discutir con los asistentes sus “últimas ideas”. Tony de Mello murió poco después y ya no tuvo tiempo de recoger los frutos del seminario en un libro. Dicha tarea la emprendió el también jesuita Carlos G. Vallés en el volumen  titulado Ligero de equipaje. Tony de Mello. Un profeta para nuestro tiempo (Editorial Sal Terrae, 1987).

En un pequeño libro de reflexiones titulado Minutos de sabiduría, de C. Torres Pastorino (Editorial Diana, 1995), hay un texto que dice “¿Por qué guardas tantas cosas inútiles? ¿Para qué llenar de cosas tus armarios si los de tus hermanos están vacíos? Reparte todo lo que tienes de más para que tu espíritu no pese demasiado cuando tengas que dejar la tierra”.

Por supuesto, los fardos que cargamos los humanos y a los que se refiere Tony de Mello no son los físicos, sino los morales. En otras palabras, dejar atrás los resentimientos, las amarguras, los desencuentros e, incluso, las venganzas.  En otras palabras,  olvidarnos del Yo.  En otra página decía:  “Entender por dentro  es la capacidad de ver las cosas desde dentro de la otra persona, tal como ella las ve y las siente, y de hacerle saber a ella que así lo hacemos”.

Por su parte, Torres Pastorino se refiere a lo físico, a los objetos que guardamos inútilmente durante años sin animarnos a deshacernos de ellos. Hace muchos años conocí a un hombre que compraba el periódico todos los días, no lo leía, sino que lo colocaba encima de la torre formada por muchos periódicos viejos. En pocas palabras, tenía una habitación repleta de periódicos viejos, amarillentos y que se deshacían entre los dedos porque cuando se jubilara se proponía sentarse a leerlos.  Naturalmente, hubo problemas de ratones pero esto no significó que se deshiciera de la mayoría de los periódicos.

Al abrir mi cajón de la ropa interior, todos los días me topo con un pequeño cerro (ya he regalado varios) de fondos, como decimos en México, o de “combinaciones” como los llaman en España y quizá en Sudamérica. El fondo es, según el Diccionario de la Real Academia, una  “saya blanca  que las mujeres llevan debajo de las enaguas”,  definición que me hace pensar en los días revolucionarios cuando las faldas llegaban hasta los pies. En el caso de las mujeres elegantes, eran indispensables para dar amplitud a sus faldas.

Hoy, el fondo es una prenda desconocida seguramente por las mujeres jóvenes. Desapareció rápidamente (seguramente ocasionando una crisis en las fábricas de ropa femenina)  cuando fueron aceptados los pantalones para cualquier ocasión; es decir, la oficina, el restaurante, reuniones e, incluso, para fiestas formales. Sin embargo, para estas últimas se prefiere el vestido, que  viene forrado o no y permite que se transparenten las piernas, lo que no escandaliza a nadie.

Tenía fondos de varios colores: blancos, negros, azul, rosa y beige, el más cómodo y útil. Unos eran cortos, otros llegaban a la rodilla, otros eran largos para los vestidos de noche. Incluso, algunos  venían con el sostén incluido. Un buen día decidí hacer limpieza. Regalé muchos para una mujer mayor interna en el Centro de Rehabilitación Social de Durango porque se prestó a llevar una bolsa que le encargó un hombre al bajarse de un  autobús. Junto con los fondos se fueron las pantimedias que, según me hizo saber,  la ayudarían a soportar el invierno sin frío. Pero todavía quedan algunos. Siempre quiero regalárselos a alguien que los vaya a utilizar y que no los considere como un trapo de limpieza, pero parece una tarea imposible. Y no sólo necesito deshacerme de los fondos, sino también de los aretes de tornillo o de clip que han pasado a la historia y quizá de algunas bolsas pasadas de moda que conservo  “por si algún día las necesito”.

Tony de Mello nos propone limpiar nuestro ropero espiritual en tanto que Torres Pastorino hace énfasis en lo material. No es una tarea fácil porque con cada objeto que descartamos se van nuestros recuerdos, tristezas o alegrías. Ahí es donde nos conviene recordar los pensamientos y sugerencias de Tony de Mello para seguir su consejo y viajar por la vida “ligero de equipaje”.   

miércoles, 13 de mayo de 2015

Casa de la familia Fiscal en la Villa de Nombre de Dios

DEL COFRE DE LOS RECUERDOS

CALLE PRINCIPAL NÚMERO 1

Así se llamaba la calle que hoy lleva el nombre de Francisco Zarco en el pueblo de la Villa de Nombre de Dios, en el estado de Durango, fundada entre 1555-56 por el sacerdote franciscano Fray Gerónimo de Mendoza,  quien ofició la primera misa. .  El número uno  correspondió hasta la década de los años sesenta del siglo pasado a una hermosa y señorial casona del siglo dieciocho, ubicada en la esquina de esa calle y Victoria, según opinión del historiador Francisco Durán Martínez.  Enfrente, el jardincillo que todavía existe y, al fondo, la Presidencia Municipal albergada en esos días en un edificio estilo colonial, con un portal y columnas. Todo el entorno, incluyendo el antes activo mercado, conservaba una gran armonía.

 La casona fue propiedad de mi abuelo, don Carlos Fiscal (nombrado así en los papeles legales, sin el apellido materno) quien fungió, en dos ocasiones, como jefe del Partido de Nombre de Dios durante la época porfiriana.  A su muerte, junto con otras propiedades, fue heredada por su esposa, doña Apolonia Irigoyen viuda de Fiscal y sus hijos. Ahí pasé parte de mi infancia, así como muchas e inolvidables vacaciones veraniegas. En los ríos cercanos mis hermanos y yo aprendimos a nadar siempre bajo el ojo vigilante de mi padre.

En la esquina con la calle Victoria que  baja hasta la ciénaga, se encontraba la tienda La Patria, propiedad de mi padre. Por las tardes, él departía ahí afablemente con los clientes. En la parte de atrás, una pequeña oficina y, luego, la trastienda repleta de objetos diversos, incluyendo aperos de labranza y zaleas de borregos sacrificados para preparar barbacoa. El escritorio, de madera maciza, viajó luego a Durango y después a la Ciudad de México y fue el compañero de estudios de mi hermano Gonzalo.

Entrando por la señorial puerta rematada por un arco de cantera, se apreciaban el zaguán y el cancel; después los cuatro corredores que enmarcaban el patio. Ahí florecían un espléndido granado y una higuera. En un rincón, se veía la noria. Eran los días cuando no había agua entubada; cada tercer día, ésta descendía  del ojo de agua por un canal a lo largo de la calle, pero no podía usarse ni para beber ni para cocinar. Ésta se traía del manantial. El baño, de placer o de limpieza, lo tomábamos en los ríos, entonces puros y abundantes.

Las habitaciones daban a tres de los corredores. Durante un tiempo, algunas  fueron alquiladas por mi tía Paulita para vacacionistas,  profesores o agentes viajeros que llegaban a la Villa para vender sus mercancías. Según el periódico El Pregón (16 noviembre 2002), “en esos enormes patios se llegaron a celebrar algunas fiestas donde pudimos bailar al compás de la orquesta de don Fidel Páez, de grata memoria”. A mí no me tocó presenciar esos bailes, pero sí estoy segura de que en la época de mi abuelo  hubo grandes fiestas a las que asistían las personalidades locales y de los lugares vecinos como La Parrilla, quienes llegaban en sus coches de caballos y eran atendidos espléndidamente, como me lo contó don Luis Pérez, quien por entonces era un niño que se escondía detrás de las columnas para observar a los invitados.

En la esquina formada por el corredor norte y el oriente se encontraba la espaciosa cocina con su enorme fogón;  ahí reinaba Cuco, el magnífico cocinero e inventor de maravillosos cuentos de aparecidos.  Por una puerta se entraba al corral; al fondo, se hallaba el común y, tras otra puerta, los dos solares –el espacio de las aventuras y los sueños-  donde crecían membrillos, duraznos, maíz y alfalfa.

Debido a malas operaciones comerciales, la casona fue embargada por un banco, que después la vendió al mejor postor. Luego, fue dividida en dos secciones, para posteriormente ser parcelada en no sé cuántos terrenos. Nadie se ocupó de rescatarla para escuela o museo. No existen planos ni fotografías. Hoy, con un sabor agridulce, sólo subsiste en mi memoria.  Durante un tiempo todavía se pudieron apreciar los restos de cantera labrada de un antiguo arco como resabio de su antiguo esplendor. Hoy, todo eso ha desaparecido.



Historia de una familia japonesa en México durante la segunda guerra mundial

SEMBRAR SIN DESCANSO. GRANDE ES LA COSECHA

LA GALLINA AZUL

Tras el ataque a Pearl Harbor en 1942 por la Marina Imperial Japonesa, las familias originarias de Japón que habían emigrado a los Estados Unidos o a América Latina, aun cuando hubieran llegado muchos años atrás,  se vieron en serias dificultades. Las autoridades  estadounidenses pensaban que era muy posible que se unieran a su país de origen por lo que se convertirían en un serio peligro para la seguridad nacional. Por tal motivo, convencieron a las demás naciones a seguir su política de concentrarlas, especialmente a las que habitaban cerca de la costa del Océano Pacífico, en campamentos especiales donde estarían vigiladas día y noche.

Con los alemanes, aun cuando hubieran transcurrido muchos años desde su llegada a México, ocurrió lo mismo.  Conocí a un marinero de un barco comercial alemán que atracó en Veracruz  cuya tripulación fue llevada a un campo de concentración en Perote,  en ese estado.  Allí permanecieron hasta el fin de la guerra. August Stammer vino a dar a Durango (y fue mi primer profesor de alemán) porque algunas familias durangueñas se condolieron de la suerte de los prisioneros y les enviaron ropa y alimentos. Al quedar en libertad, Stammer vino a agradecer a su benefactora y terminó casándose con ella.

La novela La gallina azul (2015), de Cecilia Reyes Estrada,  narra la conmovedora  historia  de la familia Yamada  que vivió una suerte semejante y  cuyo hijo, Haruki (que después cambia su nombre por el de André) con un espíritu y una fortaleza extraordinarios supera todas las dificultades y carencias  hasta llegar a convertirse en un  brillante médico especializado en oncología infantil.

La historia de la familia Yamada  en nuestro país principia a comienzos del siglo veinte cuando  Zenzo Yamada y dos de sus hermanos aceptan un contrato para trabajar en México en una empresa cafetalera ya que al  terminarse la guerra ruso-japonesa los empleos en su país eran escasos. Una vez en territorio mexicano,  y dadas las condiciones de explotación en las fincas cafetaleras, los hermanos deciden emprender el viaje hacia el norte,  pero antes los alcanza la Revolución. Al pacificarse el país,  Zenzo  recorre varios lugares antes de establecerse en Ures, en el estado de Sonora. Ahí se gana la vida vendiendo raspados de hielo de diferentes sabores. Poco después decide contraer matrimonio y busca, mediante el envío de su mejor foto, a una novia japonesa, la bella Fumie, que acepta abandonar su país, casarse sin conocer al novio  y viajar al extranjero en busca de su destino.

En 1942, la familia Yamada recibe la noticia de que  debe abandonar todo lo que posee en Ures y abordar el tren que los llevará a la Ciudad de México donde vivirán en una vecindad, en el pueblo de Tlalpan, junto con las demás familias japonesas  con las que compartirán el espacio al que bautizan como Hachi-Ken-Nagaya. Cuando se firma la paz, reciben la noticia de que son libres para volver a Ures. El padre emprende el viaje y regresa con el dolor de que todo lo que poseían ha sido destruido. Por tanto, deciden permanecer en la Ciudad de  México. André  asiste a la escuela pública, pero también a la  japonesa organizada por los habitantes de la vecindad.   Después de vivir su juventud llena de aventuras,  la experiencia que le brinda ser asistente de un dentista lo decide a estudiar medicina
.
El título, La gallina azul, que aparentemente no se relaciona  con la anécdota, es un engaño para el lector.  Cuando los Yamada criaban gallinas en Ures, nació una azul que André adopta como mascota  y a la que fabrica  un carrito de madera para sacarla a pasear. Al principio, la gallina se rebela, pero cuando André la acomoda como si fuera a  poner un huevo,  deja de protestar. Muchos años después, André se convierte en una especie de gallina azul dentro de la comunidad en la que vive en Tlalpan.

Narrada en tercera persona sin estar dividida en capítulos me hace pensar en  que se trata de una biografía novelada o en una non-fiction novel, es decir, se  agregan rasgos novelescos y  la  vida de los personajes se ve enriquecida con acontecimientos verdaderos y otros de ficción. La historia inicia en un momento ordinario en la vida del Dr. André Yamada, ya un hombre de avanzada edad,   cuando  llega a su casa después de una larga jornada, se despoja de sus ropas de médico y se viste con un cómodo kimono. Después de confirmar que al día siguiente se presentará en la Embajada Japonesa a la hora indicada,  abre un cofre donde guarda las fotografías de su familia, lo que permite que  la narración dé un salto al pasado.
 
Cecilia Reyes Estrada es originaria de Durango, México, aunque hace muchos años que radica en el Distrito Federal. Ha tomado varios cursos sobre guionismo y escritura creativa  en importantes instituciones y colaborado en programas de  maestrías con  el Instituto Tecnológico Autónomo de México (ITAM). La gallina azul  es su primera novela y fue publicada por la editorial Ítaca.

“Sembrar sin descanso, grande es la cosecha” son palabras pronunciadas por el padre de André en un momento de grandes dificultades en el campo de concentración y alientan a su hijo a lo largo de su vida.  


    

lunes, 20 de abril de 2015

Comentarios a las memorias de un embajador mexicano ante la Santa Sede

MEMORIAS DE UN EMBAJADOR MEXICANO ANTE EL ESTADO VATICANO

En nuestro país, durante el convulso siglo diecinueve –y especialmente después de la independencia- las relaciones entre la Iglesia y el Estado Vaticano sufrieron muchos altibajos. Después de la promulgación de las Leyes de Reforma, en 1867 se interrumpieron definitivamente y no se reanudarían sino hasta el 21 de septiembre de 1992, durante el sexenio de Carlos Salinas de Gortari (1988-1994) quien designó a Enrique Olivares Santana como embajador ante el Estado Vaticano, a quien siguieron Luis Felipe Bravo Mena, Federico Ling Altamirano (estos dos últimos durante los sexenios panistas  de Vicente Fox y Felipe Calderón) y, actualmente, Mariano Palacios Alcocer, anteriormente presidente del PRI.

 Sin embargo, como anécdota es interesante recordar que durante la presidencia de José Joaquín Herrera, que era un liberal moderado, en 1848 le  ofreció asilo al Papa Pío IX, que tenía problemas en Roma, para que pasara su destierro en nuestro país. Pero la propuesta no se concretó. Este Papa, siendo cardenal, al principio del siglo diecinueve,  había recorrido Argentina y Chile en una misión especial. Quedó tan deslumbrado con la geografía de nuestro continente que cuando tuvo la oportunidad,  impulsó la beatificación de Cristóbal Colón, propuesta que fue rechazada  no por haber introducido la esclavitud en el continente americano, sino por vivir “en concubinato”, como lo narra Alejo Carpentier en su espléndida novela El arpa y la sombra (1979).

En las Memorias de Federico Ling Altamirano, recién publicadas,  narra detalladamente y de manera amena desde el momento en que fue aceptado hasta el día en que tanto él como su esposa Mercedes tuvieron que despedirse no sólo de la bella Villa Ruffo, donde  habitaron durante cuatro años, sino del personal doméstico y de la oficina. Ling Altamirano tiene sumo cuidado en no dejar que se le escape ningún comentario relacionado con la política mexicana que podría haber sido una indiscreción o crear un problema tanto para él como embajador como para el país.

Según él mismo confiesa, su proyecto más importante y que parecía imposible de realizar era que el papa Ratzinger viajara a México debido a su edad avanzada y quizá también por la altura de nuestro país. Como recordarán nuestros amigos lectores, la estancia del Sumo Pontífice transcurrió en la ciudad de Guanajuato desde donde se trasladó a lugares vecinos. Ling Altamirano recuerda con las siguientes palabras la emoción de aquel día:

Para mí, el momento superior de mi encargo diplomático sería cuando subiera al estrado junto con la comitiva mexicana y saludara a mi apreciado Benedicto XVI ante el presidente de mi país Felipe Calderón. Al subir el gran escalón del entarimado tuve que ser ayudado con un buen empujón por la espalda por el señor que venía detrás de mí; lo agradezco porque en esos días ya tenía problemas con mis rodillas y ya comenzaba a usar bastón. 
  
Así como con toda humildad reconoce  la debilidad de sus piernas, en otros casos narra con suma emoción su asistencia a algunos conciertos en el Vaticano o a la a misa en la Basílica de San Pedro. Vale también la peña señalar el orgullo y la emoción cuando, para una navidad, el gobierno de Puebla (cuyo ejemplo imitaron después otros estados) envió como obsequio para Benedicto XVI un hermoso nacimiento que mostraba la belleza de las artesanías española y mexicana, así como la delicadeza de la talavera poblana.

El libro está profusamente ilustrado con bellas fotografías de las reuniones y ceremonias a las que asistieron tanto él como su esposa. Tuvo también la oportunidad de estrechar la mano del papa Francisco, el primer papa latinoamericano. Al despedirse le fue entregado un diploma y una condecoración donde aparece precisamente la imagen de Pio IX.

En la parte final del libro se incluyen varios poemas ya que Ling Altamirano fue un entusiasta de la poesía. En lo personal, me gusta mucho el poema  “Soy”, del que incluyo la primera estrofa:

SOY
Como un tercio de leño voy cargando
Un longevo cansancio vespertino
De aquesta “cafetera” que es mi cuerpo
Maliciando el final de su camino.

Federico Ling Altamirano nació en México, D.F. en 1939. Obtuvo el grado de Ingeniero Mecánico Electricista  en la Facultad  de Ingeniería de la Universidad Nacional Autónoma de México. Según la información contenida en la solapa, llegó a Durango en 1982, donde posteriormente contrajo matrimonio con Mercedes Sanzcerrada, con la que tuvo tres hijos. De ahí en adelante su vida fue un continuo ir y venir entre la capital de la república y la ciudad de Durango. Aquí falleció en 1914 pero legó a su familia varios libros de poesía, una colección de artículos periodísticos y una biografía del político panista Carlos Castillo Peraza.