sábado, 30 de mayo de 2015

Deshacerse de cosas y sentimientos inútiles

VIAJAR POR LA VIDA LIGERO DE EQUIPAJE

Poco tiempo antes de morir, el renombrado jesuita nacido en la India conocido por todos como Tony de Mello invitó a antiguos colegas y alumnos a viajar a Lonaula, India, para asistir a un “cursillo de renovación de Sádhana”, (oración) de dos semanas en  el que se proponía discutir con los asistentes sus “últimas ideas”. Tony de Mello murió poco después y ya no tuvo tiempo de recoger los frutos del seminario en un libro. Dicha tarea la emprendió el también jesuita Carlos G. Vallés en el volumen  titulado Ligero de equipaje. Tony de Mello. Un profeta para nuestro tiempo (Editorial Sal Terrae, 1987).

En un pequeño libro de reflexiones titulado Minutos de sabiduría, de C. Torres Pastorino (Editorial Diana, 1995), hay un texto que dice “¿Por qué guardas tantas cosas inútiles? ¿Para qué llenar de cosas tus armarios si los de tus hermanos están vacíos? Reparte todo lo que tienes de más para que tu espíritu no pese demasiado cuando tengas que dejar la tierra”.

Por supuesto, los fardos que cargamos los humanos y a los que se refiere Tony de Mello no son los físicos, sino los morales. En otras palabras, dejar atrás los resentimientos, las amarguras, los desencuentros e, incluso, las venganzas.  En otras palabras,  olvidarnos del Yo.  En otra página decía:  “Entender por dentro  es la capacidad de ver las cosas desde dentro de la otra persona, tal como ella las ve y las siente, y de hacerle saber a ella que así lo hacemos”.

Por su parte, Torres Pastorino se refiere a lo físico, a los objetos que guardamos inútilmente durante años sin animarnos a deshacernos de ellos. Hace muchos años conocí a un hombre que compraba el periódico todos los días, no lo leía, sino que lo colocaba encima de la torre formada por muchos periódicos viejos. En pocas palabras, tenía una habitación repleta de periódicos viejos, amarillentos y que se deshacían entre los dedos porque cuando se jubilara se proponía sentarse a leerlos.  Naturalmente, hubo problemas de ratones pero esto no significó que se deshiciera de la mayoría de los periódicos.

Al abrir mi cajón de la ropa interior, todos los días me topo con un pequeño cerro (ya he regalado varios) de fondos, como decimos en México, o de “combinaciones” como los llaman en España y quizá en Sudamérica. El fondo es, según el Diccionario de la Real Academia, una  “saya blanca  que las mujeres llevan debajo de las enaguas”,  definición que me hace pensar en los días revolucionarios cuando las faldas llegaban hasta los pies. En el caso de las mujeres elegantes, eran indispensables para dar amplitud a sus faldas.

Hoy, el fondo es una prenda desconocida seguramente por las mujeres jóvenes. Desapareció rápidamente (seguramente ocasionando una crisis en las fábricas de ropa femenina)  cuando fueron aceptados los pantalones para cualquier ocasión; es decir, la oficina, el restaurante, reuniones e, incluso, para fiestas formales. Sin embargo, para estas últimas se prefiere el vestido, que  viene forrado o no y permite que se transparenten las piernas, lo que no escandaliza a nadie.

Tenía fondos de varios colores: blancos, negros, azul, rosa y beige, el más cómodo y útil. Unos eran cortos, otros llegaban a la rodilla, otros eran largos para los vestidos de noche. Incluso, algunos  venían con el sostén incluido. Un buen día decidí hacer limpieza. Regalé muchos para una mujer mayor interna en el Centro de Rehabilitación Social de Durango porque se prestó a llevar una bolsa que le encargó un hombre al bajarse de un  autobús. Junto con los fondos se fueron las pantimedias que, según me hizo saber,  la ayudarían a soportar el invierno sin frío. Pero todavía quedan algunos. Siempre quiero regalárselos a alguien que los vaya a utilizar y que no los considere como un trapo de limpieza, pero parece una tarea imposible. Y no sólo necesito deshacerme de los fondos, sino también de los aretes de tornillo o de clip que han pasado a la historia y quizá de algunas bolsas pasadas de moda que conservo  “por si algún día las necesito”.

Tony de Mello nos propone limpiar nuestro ropero espiritual en tanto que Torres Pastorino hace énfasis en lo material. No es una tarea fácil porque con cada objeto que descartamos se van nuestros recuerdos, tristezas o alegrías. Ahí es donde nos conviene recordar los pensamientos y sugerencias de Tony de Mello para seguir su consejo y viajar por la vida “ligero de equipaje”.   

miércoles, 13 de mayo de 2015

Casa de la familia Fiscal en la Villa de Nombre de Dios

DEL COFRE DE LOS RECUERDOS

CALLE PRINCIPAL NÚMERO 1

Así se llamaba la calle que hoy lleva el nombre de Francisco Zarco en el pueblo de la Villa de Nombre de Dios, en el estado de Durango, fundada entre 1555-56 por el sacerdote franciscano Fray Gerónimo de Mendoza,  quien ofició la primera misa. .  El número uno  correspondió hasta la década de los años sesenta del siglo pasado a una hermosa y señorial casona del siglo dieciocho, ubicada en la esquina de esa calle y Victoria, según opinión del historiador Francisco Durán Martínez.  Enfrente, el jardincillo que todavía existe y, al fondo, la Presidencia Municipal albergada en esos días en un edificio estilo colonial, con un portal y columnas. Todo el entorno, incluyendo el antes activo mercado, conservaba una gran armonía.

 La casona fue propiedad de mi abuelo, don Carlos Fiscal (nombrado así en los papeles legales, sin el apellido materno) quien fungió, en dos ocasiones, como jefe del Partido de Nombre de Dios durante la época porfiriana.  A su muerte, junto con otras propiedades, fue heredada por su esposa, doña Apolonia Irigoyen viuda de Fiscal y sus hijos. Ahí pasé parte de mi infancia, así como muchas e inolvidables vacaciones veraniegas. En los ríos cercanos mis hermanos y yo aprendimos a nadar siempre bajo el ojo vigilante de mi padre.

En la esquina con la calle Victoria que  baja hasta la ciénaga, se encontraba la tienda La Patria, propiedad de mi padre. Por las tardes, él departía ahí afablemente con los clientes. En la parte de atrás, una pequeña oficina y, luego, la trastienda repleta de objetos diversos, incluyendo aperos de labranza y zaleas de borregos sacrificados para preparar barbacoa. El escritorio, de madera maciza, viajó luego a Durango y después a la Ciudad de México y fue el compañero de estudios de mi hermano Gonzalo.

Entrando por la señorial puerta rematada por un arco de cantera, se apreciaban el zaguán y el cancel; después los cuatro corredores que enmarcaban el patio. Ahí florecían un espléndido granado y una higuera. En un rincón, se veía la noria. Eran los días cuando no había agua entubada; cada tercer día, ésta descendía  del ojo de agua por un canal a lo largo de la calle, pero no podía usarse ni para beber ni para cocinar. Ésta se traía del manantial. El baño, de placer o de limpieza, lo tomábamos en los ríos, entonces puros y abundantes.

Las habitaciones daban a tres de los corredores. Durante un tiempo, algunas  fueron alquiladas por mi tía Paulita para vacacionistas,  profesores o agentes viajeros que llegaban a la Villa para vender sus mercancías. Según el periódico El Pregón (16 noviembre 2002), “en esos enormes patios se llegaron a celebrar algunas fiestas donde pudimos bailar al compás de la orquesta de don Fidel Páez, de grata memoria”. A mí no me tocó presenciar esos bailes, pero sí estoy segura de que en la época de mi abuelo  hubo grandes fiestas a las que asistían las personalidades locales y de los lugares vecinos como La Parrilla, quienes llegaban en sus coches de caballos y eran atendidos espléndidamente, como me lo contó don Luis Pérez, quien por entonces era un niño que se escondía detrás de las columnas para observar a los invitados.

En la esquina formada por el corredor norte y el oriente se encontraba la espaciosa cocina con su enorme fogón;  ahí reinaba Cuco, el magnífico cocinero e inventor de maravillosos cuentos de aparecidos.  Por una puerta se entraba al corral; al fondo, se hallaba el común y, tras otra puerta, los dos solares –el espacio de las aventuras y los sueños-  donde crecían membrillos, duraznos, maíz y alfalfa.

Debido a malas operaciones comerciales, la casona fue embargada por un banco, que después la vendió al mejor postor. Luego, fue dividida en dos secciones, para posteriormente ser parcelada en no sé cuántos terrenos. Nadie se ocupó de rescatarla para escuela o museo. No existen planos ni fotografías. Hoy, con un sabor agridulce, sólo subsiste en mi memoria.  Durante un tiempo todavía se pudieron apreciar los restos de cantera labrada de un antiguo arco como resabio de su antiguo esplendor. Hoy, todo eso ha desaparecido.



Historia de una familia japonesa en México durante la segunda guerra mundial

SEMBRAR SIN DESCANSO. GRANDE ES LA COSECHA

LA GALLINA AZUL

Tras el ataque a Pearl Harbor en 1942 por la Marina Imperial Japonesa, las familias originarias de Japón que habían emigrado a los Estados Unidos o a América Latina, aun cuando hubieran llegado muchos años atrás,  se vieron en serias dificultades. Las autoridades  estadounidenses pensaban que era muy posible que se unieran a su país de origen por lo que se convertirían en un serio peligro para la seguridad nacional. Por tal motivo, convencieron a las demás naciones a seguir su política de concentrarlas, especialmente a las que habitaban cerca de la costa del Océano Pacífico, en campamentos especiales donde estarían vigiladas día y noche.

Con los alemanes, aun cuando hubieran transcurrido muchos años desde su llegada a México, ocurrió lo mismo.  Conocí a un marinero de un barco comercial alemán que atracó en Veracruz  cuya tripulación fue llevada a un campo de concentración en Perote,  en ese estado.  Allí permanecieron hasta el fin de la guerra. August Stammer vino a dar a Durango (y fue mi primer profesor de alemán) porque algunas familias durangueñas se condolieron de la suerte de los prisioneros y les enviaron ropa y alimentos. Al quedar en libertad, Stammer vino a agradecer a su benefactora y terminó casándose con ella.

La novela La gallina azul (2015), de Cecilia Reyes Estrada,  narra la conmovedora  historia  de la familia Yamada  que vivió una suerte semejante y  cuyo hijo, Haruki (que después cambia su nombre por el de André) con un espíritu y una fortaleza extraordinarios supera todas las dificultades y carencias  hasta llegar a convertirse en un  brillante médico especializado en oncología infantil.

La historia de la familia Yamada  en nuestro país principia a comienzos del siglo veinte cuando  Zenzo Yamada y dos de sus hermanos aceptan un contrato para trabajar en México en una empresa cafetalera ya que al  terminarse la guerra ruso-japonesa los empleos en su país eran escasos. Una vez en territorio mexicano,  y dadas las condiciones de explotación en las fincas cafetaleras, los hermanos deciden emprender el viaje hacia el norte,  pero antes los alcanza la Revolución. Al pacificarse el país,  Zenzo  recorre varios lugares antes de establecerse en Ures, en el estado de Sonora. Ahí se gana la vida vendiendo raspados de hielo de diferentes sabores. Poco después decide contraer matrimonio y busca, mediante el envío de su mejor foto, a una novia japonesa, la bella Fumie, que acepta abandonar su país, casarse sin conocer al novio  y viajar al extranjero en busca de su destino.

En 1942, la familia Yamada recibe la noticia de que  debe abandonar todo lo que posee en Ures y abordar el tren que los llevará a la Ciudad de México donde vivirán en una vecindad, en el pueblo de Tlalpan, junto con las demás familias japonesas  con las que compartirán el espacio al que bautizan como Hachi-Ken-Nagaya. Cuando se firma la paz, reciben la noticia de que son libres para volver a Ures. El padre emprende el viaje y regresa con el dolor de que todo lo que poseían ha sido destruido. Por tanto, deciden permanecer en la Ciudad de  México. André  asiste a la escuela pública, pero también a la  japonesa organizada por los habitantes de la vecindad.   Después de vivir su juventud llena de aventuras,  la experiencia que le brinda ser asistente de un dentista lo decide a estudiar medicina
.
El título, La gallina azul, que aparentemente no se relaciona  con la anécdota, es un engaño para el lector.  Cuando los Yamada criaban gallinas en Ures, nació una azul que André adopta como mascota  y a la que fabrica  un carrito de madera para sacarla a pasear. Al principio, la gallina se rebela, pero cuando André la acomoda como si fuera a  poner un huevo,  deja de protestar. Muchos años después, André se convierte en una especie de gallina azul dentro de la comunidad en la que vive en Tlalpan.

Narrada en tercera persona sin estar dividida en capítulos me hace pensar en  que se trata de una biografía novelada o en una non-fiction novel, es decir, se  agregan rasgos novelescos y  la  vida de los personajes se ve enriquecida con acontecimientos verdaderos y otros de ficción. La historia inicia en un momento ordinario en la vida del Dr. André Yamada, ya un hombre de avanzada edad,   cuando  llega a su casa después de una larga jornada, se despoja de sus ropas de médico y se viste con un cómodo kimono. Después de confirmar que al día siguiente se presentará en la Embajada Japonesa a la hora indicada,  abre un cofre donde guarda las fotografías de su familia, lo que permite que  la narración dé un salto al pasado.
 
Cecilia Reyes Estrada es originaria de Durango, México, aunque hace muchos años que radica en el Distrito Federal. Ha tomado varios cursos sobre guionismo y escritura creativa  en importantes instituciones y colaborado en programas de  maestrías con  el Instituto Tecnológico Autónomo de México (ITAM). La gallina azul  es su primera novela y fue publicada por la editorial Ítaca.

“Sembrar sin descanso, grande es la cosecha” son palabras pronunciadas por el padre de André en un momento de grandes dificultades en el campo de concentración y alientan a su hijo a lo largo de su vida.  


    

lunes, 20 de abril de 2015

Comentarios a las memorias de un embajador mexicano ante la Santa Sede

MEMORIAS DE UN EMBAJADOR MEXICANO ANTE EL ESTADO VATICANO

En nuestro país, durante el convulso siglo diecinueve –y especialmente después de la independencia- las relaciones entre la Iglesia y el Estado Vaticano sufrieron muchos altibajos. Después de la promulgación de las Leyes de Reforma, en 1867 se interrumpieron definitivamente y no se reanudarían sino hasta el 21 de septiembre de 1992, durante el sexenio de Carlos Salinas de Gortari (1988-1994) quien designó a Enrique Olivares Santana como embajador ante el Estado Vaticano, a quien siguieron Luis Felipe Bravo Mena, Federico Ling Altamirano (estos dos últimos durante los sexenios panistas  de Vicente Fox y Felipe Calderón) y, actualmente, Mariano Palacios Alcocer, anteriormente presidente del PRI.

 Sin embargo, como anécdota es interesante recordar que durante la presidencia de José Joaquín Herrera, que era un liberal moderado, en 1848 le  ofreció asilo al Papa Pío IX, que tenía problemas en Roma, para que pasara su destierro en nuestro país. Pero la propuesta no se concretó. Este Papa, siendo cardenal, al principio del siglo diecinueve,  había recorrido Argentina y Chile en una misión especial. Quedó tan deslumbrado con la geografía de nuestro continente que cuando tuvo la oportunidad,  impulsó la beatificación de Cristóbal Colón, propuesta que fue rechazada  no por haber introducido la esclavitud en el continente americano, sino por vivir “en concubinato”, como lo narra Alejo Carpentier en su espléndida novela El arpa y la sombra (1979).

En las Memorias de Federico Ling Altamirano, recién publicadas,  narra detalladamente y de manera amena desde el momento en que fue aceptado hasta el día en que tanto él como su esposa Mercedes tuvieron que despedirse no sólo de la bella Villa Ruffo, donde  habitaron durante cuatro años, sino del personal doméstico y de la oficina. Ling Altamirano tiene sumo cuidado en no dejar que se le escape ningún comentario relacionado con la política mexicana que podría haber sido una indiscreción o crear un problema tanto para él como embajador como para el país.

Según él mismo confiesa, su proyecto más importante y que parecía imposible de realizar era que el papa Ratzinger viajara a México debido a su edad avanzada y quizá también por la altura de nuestro país. Como recordarán nuestros amigos lectores, la estancia del Sumo Pontífice transcurrió en la ciudad de Guanajuato desde donde se trasladó a lugares vecinos. Ling Altamirano recuerda con las siguientes palabras la emoción de aquel día:

Para mí, el momento superior de mi encargo diplomático sería cuando subiera al estrado junto con la comitiva mexicana y saludara a mi apreciado Benedicto XVI ante el presidente de mi país Felipe Calderón. Al subir el gran escalón del entarimado tuve que ser ayudado con un buen empujón por la espalda por el señor que venía detrás de mí; lo agradezco porque en esos días ya tenía problemas con mis rodillas y ya comenzaba a usar bastón. 
  
Así como con toda humildad reconoce  la debilidad de sus piernas, en otros casos narra con suma emoción su asistencia a algunos conciertos en el Vaticano o a la a misa en la Basílica de San Pedro. Vale también la peña señalar el orgullo y la emoción cuando, para una navidad, el gobierno de Puebla (cuyo ejemplo imitaron después otros estados) envió como obsequio para Benedicto XVI un hermoso nacimiento que mostraba la belleza de las artesanías española y mexicana, así como la delicadeza de la talavera poblana.

El libro está profusamente ilustrado con bellas fotografías de las reuniones y ceremonias a las que asistieron tanto él como su esposa. Tuvo también la oportunidad de estrechar la mano del papa Francisco, el primer papa latinoamericano. Al despedirse le fue entregado un diploma y una condecoración donde aparece precisamente la imagen de Pio IX.

En la parte final del libro se incluyen varios poemas ya que Ling Altamirano fue un entusiasta de la poesía. En lo personal, me gusta mucho el poema  “Soy”, del que incluyo la primera estrofa:

SOY
Como un tercio de leño voy cargando
Un longevo cansancio vespertino
De aquesta “cafetera” que es mi cuerpo
Maliciando el final de su camino.

Federico Ling Altamirano nació en México, D.F. en 1939. Obtuvo el grado de Ingeniero Mecánico Electricista  en la Facultad  de Ingeniería de la Universidad Nacional Autónoma de México. Según la información contenida en la solapa, llegó a Durango en 1982, donde posteriormente contrajo matrimonio con Mercedes Sanzcerrada, con la que tuvo tres hijos. De ahí en adelante su vida fue un continuo ir y venir entre la capital de la república y la ciudad de Durango. Aquí falleció en 1914 pero legó a su familia varios libros de poesía, una colección de artículos periodísticos y una biografía del político panista Carlos Castillo Peraza.




Comentario a la novela Kitchen

KITCHEN, UNA NOVELA PARA REFLEXIONAR


Según la crítica especializada,  Haruki Murakami, que ha vendido más de cuatro millones de su novela Norwegian Wood, Tokio Blues, y Banana Yoshimoto, con su novela Kitchen, son hoy los más influyentes escritores de Japón.  Me enteré de esta novela hace tiempo (fue publicada por Tusquets, en 1991) pero sólo la pude adquirir en noviembre pasado en la Librería Rosario Castellanos (antiguo Cine Lido), en la Colonia Condesa, en el Distrito Federal. Parecía, como ya lo comenté anteriormente, que ambos libros y sus autores  me estaban esperando.

Al contrario de Norwegian Wood, la obra de Banana Yoshimoto (cuyo nombre real es Mahoko Yoshimoto, nacida en Tokio en 1964)  es una novela breve que está  dividida en dos secciones: la que da título a la obra y “Luna llena”. Hay una tercera parte: Moonlight Shadow,  que fue propuesta para el premio de la Facultad de Arte de la Universidad de Japón.

La historia inicia cuando Mikage Sakurai, que vivía con su abuela (su única pariente) fallece y ella queda sola en una casa grande. La protagonista confiesa que al quedarse sola, “donde mejor podía dormir era junto a la nevera”. Por supuesto, en la cocina. Dice también: “Cuando llegue el momento, quiero morir en la cocina”.  En este espacio, la soledad desaparece y los recuerdos felices llenan el espíritu.

Días después, ocurre lo que Mikage considera un milagro: suena el timbre y, al abrir, se encuentra con Yuichi Tanabe que viene a invitarla a pasar un tiempo en su casa, junto con su madre Eriko. Ella acepta y así formará parte de la reducida familia Tanabe y entrará en su vida que transcurre en el décimo piso de un moderno edificio de departamentos. Cuando Yuichi le ofrece que mire todo el departamento para formarse su opinión, ella decide que sólo le interesa la cocina de la que se enamora “sólo con verla”.

Así pues, la novela no va a ser una colección de recetas japonesas adaptadas para el gusto occidental aunque en determinado momento Mikage consigue empleo en la cocina de un hotel y, para ello, debe tomar un curso de cocina francesa. Lo que transcurre  en la cocina es la vida diaria de las tres personas que habitan en el departamento y ahí se conocerán los secretos y desventuras de Yuichi y su madre Eriko, que es madre y padre a la vez.  En otras palabras, al morir la madre de Yuichi, el padre decide someterse a una operación y convertirse en una bella mujer llamada Eriko. A Yuichi ni lo sorprende la noticia ni la rechaza. La vida sigue su curso como si no hubiera ocurrido nada y Mikage se adapta a las circunstancias sin problema. Además, Eriko  decide abrir un bar que funciona hasta altas horas de la noche.  A un lector occidental conservador quizá le sorprendería el curso que toman los acontecimientos, pero Banana Yoshimoto los narra como si fuera algo que sucede todos los días.

La segunda parte de la novela, “Luna llena”,  empieza con una afirmación que nos sorprende: “Eriko murió a finales del otoño”, con lo que la vida de Yuichi y de Mikage cambiará. Antes de que esto ocurra, hay un pasaje que, de alguna manera, recuerda las  maravillosas descripciones de la naturaleza escritas por Kawabata:

La brisa del atardecer entraba por la ventana con tela metálica, y contemplando el cielo que se extendía azul con los últimos restos del calor, comíamos carne de cerdo hervida, fideos chinos fritos, ensalada de sandía… Cociné para ella, que se ponía contentísima con cualquier cosa que preparaba, y para él, que glotoneaba en silencio.

El arte japonés, sea pintura, escultura, literatura o la hechura de tapices y telas de maravillosa seda y espléndidos colores, se ha distinguido siempre por su maestría en la descripción de los paisajes, y esta novela no es la excepción aunque debo admitir que las descripciones de Marukami son extraordinarias. Hacia el final de “Luna llena” que marca el cambio en la vida de Yuichi y Mikage, cuando ella decide que debe emprender sola su camino hay otra descripción que vale la pena resaltar. Es una noche de invierno, sumamente fría, pero Mikage decide comprar un tarro de café caliente, abrigarse lo más posible, bajar los escalones y  dar un paseo a la orilla del mar: “La playa, vista desde el dique era de una oscuridad nebulosamente blanca. Sobre el mar, negrísimo, brillaban de vez en cuando sus crestas de encaje”.

La autora revela que la tercera parte del volumen, “Moonlight Shadow”, fue inspirada por la canción del mismo nombre de Mike Oldfield y escrita mientras trabajaba como camarera en un restaurante donde el gerente  accedió a relevarla de algunas tareas para dedicarse a la escritura. Como cierre del libro y de este comentario escojo estas palabras de Banana Yoshimoto: “Conquistar y crecer: creo que estas dos acciones junto con todas sus esperanzas y potencialidades, son cualidades del alma del individuo”.



martes, 31 de marzo de 2015

Historia de tres niños adoptados

LOS CAMINOS DEL DESTINO




Hace unos días saqué un libro del librero y, al abrirlo, cayó al suelo una fotografía. Sí, ésta que ustedes ven aquí: Carson y Cammi Stringham, tomada en noviembre de 1983. Como en la vida no hay casualidades sino causalidades, sentí que era una llamada para que contara su historia que había empezado en la Ciudad de México hace ya muchos años. 

Me encontraba en el Centro de Enseñanza para Extranjeros, de la UNAM, donde  Frank y Judy (nombres supuestos, naturalmente) se habían inscrito para estudiar un año.  Él hablaba un muy correcto español seguramente aprendido en España y en algunos otros países de América Latina. Estudiaba una maestría en historia porque, pienso yo, seguramente su país lo estaba preparando para que fuera agregado militar en el algún país hispanohablante.  Judy iniciaba sus estudios con mucho entusiasmo y era una alumna destacada.

Poco tiempo después de su llegada, quedó embarazada con tan mala suerte que perdió al bebé. Frank la llevó a los Estados Unidos para que se recuperara pero la mala noticia fue que ya nunca podría tener hijos.  Sin perder la calma decidieron  entonces adoptar un niño mexicano. Iniciaron los trámites ante la Embajada para que todo fuera perfectamente legal y a través de unas señoras a quienes yo conocía y que tenían toda la autoridad para efectuar esos trámites.  Fue así como llegó un niñito nacido en  Guerrero al que llamaron Carson. Eran los días de fin de curso, así que se despidieron y viajaron a Utah.

Un año después decidieron adoptar una niña. Efectuaron los mismos trámites, aunque esta vez tardó más tiempo encontrar a una niñita. Finalmente, la hallaron en Oaxaca y le pusieron por nombre Cammi. Se marcharon felices con sus hijos  y, sin proponérmelo, perdí el contacto con ellos porque me vine a Durango y, luego, viajé  a San Antonio donde residí dos años y medio.  
Ahora que he encontrado la foto, veo que han transcurrido 32 años desde que fue tomada. Doy rienda suelta a la imaginación pensando en cómo habrá sido la vida de estos niños nacidos en nuestro país. Por supuesto, creo que mejor. Deben de haber tenido una buena alimentación, una buena cama donde dormir, mejor educación y quizás asistido a la universidad, lo que hubiera sido imposible para ellos creciendo en Guerrero y Oaxaca. No sé si Frank  y Judy eran mormones o si pertenecían a otra religión, pero lo que sí es seguro es que Carson y Cammi deber de haber sido educados en una religión protestante.
Por esos días,  una pareja de argentinos llegada a nuestro país a causa de la dictadura que también trabajaban en  el CEPE  (de hecho, fue ella quien inició la oficina que ayudaba a los estudiantes a encontrar alojamiento)  tenían el mismo problema: Elsa (nombre supuesto)  no podía quedar embarazada, así que recurrieron a la adopción. Esta vez a través de unas monjas que ayudaban a las mujeres que no podían encargarse de sus hijos.  Así entró Nicolás, también morenito y con un innegable aspecto de mexicanito, en sus vidas. Como ella había sido hija única,  no tenía la menor idea de cómo se alimentaba a un bebé por lo que estaba dispuesta a darle la misma leche que bebemos los adultos. En fin, fue un proceso de aprendizaje para madre e hijo.

Nicolás permaneció más tiempo en México, así que lo vimos ir creciendo como si fuera argentino, marcando la entonación al final de las palabras. Era gracioso porque sabíamos que era mexicano por nacimiento pero crecería y pensaría  como argentino.  Elsa y su pareja regresaron a Argentina en cuanto Alfonsín tomó el poder, así que no volvimos a ver a Nicolás.

Han transcurrido ya más de treinta años de lo que hoy narro. Unos crecieron como estadounidenses y otro como argentino. ¿Qué habrá sido de sus vidas? ¿En algún momento sus padres les habrán contado la verdad? Lo ignoro. De lo que sí estoy segura es que sus vidas discurrieron por cauces menos difíciles y más enriquecedores.


Según los griegos, eran tres Parcas las encargadas de tejer el destino de los humanos.  A Cloto le correspondía trenzar los hilos y las telas del destino. Laquesis movía la rueca; si  utilizaba hilos de seda y oro, significaba felicidad; por el contrario, si tejía con lana y cáñamo, atraía la desgracia.  Átropos era la Parca que cortaba el hilo de la vida.  ¿Cómo se habrán portado las Parcas con estos niños emigrados de nuestro país a lugares lejanos? 

martes, 24 de marzo de 2015

Carta desde Cape Girardeau, Mo.

CARTA  DESDE CAPE GIRARDEAU, MISSOURI

Amigos lectores:

Durante el año 1957-58 viví y estudié en el Southeast  Missouri State College, en Cape Girardeau, con una beca que obtuve gracias a un anuncio en el  periódico Excélsior,  de la Ciudad de México. Escribí innumerables cartas (ahora pienso en cómo encontré tiempo para hacerlo)  a muchísimas personas y también recibí otras tantas. Mi madre tuvo la precaución de guardar las que le envié que encontré  metidas en una bolsa. A pesar de mis múltiples cambios de casa y de que perdí tantos libros y objetos, esta sencilla bolsa nunca se extravió. ¿Me estará indicando algo el destino? Hoy comparto con ustedes esta carta escrita a mi llegada a la escuela. Respeto mi forma de escribir de entonces  para no alterar la veracidad de la misma.

Cape Girardeau, Mo., septiembre 9, 1957

Muy queridos papás y hermanos:

No se imaginan el viajecito que he hecho. Tuve chorros de contratiempos, descomposturas de autobús, retrasos de trenes, pérdida de uno de ellos, accidentes en el autobús, líos en la frontera. A Monterrey llegamos a tiempo y todo mundo fue muy amable; de allí me vine en el tren y llegamos a Nuevo Laredo a tiempo. Allí hicimos tres transbordos y ya me daban las doce con los cuatro velices. Al fin, estábamos en Laredo. Entonces empezaron los líos en Inmigración porque me pedían un papel que yo no tenía y preguntas y más preguntas y, por fin, el encargado se dio cuenta de que realmente no lo necesitaba por ser una Exchange student y me dejaron pasar.

De Laredo salimos con ½ hora de retraso y me acompañé de unas señoras mexicanas que vivían en San Antonio y que fueron muy amables. Ahí, como estábamos bastante retrasados nada más tuvimos tiempo para cambiar de tren y salir.  Afortunadamente, documenté mis maletas hasta Cape. A San Luis Missouri llegamos 15 minutos tarde y mi otro tren ya se había ido. El próximo salía a medianoche.

Cuando me vi sola, sin nadie que me ayudara y que hablara español, lo único que se me ocurrió era sentarme a llorar y regresarme, pero no lo hice pues llorar no hubiera servido de nada, así que tomé un taxi y le pedí que me llevara a los autobuses Greyhound.  Entonces, me sentí segura, pero el autobús también se descompuso y estuvimos parados una hora. Para colmo, una señora se rodó las escaleras pues el autobús era de dos pisos y se hirió bastante una pierna que le sangraba muchísimo, así que hubo que llevarla al doctor y servir de testigos de que el chofer no tenía la culpa y, al fin, en Cape.
Miss Cleaver y la comisión que me estaba esperando se asustaron muchísimo cuando yo no aparecí en  el tren de la mañana  y hablaron a San Luis preguntando por mí, pero nadie sabía nada. Finalmente, llegué aunque mi entrada no fue tan sensacional como debía serlo.

El famoso tren “Águila Azteca” es una cochinada, sucio, ruidoso, mal atendido. Pero los americanos, ¡preciosos!, sobre todo el rápido de San Luis. Tenía un coche fumador, uno de descanso, dos comedores primorosos, adornados con flores y todas las mesas con manteles blancos; muy atentos el maitre y los meseros, pagué horrores por casi no comer, pero estaba lindo. Lo más precioso era el carro de cristal, la mitad era de vidrio,  con asientos muy cómodos y era casi como estar afuera, con un clima agradabilísimo. Jamás había visto nada tan grande como la estación de San Luis; tiene cientos de vías y cada minuto sale un tren. Hay alrededor de 30 ó 40 tracks así que no hay que equivocarse. Es gigante, con un restaurante enorme, muy bonita. La vi bien a pesar de mis nervios.

El colegio, precioso, con muchos edificios; está en una colina y se ve lindo y muy  grande. Hoy fue el primer día de escuela y estuvimos muy ocupados. Para mí, todo era extraño y divertido, nadie podía pronunciar mi nombre y era la única de pelo negro entre 900 estudiantes de primer año. El dormitorio está lindo y el comedor igual, tienen costumbres distintas y comemos bastante y todo muy rico.

Por ahora, creo que es todo y me voy a dormir pues nos levantamos a las 6:15 a.m. Esta semana vamos a estar ocupadísimas  con fiestas, juegos de futbol, bailes, tés, etc.

Tengo muchas amigas nuevas muy amables y re-monas. Cuando hablan entre ellas muy aprisa no les entiendo ni una letra pues usan mucho slang,  pero ya he aprendido bastante. Yo creo que cuando llegue voy a ser una pocha pues ya comienzo a pronunciar mi nombre a la manera gringa.

Saludos a todos y platíquenles lo que les cuento. Díganles que ya escribiré. Contesten pronto.


Muchos besos,


María Rosa