martes, 9 de diciembre de 2014

Agradecimiento a amigas y parientes a fin de noviembre

GRATITUD

Hoy, queridos amigos lectores,  voy a escribir sobre un asunto personal. Hay una razón para ello. En noviembre,  al descender de un taxi en el Distrito Federal y como tengo problemas con las rodillas,  el taxista aprovechó para apoderarse de mi cartera que sobresalía de mi bolsa y que había quedado a mi espalda. Con todo cinismo, me dijo; “Que le vaya bien, madrecita”. Claro, yo le había reclamado el cambio de un billete de cincuenta pesos.

Me sentí desolada. El dinero no era mucho, pero lo que más me preocupaba eran las tarjetas de crédito y de débito, así como la credencial del Instituto Federal Electoral (ahora INE) indispensable para abordar el avión de regreso. Por un descuido al salir de Durango, había llevado más documentos de los necesarios  y tampoco tuve la precaución de sacarlos y guardarlos en la maleta.  Sin embargo, pocos minutos después  sentí que muchas manos se tendían hacia mí para ayudarme.

Dos primas, una en Durango (que proporcionaba la información requerida por los bancos puesto que tiene llave de la casa y pudo entrar) y la otra, en el Distrito Federal, respondiendo a las preguntas de las instituciones, fueron geniales.  Dos horas después las tarjetas estaban canceladas y nadie había sacado dinero de las mismas ni hecho ningún cargo. Además, me daban toda la información requerida para que, a mi regreso a Durango, me presentara en las sucursales para me entregaran la reposición. 

Ahora, quedaba la cuestión de la credencial del IFE. ¿Qué hacer? Decidí llamar a mi amiga que trabaja en la oficina de prensa del gobierno del estado de Durango, explicarle la situación y pedirle que por favor se comunicaran a la representación del estado en el Distrito Federal con el fin de me proporcionaran un oficio que comprobara mi identidad y que me apoyara para abordar el avión. Llegó la respuesta: el oficio se me entregaría el lunes siguiente (era viernes por la tarde) sin problema. Y todavía más: el mismo representante me llamó cuando estaba en la fila para abordar para asegurarse de que no había tenido ningún problema.  Otro suspiro de alivio. Las demás credenciales no representaban peligro alguno y sólo tendría que seguir los trámites para su reposición. Al despedirme de mi tía para irme al aeropuerto, me regaló un poco de dinero por si lo necesitaba y una torta en una bonita envoltura.

Desde el fondo de mi corazón, y también con palabras, expresé mi gratitud, primero a Dios y a dos santos de mi predilección: San Francisco de Asís (Pancholín, como le decimos de cariño mi amiga Emma y yo) y San Antonio de Padua (Toñito), a quien siempre he recurrido cuando pierdo las cosas (no tanto en mi juventud cuando se decía que era un buen auxiliar para conseguir novio). Además, Emma me invitó a una espléndida comida, con vino tinto, en un restaurante para ayudarme a encontrar la paz.

Al llegar a Durango, sentí que el propio espacio desde el aire me daba la bienvenida. Caía ya la noche, pero todavía se alcanzaba a ver chispazos de distintos colores de lo que había sido un bello atardecer. Además, al contemplar el amplio espacio desde el aire (que siempre he disfrutado cuando llego por avión) sentí que me decía: “Bienvenida, hija pródiga. Ésta es tu ciudad.  Deja ya de andar buscando otros espacios”.

Al descender, mi prima Lupita me esperaba y, además, me invitó a cenar. Los vigilantes, a mi llegada al fraccionamiento, me recibieron con un cordial saludo diciendo que me habían extrañado y que todo estaba en orden en mi casa. En los días subsecuentes encontré otras manos dispuestas a ayudarme. Una querida amiga me compró fruta, verdura y pan para que yo no tuviera que salir. Al día siguiente me invitó a comer gorditas en El Pueblito y me llevó a pasear para que el sol y el cielo me contagiaran de su energía. Otra vino a hacerme compañía toda una tarde y en los bancos me trataron con toda amabilidad. Cierro aquí la lista por temor a aburrirlos con mis emociones. Entonces, reflexioné sobre la gratitud.

Hay personas que jamás dicen “gracias”. Por ejemplo, a la pregunta obligada ¿Cómo estás?, la respuesta que se obtiene es “Bien”, a secas. Es tan pequeña esa palabra y significa tantas cosas. Esa sola palabra puede aliviar un corazón dolorido. En la Biblia, leemos: “El alma generosa será prosperada; /Y el que saciare él también será saciado”. (Proverbios: 11, 25). Y así es, cuando se presta ayuda y consuelo, quien lo hace también lo recibirá en el momento requerido.

Adiós a Vicente Leñero

ADIOS A VICENTE LEÑERO

Conocí al renombrado dramaturgo, periodista, novelista, guionista y profesor de la Escuela de la Sociedad General de Escritores de México posiblemente en 1979, año en que presenté mi tesis de licenciatura La imagen de la mujer en la narrativa de Rosario Castellanos en la Facultad de Filosofía y Letras de la UNAM. Por ese tiempo, su esposa Estela Franco preparaba su tesis de doctorado en psicología, que finalmente se publicó con el título Rosario Castellanos. Otro modo de ser humano y libre. Además, poco tiempo después presenté la novela El rumor que llegó del mar, de Eugenio Aguirre, en el Centro de Enseñanza para Extranjeros. Entre los invitados se encontraba precisamente Vicente Leñero, que escuchó mi texto con atención. Después me felicitó y me pidió que lo  llevara   a Proceso,  revista de la que era subdirector, para su  publicación. Fue así como empecé a colaborar con la revista casi semanalmente
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Cuando me despedí  para venirme a Durango, me preguntó: ¿Qué pasó con Olga Arias que ha mantenido viva la literatura allá durante cuarenta años?  Ahí  está, repuse, trabajando como siempre. Te encargo una entrevista, me dijo. A mi llegada puse manos a la obra y envié el texto (por fax, todavía no contábamos con internet), la cual se publicó en el número 671de la revista Proceso (septiembre 11, 1989, pp. 50-51) con el título “Darse a conocer desde provincia: casi imposible, la escritora Olga Arias”.

La bibliografía de Leñero es muy variada y extensa; por ello, quiero referirme a ciertos textos que me parecen fundamentales. En primer lugar, Los albañiles  (1963), que le valió el premio Planeta-Seix Barral y que después fue llevada al cine. Leñero estudió la carrera de ingeniero civil en la Universidad Nacional Autónoma de México, aunque después prefirió las letras. Sin embargo, conocía perfectamente el ambiente de una construcción, así como las triquiñuelas  propias de quienes ahí trabajan.

En 1976, cuando el entonces presidente Luis Echeverría urdió el golpe contra el periódico Excélsior, cuyo director era Julio Scherer y el subdirector Vicente Leñero, ambos, acompañados de muchos otros periodistas, abandonaron la redacción del periódico. Octavio Paz que en ese tiempo era el director de la revista Plural siguió su ejemplo y sólo muchos años después, a su regreso de la India, inició otra revista: Vuelta. Pocos meses después de salir de Excélsior,  Scherer y Leñero, con el apoyo de muchos de sus seguidores y público en general, saludaron la aparición de  Proceso, donde Leñero estuvo como subdirector de 1977 a 1998. Todas esas experiencias fueron el origen de  su libro Los periodistas (1978). 

Otro texto fundamental sería Asesinato (1985) donde narra todo el proceso y la investigación que se llevó a cabo por el asesinato del ex gobernador de Nayarit  Gilberto Flores Muñoz y de su esposa, Asunción Izquierdo,  una escritora poco conocida y que utilizó el pseudónimo de Ana Mairena para publicar sus novelas, asesinato cometido por el nieto de la pareja.

Creo que la primera obra de teatro que vi fue Pueblo rechazado (1968) que aborda el problema de la modernización de la iglesia (misa en español, con el sacerdote frente a los feligreses);  además, era defensora de que se permitiera  a los monjes  psicoanalizarse. Leñero fue siempre un hombre religioso, pero con un acercamiento moderno a la normas de la iglesia. Una obra que me gustó muchísimo fue La mudanza (1979) donde, casi sin diálogo y sólo con la acumulación de enseres domésticos en el escenario, muestra los problemas de una pareja.

Sin embargo, la que merece mención especial aun cuando sólo se haya representado unas cuantas veces y que fue vista y apreciada por poco público fue Martirio de Morelos (1981), llevada a escena en el Teatro Juan Ruiz de Alarcón, en el Centro Cultural de la UNAM, bajo la dirección de Luis de Tavira. En el escenario se apreciaba una especie de rampa dividida en tres niveles: en el inferior se encontraba Morelos en su celda poco tiempo antes de su interrogatorio; en el nivel medio se presentaba la sala del juicio del héroe nacional con el inquisidor y los escribanos, donde lo declaraban culpable y procedían a la desacralización de sus manos.  En la parte superior se presentaba la ejecución de Morelos en Ecatepec. La razón principal por la cual la obra sólo se presentó como unas seis veces ante un público selecto (tuve la suerte de que me tocara un boleto) era, pienso, que al declarar Morelos todo lo que sabía sobre la guerra de independencia se convertía en un traidor y eso no podía hacerse del conocimiento del público en general porque perdería su categoría de héroe impoluto.

Entre los guiones que preparó para el cine destacan Mariana, Mariana (1988) basado  en la novela Las batallas en el desierto (1981), de José Emilio Pacheco;   El callejón de los milagros (1994), basado  en la novela del mismo nombre del  escritor egipcio Naguib Mafuz  que lo hizo acreedor al  Premio Nobel en 1988 y  el guión basado en la novela El crimen del padre Amaro,  del escritor portugués José María Eca de Queiroz, novela publicada en Portugal originalmentente en 1875, y que tanto escándalo levantó en la iglesia católica cuando en el 2002 se estrenó la película revelando la corrupción de algunos sacerdotes y obispos.

No puedo dejar de mencionar su novela La vida que se va (1999) que le valió  el premio Xavier Villaurrutia donde Leñero muestra su dominio  del ajedrez y pone a prueba sus dotes de narrador con una estructura diferente.  Además de sus muchos premios, en el 2011 fue admitido a la Academia Mexicana de la Lengua.
 

jueves, 16 de octubre de 2014

El cordonazo de San Francisco

EL CORDONAZO DE SAN FRANCISCO

El 4 de octubre es mi cumpleaños. También, y más importante, es la fecha en que se celebra el cordonazo de San Francisco. Sin embargo, en años recientes  cuando he comentado lo del cordonazo con hombres y mujeres incluso mayores de 30 años, se sorprenden y preguntan: ¿Qué es eso? Ni para qué  hablar de los más chicos.

Crecí acostumbrada a pensar en el cordonazo que es un fenómeno atmosférico provocado porque en los días anteriores a esa fecha hay, según internet, una mayor incidencia de rayos solares sobre la superficie terrestre, por lo que se originan “nubes de desarrollo vertical” que dan paso a las lluvias. Yo lo recuerdo de una manera más sencilla: era el día en que había poco sol, llovía mucho, hacía frío y marcaba, según los mayores, el verdadero inicio del otoño. Desde hace muchos años todo eso se ha modificado.

Las leyendas que aparecen en internet, el cual, a su vez, las recopiló de periódicos sudamericanos porque este fenómeno ocurre en México, Panamá, Colombia, parte de Brasil y de África, son muy divertidas.  Una relata  que San Francisco quiere jugar con las nubes y que, para que no lo mojen, las golpea con el cordón provocando la lluvia. Otra afirma que San Francisco es el administrador del agua, pero el 4 de octubre, cansado de estar mojado, se quita el cordón y sacude su sotana hasta que cae la última gota sobre la tierra. Otra más, menos amable porque tenemos la imagen del santo bueno y humilde, dice que San Francisco se quita el cordón para castigar a los humanos que se han portado mal. Me resulta difícil aceptarla porque “El varón que tiene corazón de lis,/ alma de querube, lengua celestial,/el mínimo y dulce Francisco de Asís”, como escribió el gran poeta nicaragüense Rubén Darío, que se compadece del lobo, también se compadecería de los humanos, de manera que, efectivamente, se trata de un fenómeno atmosférico.

Parece que el 4 de octubre también marca [P1] la partida de las aves que emigran en busca de climas más cálidos, al mismo tiempo que empiezan a llegar las que vienen del norte. Se dice también que los pescadores temen hacerse a la mar en esa fecha porque el mar se encoleriza y las olas se tornan altas y peligrosas.

Estas historias del pasado que nos hacen sonreír tienen su explicación. La gente se guiaba por los cambios del clima y encontraban explicaciones religiosas para los mismos. No contaban con un servicio meteorológico que los orientara respecto de las alteraciones de la naturaleza y, además, sus apreciaciones eran siempre ciertas.

¿Habrá sido la tormenta que se abatió sobre la Ciudad de México el domingo 5 de octubre provocando grandes desastres  un cordonazo retrasado? Bien puede ser. Se dice que el 2 de octubre de 1996 llovió en Caracas de las 11:00 a.m. a las 8:00 p.m. sin parar. Ese día sí que San Francisco se dio vuelo con su cordón.    



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Observaciones lingüisticas sobre el español de Durango

REFLEXIONES SOBRE EL ESPAÑOL POPULAR DE DURANGO


Hace algún tiempo, cuando impartí un curso de Lingüística Superior a unos alumnos normalistas les pedí, como ejercicio para que se fijaran en cómo habla la gente en nuestra ciudad, que trajeran una lista con las expresiones que oyeran en la calle y luego elaboraran un ensayo con ese material. La cantidad de expresiones que observaron fueron muchas, pero hoy me referiré sólo a unas cuantas. Antes, hagamos unas observaciones sobre lo que significa dialecto en la lingüística contemporánea.

Para empezar, las lenguas indígenas hace mucho que dejaron de considerarse dialectos: son lenguas porque cumplen con todos los requisitos para serlo.  Antiguamente, y todavía en la actualidad, muchas personas siguen refiriéndose al náhuatl, al tepehuán, al guaraní (de Paraguay) o al quechua (de los incas, en Perú), como dialectos, cuando son lenguas. Después de la conquista los españoles nombraron todo aquello que no conocían con palabras que les eran conocidas, de ahí que utilizaran dialecto. Por ello, todavía ese término es popular.

 Ahora bien, el español tiene diferentes variantes. No  es lo mismo el español de Buenos Aires, que el de Madrid, que el de la Ciudad de México o que el de Durango. Además de la entonación, el uso del vocabulario es diferente. Entonces se habla del dialecto de Durango. Pero, además, existe la norma culta que convive con el español popular.  Veamos algunos ejemplos.  

Aterrar – llenarse de tierra. Después del caserón, la casa quedó aterrada.
Envarar – tener el estómago duro. Doctor, me siento envarada.
Vueltear – ir y venir a un lugar varias veces. Me pasé la mañana vuelteando.
Rundar – no funcionar un  carro o una máquina.  El carro no rundó.
Desponchadora – vulcanizadora. Aquí, a la vuelta, hay una desponchadora.
Yunque – lugar donde se venden piezas usadas de coches o máquinas. Ve al yunque, ahí lo consigues.
Jale – trabajo  Estuvo duro el jale con la mudanza.  
Injusta- enferma. Mi amiga está injusta.
Ojos borrados – azules o verdes  Ése tiene los ojos borrados.
Nueva – mujer todavía atractiva.  Aquella me gusta. Todavía está nueva.

Hay otras que son más conocidas; por ejemplo, tomate, en lugar de jitomate, usual en el centro del país. Tomatillo, por el tomate verde.  Repollo, por col. El juego del bebeleche, por el avión.  El mueble se quebró por el coche está descompuesto. Troca por camión. El marido nomás vino y le jincó un hijo; luego, se fue (muy común para los hombres que han emigrado dejando atrás a la mujer y a los hijos). Iba para Durango, pero me arrendé en Sombrerete. (me quedé)  Acérquese para oír porque habla muy al pasito. Es decir, en voz muy baja.

Renglón aparte merecen las palabras derivadas del inglés. Por ejemplo, mopear (trapear), lonche (torta), liquear (salir el agua de una llave), parqueadero por estacionamiento.  En San Antonio oí dos expresiones que nunca se me han olvidado: ¿Por qué no culean el cuarto? (¿por qué no ponen el aire acondicionado? Y la otra: vamos a serapear la mesa. Poner la mesa  (derivado el verbo de  to set up) del inglés.

Existen muchos más ejemplos de los mencionados aquí. Éstos son sólo una muestra del habla que es común escuchar cuando se camina por la calle. Con seguridad ya hay lingüistas ocupándose de estas peculiaridades del habla popular de Durango. Pero me pareció oportuno escribir este breve texto para reflexionar sobre la lengua en la que nos comunicamos.

NOMBRES COMUNES EN LA SOCIEDAD MEXICANA ACTUAL

CAMBIOS EN LA ONOMÁSTICA EN MÉXICO

Como ustedes saben, amigos lectores, la palabra onomástica deriva del griego y, en la definición de la Real Academia Española, significa la “ciencia que trata de la catalogación o estudio de los nombres propios”. Otra acepción indica que es un “conjunto de nombres propios de un lugar o un país”. También podríamos hablar de la antroponimia que es la “disciplina que registra los nombres de personas”.

Desde hace varios años he venido observando cómo los nombres propios de hombres y mujeres se han ido transformando. Los apelativos Rosa, Carmen, Teresa, Soledad, Silvia  y muchos más ahora sólo aparecen en las viejas películas mexicanas o en las actuales telenovelas para personas que, por lo general, se ocupan de los trabajos domésticos.

 En los años sesenta, cuando Jacqueline Kennedy impuso una moda en la forma de vestir y de peinarse, y que después alcanzó una gran estatura moral a la muerte de su marido (estatura que perdió al contraer matrimonio con Onasis, aunque, según algunos, lo hizo para salir de Estados Unidos junto con sus hijos para salvarlos de un posible atentado), muchas mujeres decidieron nombrar a sus hijas con su nombre. Poco después, en la década de los setenta, empezó a popularizarse el nombre de Yesica.

En 1997,  cuando la princesa Diana, admirada mundialmente por su bella sonrisa y elegante vestuario y compadecida por su desafortunado matrimonio con el príncipe Carlos, murió trágicamente en aquel accidente de automóvil en París, su nombre se convirtió en el preferido de muchas madres. Incluso, alguna quiso llamar a su hija leididi, lo que el Registro Civil no aceptó. Entonces surgió una andanada de Dianas.

En la actualidad he oído nombres como Jael y Eliud, que provienen de la Biblia, pero  adjudicados a una mujer. Otros apelativos femeninos son Mariel, Martel, Aisha, Giapsi, Emylene, Emily, Corin, Mariel,  Anhel, Alison y muchos más. Para los varones se han vuelto populares  Derek, Aristóteles, Giovanni,  Donovan, Jonathan, Oliver, Orestes, Cisley, Messi (el apellido del futbolista argentino, pero empleado como nombre propio), Paúl (pronunciado así, con acento) y otros formados por la combinación de los apellidos paterno y materno como ocurre con Oribe Peralta, el famoso futbolista mexicano.    En una ocasión, conocí a un niño llamado Onassis que, por supuesto, no tenía ni la más remota idea de quien había sido ese personaje. En el caso de Orestes, ¿sabrán los padres que fue el prefecto imperial de Alejandría en el lejano año de 412? ¿Cómo se sentirá alguien que lleva el nombre del gran filósofo griego Aristóteles? Yo me sentiría abrumada por la responsabilidad, pero quizá quien se llama así ignora por completo la grandeza del filósofo.

Como anécdota, recuerdo que, en Cuba, me contaron que muchas madres habían bautizado a sus hijos como Usnavy, que significa United States Navy, porque vieron muchos barcos anclados en el muelle con ese nombre y les gustó. Por otra parte, se cuenta en nuestro país que un inocente campesino insistía en bautizar  a su hijo como Prepucio, porque ignoraba no sólo su significado, sino la anatomía masculina.  

Estamos acostumbrados a escuchar apelativos  prehispánicos como Cuauhtémoc (a quien se dirigen como Cuau) o Cuitláhuac (que se convierte en Cuit). De vez en cuando tropezamos con alguien bautizado como Axayácatl o Ehécatl pero jamás Moctezuma. ¡Claro! En las mujeres siguen siendo populares Citlalli, Xóchitl, Yoloxóchitl e Itzel,  entre otros. Algunos psicólogos han opinado que este tipo de apelativos supone un obstáculo para que los así llamados puedan acceder a buenos puestos en las empresas. Sin embargo, parece que no van a la baja.

Lo que me intriga ahora es justamente la tendencia a buscar nombres poco comunes. Ya no importa el santoral de la iglesia católica porque ahora se festejan los cumpleaños y pocos sabrían que Manuel tiene su santo el día de Corpus Christi (fiesta religiosa variable). Los  apelativos extranjeros a veces me han pensar que los padres que llaman así a sus hijos es porque piensan que de esta manera les será más fácil conseguir un empleo en una empresa extranjera o emigrar sin tantas dificultades.

Desconozco los estudios serios que pueda haber sobre el particular. Lo que sí es cierto es que se trata de una clara tendencia en la sociedad actual, por lo menos en la durangueña.   


martes, 30 de septiembre de 2014

Esperando a los bárbaros, novela de Coetzee

ESPERANDO A LOS BÁRBAROS

Antes de ser galardonado con el Premio Nobel de Literatura en 2003, el laureado escritor sudafricano, J. M. Coetzee,  nacido en Ciudad del Cabo en 1940, había escrito otras novelas que recibieron distintos premios y que, de alguna manera, fueron abriéndole camino hacia el Nobel, al mismo tiempo que perfeccionando su maestría en la narrativa.  Entre ellas, Esperando a los bárbaros, publicada en 1980 y premiada con el CNA, el reconocido premio literario en Sudáfrica.

Sin referirse abiertamente a su tierra de origen y al apartheid, esta novela presenta la problemática de la discriminación, disfrazada de persecución a unos presuntos atacantes del Imperio, que tampoco se dice que sean negros. Sólo se les menciona como nómadas o pescadores.  Tampoco se indica el nombre del pueblo donde ocurren los sucesos, sólo que está en el desierto hacia el norte del país, en la frontera.

La tranquila vida del Magistrado que durante muchos años ha vivido en ese lugar donde goza del aprecio y la estimación de la comunidad, sufre de pronto un terrible sobresalto con la llegada del coronel Joll, perteneciente al Tercer Departamento de la Guardia Nacional, cuya misión consiste en aprehender a los atacantes que, se supone,  ponen en peligro la seguridad del Imperio.

Para cumplir con su misión y poder presentar a las autoridades algunos culpables, apresa y tortura  a unos pobres pescadores, un viejo y un joven,  a quienes encuentra cerca del lago y que afirman no estar involucrados de ninguna manera en el ataque.  Insatisfecho con la información que obtiene de estos hombres emprende una marcha hacia el norte de donde regresa con otros pescadores,  entre los cuales viene una muchacha a la que han dejado casi ciega aunque conserva la visión periférica y a la que han fracturado los tobillos, por lo que se tambalea cuando camina sobre las muletas.

Cuando el coronel Joll se retira arrastrando a sus prisioneros deja atrás a esta muchacha porque les estorba y retrasa la marcha.  Entre el Magistrado y la joven, que le inspira lástima y ternura,  de la que nunca se dice su nombre como tampoco de los otros personajes, exceptuando al coronel Joll, se establece una relación casi paternal no exenta de sexualidad. Su intención es  curarla y ayudarla a reintegrarse con los suyos. Este empeño lo meterá en dificultades arruinando para siempre su carrera y perdiendo la estimación de los pobladores. 

Valiéndose de estrategias literarias, quizá de una parábola, Coetzee aborda el tema de la discriminación no sólo en Sudáfrica sino en otros lugares de África (de ahí que no se mencione ninguno)  con una clara intención moral y para despertar la conciencia de los lectores. La novela está narrada en primera persona, desde el punto de vista del Magistrado quien, al final de la narración, piensa: “Quise vivir fuera de la historia. Quise vivir fuera de la historia que un Imperio impone a sus súbditos, incluso a sus súbditos perdidos. Pero nunca quise que los bárbaros soportaran el peso de la historia de un Imperio. ¿Cómo puedo creer que eso sea motivo de vergüenza?”


En otras novelas el tema de la discriminación ha estado siempre presente. Por ejemplo, en Desgracia, que sucede primero en Ciudad del Cabo donde David es profesor de la Universidad y después en el campo donde vive su hija Lucy, lo que ocurre  a  Lucy (y de ahí el título de la novela) parece ser, en mi opinión, el precio que una mujer blanca debe pagar para realmente ser aceptada como sudafricana. En Esperando a los bárbaros, el precio lo paga el Magistrado cuya vida queda totalmente destrozada y que en su diario escribe: “Vivíamos en el tiempo de las estaciones, de las cosechas, de las migraciones de aves acuáticas. Vivíamos sin nada entre nosotros y las estrellas. De haber sabido qué concesión teníamos que hacer para seguir viviendo aquí, la hubiéramos hecho. Éste era el paraíso en la tierra”.    

jueves, 11 de septiembre de 2014

Envío de giros telegráficos hace muchos años

ANDANZAS DE UN GIRO TELEGRÁFICO

Decía el escritor cubano Alejo Carpentier que esta América nuestra -la latina, por supuesto- era real y maravillosa a la vez: sólo se requería de ojos amorosos y perspicaces para verla así. Creía que estos epítetos eran justos porque en las tierras del Nuevo Mundo convergían y se amalgamaban culturas ajenas y diferentes, dando origen a una nueva. Mencionaba también las sorpresas que nos depara la superposición de tiempos: en las grandes ciudades contamos con los recursos más avanzados de la tecnología moderna pero en los pueblos y rancherías hay hombres que utilizan una carreta y un caballo o burro (lo que posean) en lugar de una camioneta pick-up.

Traigo a colación lo anterior para introducir la anécdota que hoy quiero referir y que guarda estrecha relación con lo planteado por el escritor cubano en Los pasos perdidos, publicada en 1953.  

Hace varios años, antes de que todos los bancos se enlazaran mediante red nacional y cobraban una comisión, además, por un depósito efectuado en Durango para ser acreditado en una cuenta en el Distrito Federal, necesitaba enviar una suma a mi hermana, Se me ocurrió entonces que podía utilizar un giro telegráfico.

Mi hermana recibió el giro y se presentó en la sucursal bancaria para depositarlo. La cajera lo tomó, lo miró, lo revisó y preguntó: ¿Qué es? Su cara revelaba un genuino asombro como si el documento hubiera salido de un arcón del siglo diecinueve. Se le explicó de qué se trataba, a lo cual ella arguyó: Un momentito, por favor. Conversó luego con el supervisor, quien se acercó a la caja y repitió las mismas preguntas, siempre con una expresión de incredulidad. A su vez, debía consultar con el gerente quien, amablemente, oyó de nuevo la historia de labios de mi hermana. Finalmente, hizo una llamada telefónica para cerciorarse de que el banco no enfrentaría ningún problema posterior y autorizó el depósito.

El giro telegráfico es en verdad una reliquia digna de ser conservada dentro de una vitrina. Los jóvenes de las grandes ciudades jamás sospecharían que el telégrafo, vital para los ejércitos revolucionarios a principios del siglo veinte, continúa cumpliendo un rol de enlace fundamental en nuestro estado y seguramente en todos aquellos cuya topografía ha dificultado el establecimiento de otros medios de comunicación.

Hace varios años, el telégrafo estaba  instalado en la Avenida 20 de Noviembre, casi frente al templo de San Agustín. Cada vez que pasaba por ahí me sorprendía al observar las largas filas de personas esperando enviar un telegrama o cobrar un giro. Todavía me sorprendo cuando en la oficina de correos cercana a mi domicilio veo las grandes cajas enviadas de los Estados Unidos o de Corea para ser entregadas a sus dueños o viceversa.  Es, en esos momentos, cuando recuerdo lo escrito por Carpentier.

En la novela, un musicólogo debe viajar a la Amazonia en busca de un treno, antiguo instrumento musical utilizado por los indígenas, De alguna gran urbe de los Estados Unidos de Norteamérica (cuyo nombre se omite para alcanzar la generalización), se traslada a una ciudad latinoamericana igualmente anónima, si  bien Carpentier confesó en una ocasión que Lima le había servido de inspiración. Al aterrizar, queda perplejo porque el ritmo de la ciudad corresponde más al siglo diecinueve que al veinte. Posteriormente, cuando se interna en la selva amazónica, se siente transportado al dieciséis.

Si trazáramos este itinerario tomando como pretexto el giro telegráfico, sucede que un defeño llegaría a una ciudad decimonónica (Durango). Si visita la región  de las quebradas o los minerales anclados en las profundidades de la sierra donde no es posible levantar un censo o abrir una casilla para las votaciones, viajaría hacia el pasado  en el tiempo.


Desde mi punto de vista, el ritmo de Durango se ha modernizado en los últimos años. No obstante, ciertas callejuelas de los barrios de Analco o Tierra Blanca e incluso la pequeña y obscura tortillería donde me detengo una vez por semana para comprar tortillas, me recuerdan los ambientes recreados por autores de otros días. Las carretas que transitan tiradas por caballos al lado de veloces camiones y autobuses hablan, a su manera, de tiempos idos. Es real y maravilloso al mismo tiempo y, en este sentido, comprueba la teoría del vehemente apologista de la América Latina.