martes, 22 de diciembre de 2015
jueves, 26 de noviembre de 2015
Recordando el centenario del nacimiento de Frank Sinatra
RECORDANDO A FRANK
SINATRA
El 12 de diciembre de 2015 se
cumplirán cien años del nacimiento de Frank Sinatra. En mi opinión, uno de los mejores cantantes que han
tenido en los Estados Unidos. Seguramente le harán muchos homenajes, aunque
quizá sus grandes amigos también hayan partido ya, pero todavía hay muchos
cantantes que interpretan las melodías que lo hicieron famoso adaptándolas al
gusto contemporáneo, aunque muchas emisoras de radio continúan utilizando sus
discos, entre otras, “My Way”, “New York, New York” “The Girl from Ipanema” y
“Fly Me to The Moon”, entre otras.
Cuando murió, el jueves 14 de
mayo de 1998, escribí un artítulo titulado “Gracias Blue Eyes”, que se publicó
en el periódico El Sol de Durango, el
23 de mayo de 1998. Lo rescato hoy porque sigo siendo su admiradora y porque mi
opinión sigue siendo la misma.
GRACIAS, BLUE EYES
Frank Sinatra murió de un infarto
el jueves 14 de mayo a lós 82 años. Su larga vida le permitió presenciar acontecimientos
decisivos para su país y para el mundo:
La depresión de 1929, la segunda guerra mundial (en la que participó
alentando a los ejércitos aliados con sus canciones), la guerra de Corea, la de
Vietnam, el bloqueo Cuba, el derrumbe
del muro de Berlín. Fue capaz de adaptarse a los cambios y de navegar en aguas
profundas. Se fue rodeado del respeto y de la admiración de millones de
personas. Su desaparición física afectará el ambiente musical y la canción
romántica. Con razón, pues los llamaban “La Voz”.
¿Qué debo agradecerle a Frank
Sinatra? En primerísimo lugar, su ayuda para aprender y enseñar el inglés. En
los días cuando carecíamos de cintas y de videos para la enseñanza de lenguas
extranjeras, la posibilidad de oír sus grabaciones facilitaba el desarrollo de
la comprensión auditiva, el aumento del vocabulario la imitación de la fonética inglesa. Su
excelente dicción y su léxico correcto convertían en un placer la obligación de
escucharlo con fines didácticos.
En segundo lugar, alegró las
fiestas de mi juventud y tiñó con los colores del arcoíris mis sueños
adolescentes cuando pensábamos que “Noche y día” y “Begin the Beguine” abrían
las puertas a la plenitud amorosa. Otras melodías como “Joven de corazón” me
hicieron reflexionar sobre el optimismo y la perseverancia. También me
introdujo a ciudades norteamericanas que él amaba y que inmortalizó con sus
interpretaciones: Chicago y Nueva York, sin olvidar el lamento sureño que el
Mississippi lleva entre sus aguas y que se escucha en “Old Man River”, de la
opereta Show Boat.
En tercer lugar, me hizo reír en
sus películas musicales al lado de Gene Kelly y me emocionó muchísimo con su
actuación en una cinta que marcó un hito en la forma de hacer cine: “De aquí a
la eternidad”. En “El hombre del brazo de oro” dio vida convincente a un
heroinómano. Como compañero de Grace Kelly, en “Alta sociedad”, mostró una
faceta distinta de su personalidad.
En 1966 regresé de Europa a bordo
del “France” (curiosamente, fue el último viaje del barco que, después de
remodelado, fue destinado a cruceros por el Caribe). Todas las noches, en el
salón de baile, oíamos y bailábamos al ritmo de “Extraños en la noche”, el
éxito de Sinatra que marcó su regreso a los escenarios. El amanecer nos
sorprendía en el bar oyéndola todavía. Su “dubidu” me acompañó en esa travesía
y quedó para siempre ligado en mi memoria a esa experiencia y a un sueño hecho
realidad.
Frank Sinatra se hizo popular
gracias a la radio. En la década de los cuarenta, todas las radiodifusoras
tocaban sus discos. Acompañó a la banda de Harry James, pero se separó a tiempo
para proseguir su carrera. El cine le
brindó la oportunidad de internacionalizarse y acrecentar su fama. Al cumplir
cincuenta años, anunció su retiro, que duró dos años. En la década de los
sesenta se orientó hacia la televisión. Sin perder su sello inconfundible, supo
adaptarse a los tiempos. Por ejemplo, el bossa nova y Antonio Carlos Jobim dieron
nuevos bríos a su trayectoria.
Sinatra obtuvo un Óscar. Mereció
todos los premios en el mundo de la música y batió récords de asistencia en Las
Vegas. Ayudó a John Kennedy a llegar a la presidencia. Se le ligó con la mafia,
pero él argumentaba que no podía dejar de ser amigo de los chicos con quienes
creció en el barrio de La pequeña Italia, en la ciudad de Nueva York.
Su ausencia me duele como si se
hubiera ido un amigo cercano. Nunca lo vi ni en Las Vegas ni en ningún otro sitio;
sin embargo, parece que lo llevo dentro de mí (como su canción “I’ve got you
under my skin”). Ocasionalmente, me acompaña los domingos y no se cansa de
interpretar mis melodías preferidas. No puedo menos que decir: “Gracias, Blue
Eyes”.
Continúo con mi epistolario que algún día será un libro
EPISTOLARIO SEMO 13
Cape Girardeau, 21 de octubre de 1957
Qué bueno que al fin te decidiste
a escribirme aunque no me mandaras dinero porque, gracias a Dios, estoy muy
bien y no lo necesito, así que por mí no se preocupen.
Ojalá que mi mamá ya tenga quien
la ayude porque la pobre ha de estar cansadísima y necesita reposar un poco
para que no vaya a recaer en su enfermedad.
A Fausto le puse una tarjeta y no
le había vuelto a escribir, pero lo voy a hacer. A Tere Sosa pensé escribirle
para su santo, pero se me pasaron los días y no lo hice. Ahora le voy a
escribir nada más para saludarla.
En cuestión de amistades tengo
cantidad, gracias a Dios que le he caído muy bien a todas las señoras que he
conocido y me llevan a pasear y me traen regalos. El miércoles pasado fui a dar
un speech y yo creía que había estado terrible y no fue así; parece que les caí
muy bien a todas y que les gustó mucho. El lunes próximo tengo que bailar en un
banquete. Va a haber como 300 personas y nomás de pensarlo ya me están temblando
las piernas, por lo que me voy a tomar unos tres ecuaniles para calmar mis
nervios o me va a ir del coco.
Ya en la carta de Carlos les
platico de Mrs. Pott, así que ahora les escribiré del señor y la señora
Bollack. Son unos señores muy ricos y muy amables; no tienen hijos y están
encantados con Sonia y conmigo, nos invitan a pasear y ayer fuimos a ver el
nuevo hospital. Es algo de maravilla, como quien dice se antoja estar enfermo
en un sanatorio de ese estilo y no es tan caro pues los cuartos de lujo cuestan
$20.00 dólares. Todo es a prueba de ruido y los cuartos están decorados
preciosos; las cortinas, puertas y marcos de ventanas son a prueba de
incendios. Las salas de operaciones están equipadas con los adelantos más
modernos y tienen cámara para tomar película de cada operación difícil que es
conveniente estudiar.
Lo que
más me llamó la atención es un cuarto cuyas paredes tienen 16 toneladas de
plomo y la puerta pesa 250 kilos. Es un cuarto usado para alta terapia y la
máquina es controlada desde afuera; ni el doctor ni la enfermera entran aquí,
sólo el paciente y le aplican una alta dosis de radiaciones, así que el plomo
es para impedir que las radiaciones dañen a los que trabajan aquí todo el
tiempo. Es muy interesante visitar un hospital así y que le expliquen a uno
para qué sirve cada cosa.
Cada cuarto tiene un equipo de
oxígeno y de sangre para emergencia y una especie de radar en el cuarto de las
enfermeras les permite controlar todos los cuartos y cerciorarse de que cada
enfermo está bien. Las mesitas para comer son lindas, sirven de escritorio, de
atril para libros y de toilette . Estos gringos tratan de simplificar todo.
Luego, de allí fuimos a ver los
ranchos del señor Bollack porque tiene una empacadora y, luego, a cenar a
Jackson. Cuando volvimos miramos la televisión. La señora Bolladk tiene un
sillón que haría las delicias de mi mamá, se recuesta uno de la manera más
cómoda. Quince minutos en este sillón valen por una hora de sueño porque es la
posición perfecta para el cuerpo y la sangre circula muy bien.
Reciban todo el cariño de María Rosa
sábado, 7 de noviembre de 2015
Epistolario SEMO Carta No. 8
Cape Girardeau, Mo., 4
de octubre de 1957
Mi querida mamá.
Te mando unas tarjetas para que
tengas una idea de cómo es el colegio; yo no me traje la camarita porque ya no
me cabía pero sí he tomado unas fotos que todavía no sé cómo salieron. El
dinero ya está en el banco desde que llegué y no lo pienso sacar hasta el año
próximo, si Dios me ayuda.
Mamá, se me hace muy extraño que
mi tío Carlos y Carmelita no tenga carta mía pues les escribí junto con la
señora Meche y ya hace cerca de tres semanas; no sé si se perdió o ya la
recibieron, así que por favor diles que yo ya les había escrito y estaba
esperando que me contestaran. Si se perdió, dímelo para escribir otra vez.
Las máquinas están carísimas, no
tienes idea, todo es caro aquí y, además, no tienen acentos así que se ve medio
chistoso. Además, ya tengo práctica y escribo muy rápido. Saqué muy buenas calificaciones
en los exámenes del mes pasado y espero que este año me vaya bien.
Ayer me dieron una fiesta de
cumpleaños. No me acuerdo si te platiqué que todos los jueves voy a la clase de
español de Miss Cleaver a ayudar a los alumnos con la pronunciación. Pues bien,
ayer por la mañana Miss Cleaver salió
del salón y yo no me di cuenta. Cuando volvió traía un pastel y sus 19 velas.
Me cantaron Happy Birthday en español
y tomamos más fotografías, Te aseguro que de veras fue sorpresa porque no lo
esperaba; además, me dieron un regalo. Luego, cuando llegué al dormitorio, me
encontré con un paquetote para mí y apenas podía creerlo pues no me imaginaba
quién me pudiera mandar cosas; era de los papás de Mickey (la muchacha con la
que fui a San Luis) que me enviaron un cake de ángel, riquísimo. ¿No se te hace
que son muy amables? Porque nada más me trataron dos días y no tenían ningún
compromiso. Ahora, en la mañana, todas las muchachas del dormitorio vinieron y
me cantaron Happy Birthday y una me
regaló un pañuelo lindo y me trajeron tarjetas de felicitación.
Te mando un periódico del colegio
y la semana que entra te mandaré otro pues van a publicar mi entrevista. Creo
que también voy a salir en el periódico local. Tengo como diez muy buenas amigas
y todas me han invitado a pasar fines de
semana en sus casas. Ojalá que pueda ir aunque no sea a todas.
Me invitaron a formar parte del
WRA. Es un club de muchachas para fomentar los deportes y creo que voy a
ingresar. Por lo pronto, mañana voy a nadar en un concurso; yo no quería
después de mi fracaso en Aquatic, pero me dijeron que sí, que esto no era de
hacer figuras como lo otro y acepté. Ya te contaré.
Todos los viernes tenemos cine en
el teatro del colegio y es baratísimo porque cuesta $0.15 centavos y vemos muy
buenas películas; además, hay otro cine, el Rialto, que tiene dos días de
estudiantes a la semana y cobra $0.25 y también vemos muy buenas películas. En
el teatro del colegio van a presentar (con artistas del colegio) una comedia
que ha tenido mucho éxito en Broadway; ojalá que esté buena.
La clase de tap es una tragedia porque no le entiendo
ni una letra a la profesora; todo mundo hace mucho ruido y ella grita como
loca, pero yo me divierto mucho.
Bueno, mamá, no se te olvide
decirle eso a mi tío Carlos y, otra cosa, Margarita me debía $8.00 pesos de un
vestido y Lola, la costurera, de otros, así que
ver si la consigues y se los pides porque me hacen falta.
Dile a mi papá que no sea flojo,
que me ponga unas letras, lo mismo a los demás. Un abrazo muy apretado de,
María Rosa
Fuego en la cumbre, novela de Ladislao López Negrete
LOS LIBROS DEL 450
ANIVERSARIO DE LA FUNDACIÓN DE DURANGO
FUEGO EN LA CUMBRE
En 2013, el Instituto de Cultura
del Estado de Durango decidió publicar diecisiete libros escritos por autores
famosos de nuestro estado durante la mitad del siglo veinte. Varios de estos
escritores habían emigrado en su juventud a la Ciudad de México en busca de
mejores estudios, empleos y posibilidades de desarrollo personal. Tal es el
caso de Ladislao López Negrete, autor de
la novela Fuego en la cumbre,
premiada en 1949 en las Fiestas de la Primavera en el Distrito Federal y
publicada por Ediciones Botas, en 1953.
Creo que fue Jung quien dijo que
en la vida no hay casualidades sino causalidades y les diré por qué. Leí la
novela de este autor a finales de los años ochenta del siglo pasado cuando
elaboré la antología Durango. Una
literatura del desarraigo (1991) para la colección Letras de la República,
publicada por el CONACULTA en 1992. En ese año me encontraba colaborando con la
UNAM/San Antonio como jefa del área de español. Un día llegaron a la biblioteca
dos cajas de libros enviadas seguramente por la familia de algún mexicano
emigrado en los días posteriores a la revolución. Al abrirlas, apareció de
inmediato Fuego en la cumbre, además
de dos libros de Xavier Icaza. Con autorización de la bibliotecaria y dado que
todavía no estaban catalogados pasaron a ser de mi propiedad.
Escribí después un texto sobre la
novela de López Negrete que se publicó
en un número de la revista Transición,
editada por el Instituto de Investigaciones Históricas de la Universidad Juárez
del estado de Durango. En 2013, el Instituto de Cultura me invitó a preparar el
estudio introductorio de este libro.
No hay muchos datos biográficos
sobre este autor que algunas veces es confundido con otro del mismo nombre que
fue banquero. Como dato curioso, Friedrich Katz narra en su libro sobre Pancho
Villa, aclarando que no hay información fidedigna que soporte lo dicho y que es
casi una leyenda, que la vida errante de Pancho Villa y sus problemas con la
justicia se iniciaron cuando se enfrentó a Agustín López Negrete, poderoso
hacendado dueño de inmensos territorios en el noreste del estado que quería
ejercer su derecho de pernada con la hermana de Villa. ¿Sería el abuelo o el
tío de nuestro autor? Todavía no he encontrado la respuesta.
La novela Fuego en la cumbre es una obra de fervor nacionalista, narrada en
tercera persona y en forma lineal. Empieza cuando dos jóvenes, Enrique y
Pancho, regresan a la sierra de Durango
para disfrutar de unas vacaciones en la casa de Ramón Núñez, apodado “el
jaguar de la sierra”, en el pueblo de
Ocotal, y para visitar la Hacienda de San José de los Llanos, donde nació
Enrique quien compara todo el tiempo a Ocotal con la Ciudad de México, en tanto
que Pancho defiende calurosamente la vida campirana. Aquí, creemos nosotros, López Negrete
manifiesta la oposición urbe/provincia muy común en los años cuarenta porque la
sociedad mexicana estaba cambiando de rural a urbana.
Ramón Núñez es el eje alrededor
del cual gira la anécdota. Es viudo y
está orgulloso de que acaba de nacer un hijo suyo, fuera de matrimonio, que
pesa cinco kilos y que el sacerdote no tiene ningún reparo en bautizar. Su
hija, Mercedes se enamora de Enrique en tanto que su amiga Rosa lo hace de
Pancho. Sin embargo, Enrique piensa que su romance con Mercedes durará lo que
duren sus vacaciones porque en su pueblo, ella es “seductora”, pero en la
Ciudad de México sería “burlesca”. Lupe, la hermana soltera de Ramón, es
calificada por López Negrete como “una mujer
magnífica” y podríamos considerar que representa
la conciencia de la localidad pues se opone a los amoríos de su hermano y lo
censura por tener un hijo con una muchacha soltera y haber causado la muerte de
otra aunque le haya construido un bello monumento funerario.
La vida en el pueblo transcurre
sin contratiempos hasta que se desata un incendio en la montaña de la que
depende su bienestar por las minas. El
incendio crece desmedidamente y Ramón propone una solución arriesgada: desviar
el cauce del torrente que baja de la montaña para apagar el fuego. Todos
aprueban el plan y siguen a Ramón que encabeza al grupo. Finalmente, Ramón, en
una acción que va a costarle la vida, logra colocar la carga de dinamita en el
sitio apropiado para lograr el objetivo. El pueblo se salva, en tanto que Ramón
y Pancho perecen. Quizá, como en una
tragedia griega, para que se restablezca la armonía es necesario que muera el
transgresor; en este caso, Ramón.
En esta novela López Negrete se
enorgullece de su origen durangueño, de la sierra, del carácter y el temple de
los habitantes de los pueblos y de la belleza de las mujeres. Es una obra rica
en intertextualidad pues hace un elogio del vals “Recuerdo”, de Alberto M.
Alvarado; en otro momento señala que el
torrente se precipita como una “sinfonía beethoveniana”. Si bien sencilla en la
trama y en los acontecimientos, es una novela que rinde homenaje a Durango y
denota la preocupación social del autor.
Salvador Salas y Cuencamé
MONOGRAFÍA. TRESCIENTOS AÑOS DE FE Y TRADICIÓN
Situado a 133 kilómetros de la
ciudad de Durango (aproximadamente dos horas en automóvil), al noreste del
estado entre las sierras de San Lorenzo y Santa María, el pueblo de Cuencamé
celebró este año trescientos años de haber sido fundado por el capitán Velarde,
quien, además, bautizó con su nombre a una región cercana a la que llamó
Velardeña. Muy cerca se encuentra el pueblo de Santiago de Mapimí, fundado en 1598, considerado como
“pueblo mágico” (el único de nuestro estado aunque otros tienen tres o cuatro)
famoso y muy visitado por el impresionante puente de Ojuela, reminiscencia de
la mina operada por la compañía norteamericana Asarco que clausuró sus
operaciones en la década de los años cuarenta del siglo pasado.
En la actualidad, son pocas las personas que visitan Cuencamé
si exceptuamos la procesión que cada año se organiza para mostrar su devoción
al Cristo de Mapimí que está precisamente en la iglesia de Cuencamé. Antes, los
autobuses que se dirigían a La Laguna hacían una escala en este lugar y la gente
aprovechaba para comprar unas deliciosas
gorditas. Hoy ha quedado a un lado y a
menos que uno se desvíe, no es necesario detenerse allí. Por el contrario,
Mapimí sigue siendo muy visitado porque los turistas se interesan en conocer el
puente de Ojuela.
En cuanto a la imagen del Señor
de Mapimí, Salvador Salas refiere que los indígenas que defendían su territorio
y sus costumbres agredieron el jueves santo de 1715 a quienes llevaban la
imagen. Para protegerla, algunos vecinos
decidieron llevarla a Santa María de
Parras (hoy Parras de la Fuente, en el vecino estado de Coahuila), pero ese
propósito no pudo cumplirse y “el Cristo fue escondido bajo un inmenso mezquite
y cubierto por ramas”. Años después, fue encontrado y trasladado por unos
soldados a la Parroquia del Real de San Antonio de Cuencamé, considerado como
un sitio seguro, porque “el templo de Santiago de Mapimí quedó destruido”. Los
peregrinos que, año tras año, acuden a celebrar la fiesta del Señor de Mapimí a
principios del mes de agosto, se despiden el día siete con este canto: “Adiós
mi Padre querido,/Mi Señor de Mapimí,/Con el pecho adolorido,/nos despedimos de
ti”.
Entremezclada con la historia del
Cristo y de la evolución de los lugares mencionados, el lector conoce poco a
poco la historia de la familia Salas Ceniceros compuesta por el padre Ponciano
y su esposa María que procreó diez hijos que nacieron, crecieron, jugaron y disfrutaron
la vida en Velardeña, así como de singulares personajes como El Rápido. Don
Ponciano era aficionado a la fotografía y conocía el arte de la tipografía que,
andando el tiempo y cuando ya la familia vivía en Durango, Rosalío (mejor
conocido como Chalío y famoso especialmente por su dominio de la guitarra) y su
hermano Enrique, también destacado guitarrista, tuvieron un taller de
tipografía en la casa de la zona conocida como El Calvario. El cuarto hijo, Manuel,
se convirtió en un excelente pintor y, de hecho, realizó un cuadro de la imagen
del Señor de Mapimí.
La vida en Velardeña, narrada por
Salvador, quien se convirtió en un reconocido ginecólogo, no fue pesada ni
aburrida para los niños porque siempre encontraron alguna forma de divertirse.
Ni siquiera el calor los abrumó porque siempre era divertido bañarse en una
tina metálica llena de agua en el patio de la casa. Todos estos
acontecimientos, así como el crecimiento de los hijos, fueron conservados para
la posteridad por Don Ponciano en muchísimas fotografías que forman la
espléndida iconografía que acompaña al texto incluyendo una excelente foto del
momento de la demolición de la torre de la empresa minera Asarco.
Salvador Salas cierra la historia
de su familia en Velardeña y de los lugares mencionados con estas palabras: “No
tengo la menor duda de cómo los recuerdos pueden llegar en un tiempo tan
corto”, recuerdos que “dieron finalmente, como resultado, el texto sobre
Cuencamé y Velardeña, donde está enterrado mi cordón umbilical, mas no mis
recuerdos que seguirán vivos”.
Esta Monografía. 300 años de fe y tradición le valió a Salvador Salas el
primer premio del concurso convocado por Cuencamé para celebrar los 300 años de
su fundación.
Galería de arte en el Hotel Casablanca
EL MUSEO ÁNGEL
ZÁRRAGA VISITA AL HOTEL CASABLANCA
El Hotel Casablanca fue
inaugurado a finales de la década de los años cuarenta del siglo pasado y ha
gozado desde entonces de un gran prestigio y de la aceptación incondicional de
la sociedad durangueña que disfruta con frecuencia de su restaurante. Hace algunos
años, el ambiente era amenizado por el pianista Renato Romo y por los cantantes
Armando Blancarte y Antonio Haro que hacían
la delicia de los comensales. En la actualidad, quien se ocupa de
deleitar a los asistentes es el pianista Pedro Rocha. En 2013, para beneficio
de la cultura, dio un giro a sus actividades: se transformó en galería de pintura y en recinto cultural.
Fue así como se llevó a cabo el proyecto de decorar los muros del restaurante
con obras pertenecientes al
desaparecido Museo Ángel Zárraga. El
proyecto fue bautizado con el título que encabeza este texto.
La primera exposición se abrió al
público el 16 de mayo de 2013 con una exposición colectiva que incluyó artistas de la talla de Luis Nishizawa y
Vicente Rojo. La segunda, inaugurada el 8 de octubre de 2013, fue una colectiva “de los más destacados
exponentes de la plástica local”, en palabras de la pintora Elizabeth Linden
Bracho. La tercera, inaugurada el 20 de mayo de 2014, fue una exposición individual
del distinguido pintor y muralista durangueño, Guillermo Bravo Morán, quien en
lugar de haber continuado su carrera en la Ciudad de México, prefirió
arraigarse en su tierra natal.
En cuarto lugar, el 17 de
septiembre de 2014, se ofreció a la sociedad una muestra plural titulada “Óleos
y gráfica digital”, conformada por obras de los artistas José Luis Calzada y Ricardo Guevara. Con el título “Nosotros”, el 16 de diciembre
de 2014 los muros se vistieron con los cuadros de los maestros
Elizabeth Linden y Armando Blancarte. La última fue “Espejo de la
memoria” dedicada a la obra del maestro Candelario Vázquez Moreno.
En cuanto a las actividades del género literario, los maestros Rubén
Castrellón y Patricia Rodríguez, así como quien esto escribe dieron lectura a
varios textos del libro Historias de
vida. 21 mujeres de Durango. Tras el fallecimiento del gran poeta y
novelista José Emilio Pacheco, ocurrida
el 26 de enero de 2014, María Rosa Fiscal ofreció una charla sobre su obra. Por
último, con una nutrida concurrencia se llevó a cabo la presentación de dos
números de la revista Cantaletras, dirigida
por Petronilo Amaya.
Ahora, el Hotel Casablanca ha
decidido que en sus muros se ofrezca a los visitantes una selección de la obra
plástica de su propiedad con la presencia de tres notables artistas de Durango:
Irene Arias, Guillermo Bravo y José Luis Calzada.
Irene Arias nació en Mazatlán,
Sinaloa. Su padre, que era militar, fue trasladado a Durango y fue así cómo
ella llegó, en la adolescencia, a vivir en esta ciudad. Poco después la familia
se trasladó nuevamente a Mazatlán y, de ahí, a la Ciudad de México. Venciendo
la resistencia de su familia, Irene se matriculó en la escuela de pintura La
Esmeralda. Al mismo tiempo, fue una ejecutiva importante para la empresa
American Express, lo que le permitió viajar por el mundo, sin dejar de pintar.
Regresó a Durango en 1992 con el propósito de estar al lado de hermana, la
poeta Olga Arias. Prefiere la pintura abstracta y sobresalen, en mi opinión,
los tonos ocres con pinceladas lila,
rosa y azul, que son generalmente los colores que engalanan el cielo de esta
ciudad al atardecer. En el Hotel se puede apreciar un mural muy adecuado para un comedor que recuerda
a los bodegones que decoraban los
comedores de las mansiones.
Muralista y pintor de caballete,
Guillermo Bravo nació y estudió en Durango. Posteriormente, viajó a la capital
del país donde se incorporó al taller del reconocido muralista David Alfaro
Siqueiros. Trabajó bajo su dirección en el Polyforum Cultural Siqueiros, pero
también en el mural que se pintó en el Casino de la Selva, en la Ciudad de
Cuernavaca, Morelos. En Durango son de destacar, desde mi punto de vista, dos
murales: uno decora el cubo de la escalera del segundo patio del Palacio de
Gobierno, hoy convertido en el Museo Pancho Villa, y dedicado a la revolución.
El segundo puede apreciarse en el cubo de la escalera del Hotel San Jorge, en
la calle Constitución, y recuerda el
Durango colonial. Su obra de caballete es notable y, para mi gusto, sobresale su dominio del color azul.
Más joven que los anteriores,
José Luis Calzada es grabador y pintor; de hecho, dirigió tres talleres de
grabado en el antiguo Museo. Según uno de sus críticos, en su obra se aprecia
“un arcoíris de majestuoso colorido” donde destaca el resplandor del paisaje
durangueño. Radica en la Ciudad de México pero visita su ciudad natal con suma frecuencia. Su
colección de grabados elaborados después de una estancia en Cuba me pareció
hermosa.
Con esta nueva actividad, el
Hotel Casablanca me hizo recordar el restaurante Carmel, en la calle de Génova,
en la Zona Rosa de la Ciudad de México, propiedad de Jacobo Glantz, quien en
los años sesenta ofreció los muros de su establecimiento para dar a conocer las
primeras obras de José Luis Cuevas, Pedro Friedeberg y otros pintores que daban
sus primeros pasos en el camino del arte.
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