jueves, 27 de febrero de 2014

PALABRAS PRONUNCIADAS AL RECIBIR EL RECONOCIMIENTO COMO CREADOR EMÉRITO EN 2011



EL VIAJE HACIA ÍTACA

En 1989, cuando trabajaba como Jefa del Área de Literatura en el Centro de Enseñanza de la UNAM, recibí una llamada que me tomó por sorpresa.  Era Mónica Mansour,  mi maestra de Análisis poético, en la maestría en Letras Iberoamericanas,  y que en ese momento era Jefa del Departamento de Literatura en el CONACULTA. Me pidió que la visitara en su oficina y convinimos en una cita.  Se trataba, me dijo, de que estaba en marcha el proyecto llamado “Letras de la República” y buscaban a un investigador para  la antología correspondiente al estado de Durango. Alguien me había recomendado y ella quería conversar conmigo al respecto.

En ese momento, además de mis tareas académico-administrativas, colaboraba casi semanalmente con una reseña para la revista Proceso, había escrito sólo un libro La imagen de la mujer en la narrativa de Rosario Castellanos (1981) y otros ensayos académicos y estaba iniciando mi investigación para la tesis de maestría en Letras Iberoamericanas. Sin embargo, cuando se concretó la propuesta, acepté.  Esa llamada cambió el curso de mi vida.

De los escritores  durangueños sólo conocía a los  tres más nombrados: Nellie Campobello,  José Revueltas, y María Elvira Bermúdez. Había leído algo de Olga Arias. Conocía al historiador Atanasio Sarabia y también conocía algunos poemas de  Evodio Escalante quien, por entonces, preparaba su tesis de maestría. De los otros,  ignoraba todo. Además, las reglas y los plazos del CONACULTA eran muy rígidos. No obstante, acepté el reto. Empecé la investigación en el Distrito Federal y con la ayuda de Evodio,  y  de Paco Durán y, ya en Durango, de Enrique Mijares Verdín y de Ángel Manuel Castrellón, entre otros muchos, salí airosa del compromiso.

Cuando mi antología Durango. Una literatura del desarraigo (1829-1990)  se presentó en el  Palacio de Minería, en  la Ciudad de México,  dentro de la Feria Internacional del Libro en el 2002, me cupo la alegría de haber cumplido tanto con el CONACULTA como con Durango (creía yo) en  tiempo y forma. Para mi sorpresa, el libro no fue bien recibido en mi ciudad natal y el buen amigo José Reyes González se vio en serios aprietos para defender mi trabajo cuando se hizo la presentación. 

La estancia en Durango había traído novedades a mi vida. Me había sumergido por completo en la literatura dejando a un lado las clases de español para extranjeros y había experimentado un poco con la creación literaria. Cuando otros acontecimientos  personales y familiares, me plantearon una disyuntiva, escogí regresar a Durango. Tenía ya una casita comprada, pero no tenía empleo. La Universidad Vasconcelos me acogió nuevamente. Pero, en lo referente a la literatura, tuve que picar piedra.

Recuerdo ahora con nostalgia aquellas mañanas cuando nos reuníamos en la biblioteca de la Casa de la Cultura José Solórzano, Óscar Jiménez y yo bajo el cobijo de don Crescencio, como lo he narrado en un texto. Yo iniciaba mis pasos hacia Ítaca en la página cultural de El Sol de Durango que coordinaba Óscar Jiménez al mismo tiempo que colaboraba con Radio UJED en programas culturales.

La oportunidad para dar el salto hacia la creación fue a través del taller literario coordinado por Orlando Ortiz, que nos visitó los fines de semana durante dos años. Los viernes por la tarde leíamos (no se puede escribir bien sin conocer a los grandes autores, así como adentrarse en el análisis, la creación de personajes, el manejo del tiempo, del punto de vista) y los sábados por la mañana leíamos nuestros trabajos. Compañero de mesa y de aventuras literarias fue en esos días Jesús Alvarado, entre muchos otros. Yo llegaba con lo que se me ocurría hasta que un día Orlando me dijo: “no puedes seguir así; necesitas un proyecto”. Yo todavía no me asumía como escritora y no creía tener el talento para ello. Sin embargo, así surgió Perfiles al viento, ese libro entrañable para mí por los personajes a los que di vida y por lo que representaron para mí.

Vinieron después Tiempo de hablar (2001), los tomos uno y dos de El aroma de la nostalgia. Sabores de Durango (2005 y 2009), aunque antes habían surgido Dolores Guerrero. Una voz desconocida (1994), ¿Una nueva novela de la provincia (Crítica a la novela  El cuervo de Dios, de Francisco Durán Martínez), y un ensayo sobre el pintor durangueño Ángel Zárraga.

En su poema, el poeta griego Kavafis dice en los versos iniciales: “Si vas a emprender el viaje hacia Ítaca,/pide que tu camino sea largo,/rico en experiencias, en conocimiento.” Y así ha sido.  Si he carecido de algunas cosas, otras se me han dado en abundancia. Por ejemplo, el reconocimiento y la sonrisa de la gente cuando nos cruzamos en la calle. A veces, no los reconozco, pero ellos a mí, sí. O como la pregunta de una empleada en la Comisión Federal de Electricidad una mañana que fui a pagar la luz:  “Maestra, ¿no tiene un libro?”, a lo que contesté: “No, sólo el recibo”. Ella sonrió y dijo: “No, quiero decir un libro nuevo”.

Anécdotas hay muchas. Recuerdo, por ejemplo, las mañanas en que perseguía al señor que vende las melcochas en la calle de 5 de Febrero o afuera de la Catedral solicitándole una breve entrevista. Gruñía y replicaba: “Qué tengo yo que hablar con usted”  y se alejaba con rapidez. Una reacción muy diferente tuvo el vendedor de las palomitas en la calle Victoria pues hasta me regaló un vaso gigante repleto de palomitas.

Vivir de la literatura no es fácil. Quizá, entre nosotros, lo hayan logrado Octavio Paz, Carlos Fuentes, Carlos Monsivais,  José Emilio Pacheco, entre otros más. La mayoría es maestro, periodista o tiene algún otro empleo que le permita ganarse la vida. La fama también es elusiva: se escapa todo el tiempo. Casi todos persiguen un premio que  permita que se abran las puertas de las  grandes editoriales  cuando carecen de un padrino que los recomiende. En la provincia, las circunstancias son aún más  difíciles.  Muchas veces los libros se quedan en manos de amigos y familiares y no trascienden, a menos que se acuda a encuentros de escritores en otras ciudades.

 Ítaca -en este caso, la literatura- no es fácil de conquistar. Por ello, necesitamos del apoyo de las instituciones culturales y que se cree, o se establezca un contacto- para dar a conocer  nuestros libros allende las fronteras del estado. Pero como dice Kavafis:

Ten siempre a Ítaca en la memoria,
Llegar ahí es tu meta.
Mas no apresures el viaje.
Mejor que se extienda largos años;
Y en tu vejez arribes a la isla
Con cuanto hayas ganado en el camino,
Sin esperar que Ítaca te enriquezca.

Muchas gracias
Durango, Dgo., 27 de agosto de 2011





jueves, 6 de febrero de 2014

Fábula al revés. Ejercicio de taller literario.

LA CIGARRA SABIA

Había una vez una cigarra y una hormiga que vivían en la ciudad de Nueva York. Habitaban en el sótano de un edificio de departamentos en una elegante zona residencial cerca de Park Avenue.  En el pasado,  los inquilinos eran todos adultos o parejas sin niños, pero desde que las nuevas leyes consideraban tal restricción como discriminatoria, el edificio había empezado a poblarse de niños inquietos que bajaban corriendo los escalones, así es que había que andarse con cuidado.

Cada mañana, la hormiga emprendía la larga caminata hasta la  ribera del Hudson o los alrededores del Parque Central donde recogía virutas o trozos de hojas en preparación para el frío invierno. Por la tarde, debía tomar sus precauciones para regresar ilesa a su casa, con sus provisiones a cuestas.

La cigarra, en cambio, la pasaba de lo más bien. Alrededor de las once de la mañana, se vestía con los pantalones cortos, se acomodaba los lentes oscuros y se tendía en un rincón para disfrutar del sol y del buen tiempo. Con el invierno llegarían las ráfagas de viento huracanado, las bajas temperaturas y la nieve, con lo que sería imposible estar al aire libre. Ahora, esos eran sólo negros pensamientos, de manera que la cigarra silbaba una alegre tonada rockera para disiparlos.

Al caer la tarde, la hormiga retornaba a su morada encorvada por el peso de sus tesoros. Se topaba con la cigarra, alegre y tostada por el sol, la miraba llena de  reproche y la reconvenía duramente por su despreocupación.  Ésta reía a mandíbula batiente y replicaba que no había que tomar las cosas tan en serio. Al fin y al cabo, la vida era breve y la terapia gestalt recomendaba vivir plenamente el aquí y el ahora. Además, siempre existía la posibilidad de que el terrorismo internacional desquiciara la existencia de la ciudad o que el temido efecto de invernadero alterara la ecología y, entonces, ¡adiós al mundo! Disgustada, la hormiga fruncía el ceño y entraba en su casa.

Una tarde, ya entrado el otoño y cuando el helado viento del norte azotaba las calles neoyorquinas, la cigarra empezó a temer por su vida. No era nada agradable morir de hambre o de frío. A lo lejos, divisó a la hormiga que, con una gruesa bufanda atada al cuello, apresuraba el paso. La cigarra pensó que su vecina tenía razón y que ella había sido una tonta.

De repente, salió a toda carrera del edificio un niño rubio, de ojos color miel. Asustado, miró a la hormiga -a la que únicamente  conocía por las láminas de su libro de zoología- que subía con mucho esfuerzo los escalones. Sin titubear, entró en su departamento, se dirigió a la cocina, extrajo de la alacena la lata de insecticida en aerosol y, sh sh sh sh, roció a la hormiga hasta que quedo patas arriba.

En verdad, se dijo la cigarra, ¡cuánta sabiduría había en Horacio al aconsejar: “Carpe diem” (aprovecha el día).



historia de un ratón, verídica

EL AMIGO QUE PUDO HABER SIDO

Cual saeta, una fugaz sombra gris cruzó por la cocina. “Un ratón”, pensé sin querer dar mucho crédito a mis ojos, y continúe la lectura.  “Esperaré a ver si pasa de nuevo”, me dije, “tal vez fue una ilusión óptica”.  Minutos después la minúscula figura gris cruzó en sentido contrario y se escondió rápidamente entre los gabinetes. Sin veneno, sin trampa a la mano, no había nada qué hacer. Casi a la medianoche suspendí la lectura y me fui a dormir deseando que el ratón se estuviera quieto en la cocina o se marchara por donde había llegado.

A la mañana siguiente, no había rastro visible del animalillo.  Me alegré; sin embargo, un latido especial del corazón me anunció que aquello no era sino una ilusión sin fundamento  y que lo más probable era que estuviera oculto en algún rincón. Revisé rápidamente para cerciorarme de que no había comida en el suelo y salí.

A la hora de la merienda,  se repitió la escena de la noche anterior: el ratón cruzó primero hacia la puerta del patio y, un rato después, volvió sobre sus pasos. Continúe sin moverme. La cocina, justo es reconocerlo, es uno de mis espacios favoritos: la mesa es cómoda, la luz es buena, la cafetera está cerca, el teléfono también y puedo subir los pies en un banquillo para estimular la circulación. A las once apagué la luz con la esperanza de que el ratón se abstuviera de marcar toda la casa como su territorio.

El ritual continuó sin variación durante varios días, aunque el intruso empezó a tomarse algunas libertades: ya no corría velozmente de un lado a otro, sino que lo hacía con relativa calma. En el viaje de regreso, hacía un alto a la mitad de la cocina y me miraba con sus ojillos vivarachos. Parecía pedirme que lo domesticara como a un perro. Cada noche se demoraba un poquito más antes de retirarse a su escondrijo.

Un texto leído muchos años atrás en el National Geographic me recordó un experimento realizado en una cueva con un investigador que aceptó quedarse encerrado ahí, solo, con luz artificial, con el fin de probar la capacidad del ser humano para resistir la soledad y el aislamiento.  Disponía de un radio para comunicarse con el exterior y periódicamente lo surtían de alimentos  -latas, por lo general-  que descendían en un montacargas sin que él viera la luz del sol o hablara con alguien. Pronto perdió la noción del tiempo y ya no sabía si era de día o de noche, ni  tampoco el mes en que vivía. Una vez, cuando preparaba su cena, sintió que lo miraban con atención. Efectivamente, había entrado un ratón. Los ojos del investigador se llenaron de lágrimas: era el primer ser vivo que veía en quién sabe cuánto tiempo. El ratón, pues, se sintió bienvenido y permaneció en la cueva, sin acercarse demasiado a su compañero que cada día le daba algo de comer. Días después, de un estante se deslizó una pesada sartén que mató al ratón de inmediato. El hombre prorrumpió en sollozos y cayó en una aguda depresión. De nuevo, estaba solo.

¿Me ocurriría a mí lo mismo que al investigador?

Mi madre y mi hermana habían muerto hacía pocos meses y el barullo de la casa llena de médicos, cuidadoras y visitas poco a poco se había aquietado. La soledad me agrada, pero después de ese interludio ya no estaba tan segura. Con esos pensamientos  me fui a dormir. Esa noche, el ratón se tomó mayores libertades: lo oí bebiendo agua en el baño. Ahora sí había llegado el momento de actuar a pesar de sus simpáticos ojillos y de su afán por acompañarme.

Cuando en la farmacia veterinaria le comenté al vendedor que había oído al ratón bebiendo agua, repuso compasivo: “tiene sed”. No obstante accedió a venderme un veneno líquido “muy eficaz”, agregó. Lo distribuí en corcholatas en sitios estratégicos y aguardé.

Pasaron dos días sin novedad porque el ratón había suspendido su nocturna aparición. Una mañana, salió tambaleante y en pésimas condiciones de entre los gabinetes. Me invadió un sentimiento de culpabilidad. Carente de valor para acabar con su vida, lo cubrí con una cubeta y salí esperando que el veneno cumpliera su función. Regresé tres o cuatro horas después, levanté el borde la cubeta y, ¡oh, sorpresa!, el animalillo había recuperado su energía y corría de un lado a otro buscando la salida. Bajé la cubeta y, con la respiración agitada, fui en busca de un vecino.

Entonces  y a pesar de que era mi amigo, vino lo peor.

Primero, llenamos la cubeta con agua para que no escapara. Empero, el ratón nadaba sin desmayo implorando que le perdonáramos la vida. El vecino decidió actuar drásticamente: con un fierro le atizó un fuerte golpe en la cabeza y el agua se tiñó de rojo. Luego, se fue, contento de haber solucionado mi problema y dejándome la tarea de darle sepultura.

Las instrucciones del veneno indicaban que,  por su toxicidad, no debía tirarse el cadáver a la b asura. No había más remedio que enterrarlo.  Cavé una pequeña tumba en un rincón del jardín, lo envolví en un trapo de cocina y regresé su cuerpecillo a la  tierra. Sólo me faltó ponerle la cruz  y una lápida con el rótulo: “El amigo que pudo haber sido”.    


martes, 14 de enero de 2014

Ahora que el correo está en vías de desaparición, es bueno recordar la belleza de los timbres o sellos postales.

Los sellos de correo
Pensaba que cuando me jubilara me dedicaría a ordenar mis timbres, pero todavía están guardados en tres cajas. Disfruten de éstos.


Según datos obtenidos del internet, los primeros sellos de correo aparecieron en Londres, el 1º. de  mayo de 1840. En nuestro país, el sistema postal propuesto por Sir Rowland Hill fue adoptado en febrero de 1856. Seis meses después empezó a circular la primera estampilla del México moderno, con la figura de don Miguel Hidalgo y Costilla y un valor de dos reales.

El término filatelia (de filos,  amor y de ateleia, pagado previamente) fue propuesto por el francés Georges Herpin, quien lo utilizó por primera vez en la revista Le collectioneur de timbres postes, en noviembre de 1864. Fue aceptado por la Real Academia Española de la Lengua en 1922 y quizá pronto sólo sea  familiar a los amantes de los sellos postales.  

En Durango, a mediados del siglo veinte,  filatelistas reconocidos fueron don Salvador Salum, propietario del almacén Las Fábricas de Francia (situado en la esquina de las calles 5 de Febrero y Victoria) que logró reunir una espléndida  colección de timbres de Francia exhibiéndola  para deleite del público  en la planta alta del edificio durante  unas fiestas de la ciudad. Por su parte, Federico Schroeder, dueño de la dulcería Las Mariposas, que todavía existe sobre la calle 5 de Febrero, poseía una notable colección de sellos postales de Alemania.  A mi vez, llegué tener una considerable cantidad de timbres de muchos países que guardaba sin orden ni  concierto en cajas de cartón esperando tener tiempo para ocuparme de ellos como se debe.  Es decir, se recortan del sobre sin lastimar las orillas, se remojan durante breves minutos en agua tibia jabonosa, se enjuagan con agua fría con todo cuidado, se secan y se colocan entre las hojas de un cuaderno para que se sequen.

Los timbres que el lector aprecia en la ilustración nos hablan de distintos acontecimientos históricos de nuestro país. Por ejemplo, hay uno que conmemora el centenario del nacimiento del distinguido escritor regiomontano Alfonso Reyes (1889-1989). Otro recuerda el 200 aniversario del natalicio de la valerosa Leona Vicario, que participó sin titubeo en la lucha por la independencia del país y que contrajo matrimonio  con don Andrés Quintana Roo.  Uno más recuerda la celebración del Gran Premio de México, Fórmula Uno; otro celebra el 80 aniversario de la nacionalización de los ferrocarriles. El que cierra la colección conmemora el 50 aniversario del fallecimiento del gran músico durangueño Silvestre Revueltas y fue cancelado en solemne ceremonia en esta ciudad, la misma mañana que se presentó el  libro Silvestre Revueltas por él mismo (México, Eds. ERA, 1989). Por supuesto, a lo largo de la historia del correo, ha habido otras colecciones importantes, por ejemplo, la correspondiente a los Juegos Olímpicos de 1968, que también se convirtió en carteles y la dedicada a las aves de nuestro país  que destacó por su belleza y colorido.  En la misma ilustración se aprecian unos cuantos sellos de la colección Grandes Educadores de la SEP. Entre ellos vemos a José Vasconcelos, a Estefanía Castañeda  Núñez, a  Rafael Ramírez Castañeda y a Rosaura Zapata Cano. Los conservo con mucho cariño porque me fueron obsequiados por una alumna al concluir un curso de literatura mexicana.  

 La filatelia no es un pasatiempo barato. Una colección completa llega a costar una fortuna. Además, requiere de mucha atención porque hay que saber que cuándo se ponen a la venta los timbres para comprarlos todos.  En el Distrito Federal, las series se adquirían en la planta alta del hermoso Palacio de Correos en el Centro Histórico. Aquí  llegué a comprar algunos cuando la oficina de correos se localizaba sobre la calle Constitución, cerca del entonces Cine Imperio. Sin embargo, la gran mayoría de los que han pasado por mis manos los recorté de la correspondencia recibida, además de muchos que me fueron obsequiados por amigos (pen pals, como se dice en inglés) cuando formamos una cadena de estudiantes para intercambiar todo lo que pudiera contener un sobre: billetes, tarjetas postales, timbres. A veces, incluso monedas que la aduana dejaba pasar. 


Los sellos de correo son una forma importante para conmemorar hechos relevantes o para dar a conocer el patrimonio artístico y cultural de una nación. Los de nuestro país cada día se vuelven más escasos, bien porque la gente prefiere el correo electrónico,  útil y rápido, pero carente de misterio y de poesía. Nada se compara, en mi opinión, con el deleite de sopesar el sobre en la mano, reconocer la escritura en el sobre, admirar el sello postal y anticiparse al contenido de la carta.   

¿Cómo sabes dónde dejaste tu lectura? ¿Usas un separador? Hay unos muy bellos, pero también puede ser un boleto de avión o de autobús.

LA MAGIA DE LOS SEPARADORES


Habrá quienes los llamen marcadores ya que usualmente indican donde suspendimos la lectura de un libro, aunque separadores pueden  también ser los boletos del viaje en autobús a una ciudad distinta de aquella donde uno vive,  la contraseña de un boleto de cine, la nota de compra del libro que metimos de prisa dentro de las páginas o la tarjeta postal que nos entregó el cartero enviada por un amigo que está en el  extranjero.  Estos objetos surgen de pronto cuando sacamos del librero el libro que no hemos consultado durante años. Los llamo mágicos no porque despidan  lucecitas, cambien de color o nos deparen una sorpresa inesperada sino porque,  en un vuelco del tiempo,   nos remiten a momentos del pasado,  nos hablan de personas con quienes hemos perdido contacto o nos  recuerdan a amigos y lugares extraños que nos han dejado un sabor agridulce.  En otras palabras,  los separadores narran  una historia.

Mi colección (ya incompleta)  incluía algunos venidos de Japón o fabricados en nuestro país por las hábiles de mis alumnos japoneses en el Centro de Enseñanza para Extranjeros. Otro llegó de China,  es de madera y remata con  la cabeza de un ave;  me lo obsequió  una querida alumna del Colegio Americano que pasó allá un verano.  Hay otros en papel amate que, o bien, adquirí de un vendedor callejero, o bien,  en alguna excursión a un pueblo. Uno, que se adorna en un extremo con una ardilla, proviene de Oaxaca en tanto que otro más, en madera, viajó desde   Coatepec, Veracruz, y está decorado con un colibrí. Tuve otro en piel, que se desbarató por el uso, convirtiéndose en un pequeño cuadro que cuelga en un muro de mi casa, y que contiene una sentencia de  Rabindranath Tagore: “Soñaba que la vida no era sino alegría,/me desperté y vi que la vida no era sino servicio,/serví  y  vi que el servicio era la alegría”.

Tuve otros ilustrados con rostros de  mujeres  destacadas en el arte, como la cantante  sudafricana Myriam Makeba o la inglesa Edith Holden que escribía poesía,  o  trascendentes  en la historia del feminismo como Vandana Shiva, nacida en la India, pero que no alcanzaron fama universal.  Formaban una serie que  compré en la tienda del  Museo   McKinley,  de San Antonio, para regalárselos a unas queridas amigas que, o son artistas, o escritoras, o trabajan por el bienestar de la mujer.   

Otros son francamente  turísticos. Los  obsequian en las librerías con anticipación porque sirven para promover libros ya editados o a punto de salir, una feria del  libro en especial, por ejemplo, la Internacional de Guadalajara o la celebrada en Madrid en 2006 cuando Grecia fue el invitado de honor.  En el Museo de Antropología, de la Ciudad de México, encontré uno formidable para no olvidar jamás la estupenda exposición: “Los etruscos: el misterio revelado”. Ahora las agencias funerarias acostumbran obsequiar separadores con la fotografía de la persona fallecida, con una oración o algún verso de su predilección.

Los separadores metálicos son elegantes y constituyen un buen regalo; sin embargo,  son incómodos y terminan lastimando  las páginas. No obstante,  el del gato que el lector podrá apreciar en la ilustración, me remite a Charles Baudelaire, el poeta maldito, en un  soneto     dedicado a los gatos, felino que evoca siempre la sensualidad, donde leemos los siguientes versos: “Amigos de la ciencia y la sensualidad, /que buscan el silencio y aman las tinieblas,/ Érebo los hiciera sus corceles de niebla/si ellos se resignaran a perder libertad”.

Actualmente, en la compra de un libro, las editoriales acostumbran introducir  dentro de sus páginas un separador promocional con información biográfica del autor o  comentarios sobre otra novela o poemario ya publicados del mismo autor. El pintor durangueño José Luis Calzada acaba de distribuir entre sus amigos un separador inteligente e ilustrado con una luna, una figura femenina apenas sugerida (tomada de una de sus obras) y con frases en varios idiomas.

Hay personas que acostumbran doblar la esquina superior derecha de la página para indicar donde suspendieron la lectura. ¡Qué pena! El papel se maltrata  y termina por romperse. Quien actúa así demuestra poco respeto por el libro que está leyendo  porque es obligatorio para la clase o el trabajo, pero con el cual no ha establecido  una relación de amistad. La magia de los separadores, como la de los mismos libros, es infinita.



Coloridos separadores o marcadores.

jueves, 2 de enero de 2014

DE BEN-HUR AL OLVIDO: RAMÓN NOVARRO 

Mi río, Ramón Samaniego Pérez Gavilán, conocido en el cine como Ramón Novarro.

Ramón Samaniego Pérez Gavilán, conocido en los anales cinematográficos como Ramón Novarro, era primo hermano de mi madre y, por tanto, mi tío. Lo conocí cuando niña, en una ocasión que visitó a mis abuelos en Durango y se hospedó en la casona de las calles de Zaragoza. Lo saludé  a la hora de la comida cuando se sentó  a la izquierda de mi abuela; yo  ocupé mi lugar habitual,  a su derecha, entre ella y mi tía Luz..  Cada vez que podía, lo miraba con atención. Era un hombre de porte distinguido, quizá cercano a los cincuenta años y de cabello gris.  Vestía informalmente con un saco de gamuza en tono café cocoa.  Mis tías me habían dicho que era guapísimo y, la verdad, ese mediodía no me lo pareció.  Concluida la comida, nos sentamos en el corredor; al caer la tarde, mi abuela y Ramón salieron para visitar el Santuario de la Virgen de Guadalupe. Me di cuenta que llevaba un rosario en el bolsillo izquierdo de su saco. Después, se comentó que había donado una suma importante para unas obras del  templo. Ramón Novarro fue siempre un hombre generoso con toda su familia y  lo fue incluso con  Louis Samuel, su secretario de confianza durante los años de gloria, que lo estafó con casi dos millones de dólares y contra el que no procedió legalmente con toda el rigor que Samuel se merecía, por lo que no lo pongo en duda. Nunca más volví a verlo.

Nació en la ciudad de Durango, el 6 de febrero de 1899, hijo del Dr. Mariano Nicolás Samaniego y de María Leonor Pérez Gavilán. Fue el cuarto hijo de trece descendientes, de los cuales el primero y el décimo murieron en la infancia. En 1910, la familia emigró al Distrito Federal a causa de la revolución. Sus padres lo inscribieron en el Instituto Científico de México, a cargo de los jesuitas, donde inició sus estudios de música. En 1915 todos retornaron a la tierra natal.

Era una familia numerosa, de disciplina estricta, con una fuerte inclinación hacia la iglesia, como era usual en las familias conservadoras de la época. Tres de sus hermanas, Guadalupe, Rosa y Leonor, profesaron como monjas. Leonor abandonó el convento muchos años después, se casó y tuvo un hijo al que llamó Nicolás. A ella la traté muchas veces en la Ciudad de México; como su hermano, era generosa y amable y, por supuesto, solidaria con la familia. Más tarde regresó a California,  donde falleció. Durante nuestras conversaciones nunca me atreví a preguntarle por su hermano. Por su parte, Ramón también se sentía atraído por el sacerdocio y de no haber sido por sus obligaciones económicas y por el encuentro con el productor y director de cine Rex Ingram, que lo impulsó en su carrera cinematográfica, es muy posible que se hubiera decidido a entrar al seminario.

En 1916, Ramón, de apenas diecisiete años, y su hermano Mariano, de quince, decidieron viajar a El Paso, por  tren, pero regresaron a pie a Durango porque el puente de Escalón había sido dinamitado. Poco después, lo intentaron de nuevo: esta vez cruzaron la frontera por Piedras Negras. De ahí, se dirigieron a la ciudad texana y, sin avisar a sus parientes, partieron rumbo a Los Angeles. Ramón tenía voz de  tenor, aunque sin gran potencia, y confiaba en hacer carrera en la ópera. Sentía gran amor por la música ya que, por las noches desde sus días en Durango,  su madre y él solían pasar la velada cantando y tocando el piano. En 1918, todos los Samaniego se establecieron en esa ciudad y la responsabilidad de mantener a la familia recayó sobre todo en Ramón dado que su padre no pudo ejercer su profesión de dentista.

Sin abandonar las lecciones de música y canto, Ramón inició su carrera en el cine como extra. Su primer papel fue como bandolero mexicano en una  cinta filmada en el desierto del Mojave. Poco después filmó una película de arte, The Rubayait of OmarKhayam, que nunca llegó a estrenarse y de la cual sólo se utilizaron algunos pies. En ese filme utilizó el apellido Samaniegos, con el cual intentó abrirse camino en Hollywood.  El director fue Ferdinand Pinney Earle y la actriz Kathleen Kay. Vinieron luego años difíciles en que Ramón trabajó en lo que fuera: desde modelo en una escuela de arte hasta acomodador en el  teatro con el fin de estar siempre presente y en contacto con el ambiente cinematográfico.

La suerte se puso de su parte y, en 1922, interpretó a Rupert de Hentzau, en El prisionero de Zenda, por invitación precisamente de Rex Ingram. La actriz protagónica fue Alice Ferry, que mantuvo una larga amistad con el artista mexicano. En 1923 encarnó a André Louis Moreau, en Scaramouche; dos años más tarde vendría la película que lo consagraría como el gran actor del cine mudo: Ben-Hur.  En el papel de Messala, aparecía Francis Bushman y como Esther, May McAvoy. El director fue John M. Stahl.

La película se rodó inicialmente en Italia donde tropezó con innumerables contratiempos, entre ellos, el desperdicio de las treinta galeras construidas para el filme  que nunca pudieron utilizarse debido a un mar encrespado y frío. Después de un receso, la empresa tomó la decisión de filmar la película en California y, en 1927, fue estrenada en la ciudad de Nueva York con gran éxito. De ahí, pasó a todas las pantallas de los Estados Unidos de América y al mundo entero. Si bien la película recaudó  millones de dólares, nunca se recuperó la inversión debido a las pérdidas en Italia. André Soares, autor de Beyond Paradise: The Life of Ramon Novarro (New York,  St.  Martin’s Press, 2002), una extensa y acuciosa biografia del actor, afirma que con el fin de facilitar el éxito de la nueva versión de la cinta, con Charlton Heston en el papel protagónico, la empresa ordenó destruir todas las copias de la primera y que, milagrosamente, en un museo de Checoslovaquia se encontró una película original con la cual se han podido reconstruir otras copias.

A Ben-Hur le siguieron muchas otras cintas de gran éxito; entre ellas, Mata Hari , con Greta Garbo –quien  también fue siempre una amiga fidelísima- producida por la Metro Goldwyn Mayer y estrenada en 1931. No obstante, con el surgimiento del cine sonoro su carrera se eclipsó porque a pesar de sus largos años de  residencia en California no había logrado eliminar su acento español.  Según el ya citado André Soares, influyeron igualmente en este descenso de su popularidad no sólo la escasez de papeles de príncipes o condes extranjeros que pudieran justificar su acento extranjero (como fue el caso de Dolores del Río), sino, además, el hecho de que conservó siempre su nacionalidad mexicana y  se rehusó a contraer matrimonio, contrariando las indicaciones de las empresas cinematográficas. Además, durante largos años  Novarro acarició el sueño de triunfar en el mundo de la música –que a su madre le parecía más digno-, por lo que en ocasiones no se encontraba  en Hollywood cuando lo buscaban para alguna película. En cuanto a su actividad en México, sólo filmó una película, La virgen que forjó una patria (1942), en el papel de Juan Diego, bajo la dirección de su primo Julio Bracho. Al contrario de lo que sucedió con Dolores del Río, optó por regresar a California.

Por lo que toca a su nombre de artista, primero agregó una s a su apellido, con lo que quedó Samaniegos, nada fácil de pronunciar para un anglohablante y del que se burló sin piedad la famosa comentarista del espectáculo de esos años, Louella Parsons, articulándolo como Samanegas (muy parecido a ham and eggs). Cambió entonces a Novarro porque el apellido Samaniego proviene de Navarra, España. Sustituyó la primera a por la o porque estaba convencido de que así habría una “vibración cósmica” que lo llevaría al éxito.

No fueron muchos los premios que recibió a lo largo de su carrera cinematográfica. Sin embargo, podemos mencionar dos: en 1932, le fue entregado el George Eastman House Medal of Honor for Distinguished Contribution to the Art of Motion Pictures 1926-1932 (la medalla de honor de la empresa George Eastman  por su distinguida aportación al arte cinematográfico). En 1965, por iniciativa de Gregory Peck, Ramón Novarro y otros importantes artistas del cine mudo recibieron un homenaje de la Academia de las Artes por las mismas razones.

Si bien hoy es casi una figura casi olvidada o apenas recordada por Ben-Hur, la verdad es que su filmografía es considerable:

Como extra o pequeños papeles:  9 cintas  (incluyendo Los cuatro jinetes del Apocalipsis (1921), al lado de Rodolfo Valentino).

Con su nombre incluido en el reparto y en papeles protagónicos:  41 (la última  en 1960, Killer With a Gun, protagonizada por Sophia Loren y Anthony Queen).

Como productor, director y escritor:  la obra de teatro Contra la corriente (1960).

Película breve: The  X-mas Party (1931) de nueve minutos de duración , donde cada actorn actuaba como en la vida real y cuyo reparto incluía a Norma Shearer, Clark Gable y Lionel Barrymore.

Murió en condiciones dramáticas el 30 de octubre de 1968. La divulgación de las circunstancias de su fallecimiento puso al descubierto una faceta de su vida personal que Ramón Novarro había tenido buen cuidado en ocultar. Los detalles del proceso y del juicio a que fueron sometidos sus atacantes y que fueron dados a conocer por la prensa, opacaran su buen nombre. No obstante, cuando se encontraba en la cúspide de su carrera, dice André Soares, su fama superaba a la de otros artistas latinoamericanos como Gilbert Roland, Dolores del Río, Ricardo Montalbán e, incluso Anthony Quinn.

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Nota: La información sobre la  vida y obra de Ramón Novarro procede del volumen Beyond Paradise,  de André Soares, ya mencionado.

martes, 10 de diciembre de 2013

Relato navideño

NAVIDAD EN EL CAMPO

Hace dos años pasé el mes de diciembre en un pequeño rancho en Ben Franklin, al noreste de Dallas, Texas, propiedad de una amiga mía y de su esposo. Lynne trabajó en esta ciudad hace cincuenta años cuando apenas se iniciaba el Colegio Americano. Y entonces comenzó también nuestra amistad.  Sonriendo, recuerda que durante el invierno salían de los salones para disfrutar del calor del sol.  Ahora, en cambio, a pesar de estar lejos de la ciudad, disfrutan de todas las comodidades, incluyendo, por supuesto, la calefacción central.

Hacía mucho tiempo que no entraba en contacto con la naturaleza y estos días en el campo me brindaron la oportunidad de reflexionar sobre la madre naturaleza. Lo primero que noté fue el silencio. No tienen televisión; un aparato de radio nos informaba por las mañanas de los sucesos locales y, sobre todo, del pronóstico del tiempo.  Ben Franklin es una comunidad aislada; antes no era posible encontrarla en los mapas; para situarla era necesario decir: “se encuentra entre Paris y Commerce”. Hoy, especialmente con los GPS, rápidamente se localiza el sitio y la forma de llegar hasta allá.

El silencio, pues,  domina el ambiente. Una carretera divide a este rancho (sin nombre) del de sus vecinos y permite la circulación de vehículos hacia el norte y hacia el sur. Apenas se ven por ahí unos cuatro o cinco durante el día. Poco antes de las seis de la tarde, cae la noche y el silencio se torna más profundo. Entonces, el momento es propicio para reflexionar sobre la vida, el movimiento, la naturaleza, la amistad, el espíritu. Hace unos veinte años (la primera vez que fui) todavía se podía admirar el cielo estrellado. La oscuridad era profunda y nada turbaba la paz que, con el frío, se tornaba  más intensa. Hoy, las luces de las ciudades vecinas manchan el firmamento y apenas si se distingue una estrella.

Si bien el cambio de color del follaje no es tan marcado como, por ejemplo, en los estados de Massachusetts y Rhode Island, donde la explosión del rojo y del amarillo deslumbra incluso a quienes lo viven año tras año,  en este rincón de Texas sí pueden observarse algunas transformaciones: hay árboles que conservan su verdor, aunque un poco más pálido. Otros mezclan el amarillo con el rojo y algunos destellos de verde. Otros más se quedan desnudos.

Sorprendente resultó para mí la posibilidad de observar a los pájaros desde la puerta de cristales de mi cuarto. Afuera, donde se derramaba un poco de maíz para alimentarlos, los pájaros azules, rojos, café con rojo, cafés y negros (esos black birds of Texas, como los llamó Borges en un poema) convivían mientras se alimentaban vorazmente.  Se veían gordos; en realidad, su  plumaje esponjado los protegía  del frío.  Al principio, el simple hecho de correr la cortina propiciaba que, espantados, levantaran el vuelo. Días después, se acostumbraron a este leve ruido y ya no huían despavoridos. Cuando el meteorológico anunciaba un descenso en la temperatura,  los pájaros picoteaban con mayor frenesí, como aumentando su energía  para soportar incluso la nieve. Por su parte, los colibríes bailaban alrededor de los bebederos colocados en sitios más protegidos del viento y del frío.  

Las traviesas ardillas gozaban subiendo y bajando de los árboles y buscando nueces entre las hojas caídas. Luego, brincaban de un lado a otro y teníamos la impresión de que montaban un espectáculo para nuestra diversión. En dos ocasiones, al circular en la noche por la carretera desierta, nos sorprendieron los venados que corrían siguiendo la carretera.  Nos miraron con sus grandes ojos asustados y desaparecieron en un santiamén.
   
Me tocó escuchar de labios de los propietarios de los ranchos historias de los cerdos salvajes, mucho más grandes que los comunes y armados de dos temibles colmillos con los que se defienden y atacan si, al disparar, el tiro no logró herir al animal en un lugar vulnerable. Grande fue mi sorpresa que en todos los ranchos por donde pasamos había burros que convivían con los caballos. No sé quién afirmó  que son muy buenos para conservar la armonía y la calidad del pasto, de manera que ahora están ahí, cafés o beige, sin que nadie piense en que son inútiles.

En el desfile de Navidad de la ciudad de Paris, que empezó con toda puntualidad a las 6:00 p.m., tuve la oportunidad de admirar a unos extraordinarios caballos percherones. Dos carretas llenas de felices estudiantes pasaron tiradas por estos animales, color palomino, en tanto que otra, de mayor tamaño, era arrastrada por un formidable percherón color negro, al cual habían acicalado para la gran fiesta. Su pelaje relumbraba con maravillosos reflejos. La carreta hizo un alto precisamente donde yo me encontraba, casi convertida en una estatua de hielo, y tuve que contener el impulso de acariciarlo.  

La Navidad en Ben Franklin fue un agasajo  para la vista. Como  en el norte de nuestro país, sufrieron una fuerte sequía, pero durante mi estancia llovió tres días seguidos. ¡Cómo deseaba yo que esas nubes continuaran su camino hasta acá! No fue así. El campo se ve verde porque los propietarios siembran trigo para alimento del ganado y la tierra no tiene una apariencia resquebrajada. La fiesta de la Navidad,  los alegres villancicos, el despliegue en la decoración de las fachadas, el invierno que enfría el ambiente y transforma la naturaleza, las tardes dedicadas a la lectura o a una vieja película, fueron una grata experiencia.