martes, 14 de enero de 2014

¿Cómo sabes dónde dejaste tu lectura? ¿Usas un separador? Hay unos muy bellos, pero también puede ser un boleto de avión o de autobús.

LA MAGIA DE LOS SEPARADORES


Habrá quienes los llamen marcadores ya que usualmente indican donde suspendimos la lectura de un libro, aunque separadores pueden  también ser los boletos del viaje en autobús a una ciudad distinta de aquella donde uno vive,  la contraseña de un boleto de cine, la nota de compra del libro que metimos de prisa dentro de las páginas o la tarjeta postal que nos entregó el cartero enviada por un amigo que está en el  extranjero.  Estos objetos surgen de pronto cuando sacamos del librero el libro que no hemos consultado durante años. Los llamo mágicos no porque despidan  lucecitas, cambien de color o nos deparen una sorpresa inesperada sino porque,  en un vuelco del tiempo,   nos remiten a momentos del pasado,  nos hablan de personas con quienes hemos perdido contacto o nos  recuerdan a amigos y lugares extraños que nos han dejado un sabor agridulce.  En otras palabras,  los separadores narran  una historia.

Mi colección (ya incompleta)  incluía algunos venidos de Japón o fabricados en nuestro país por las hábiles de mis alumnos japoneses en el Centro de Enseñanza para Extranjeros. Otro llegó de China,  es de madera y remata con  la cabeza de un ave;  me lo obsequió  una querida alumna del Colegio Americano que pasó allá un verano.  Hay otros en papel amate que, o bien, adquirí de un vendedor callejero, o bien,  en alguna excursión a un pueblo. Uno, que se adorna en un extremo con una ardilla, proviene de Oaxaca en tanto que otro más, en madera, viajó desde   Coatepec, Veracruz, y está decorado con un colibrí. Tuve otro en piel, que se desbarató por el uso, convirtiéndose en un pequeño cuadro que cuelga en un muro de mi casa, y que contiene una sentencia de  Rabindranath Tagore: “Soñaba que la vida no era sino alegría,/me desperté y vi que la vida no era sino servicio,/serví  y  vi que el servicio era la alegría”.

Tuve otros ilustrados con rostros de  mujeres  destacadas en el arte, como la cantante  sudafricana Myriam Makeba o la inglesa Edith Holden que escribía poesía,  o  trascendentes  en la historia del feminismo como Vandana Shiva, nacida en la India, pero que no alcanzaron fama universal.  Formaban una serie que  compré en la tienda del  Museo   McKinley,  de San Antonio, para regalárselos a unas queridas amigas que, o son artistas, o escritoras, o trabajan por el bienestar de la mujer.   

Otros son francamente  turísticos. Los  obsequian en las librerías con anticipación porque sirven para promover libros ya editados o a punto de salir, una feria del  libro en especial, por ejemplo, la Internacional de Guadalajara o la celebrada en Madrid en 2006 cuando Grecia fue el invitado de honor.  En el Museo de Antropología, de la Ciudad de México, encontré uno formidable para no olvidar jamás la estupenda exposición: “Los etruscos: el misterio revelado”. Ahora las agencias funerarias acostumbran obsequiar separadores con la fotografía de la persona fallecida, con una oración o algún verso de su predilección.

Los separadores metálicos son elegantes y constituyen un buen regalo; sin embargo,  son incómodos y terminan lastimando  las páginas. No obstante,  el del gato que el lector podrá apreciar en la ilustración, me remite a Charles Baudelaire, el poeta maldito, en un  soneto     dedicado a los gatos, felino que evoca siempre la sensualidad, donde leemos los siguientes versos: “Amigos de la ciencia y la sensualidad, /que buscan el silencio y aman las tinieblas,/ Érebo los hiciera sus corceles de niebla/si ellos se resignaran a perder libertad”.

Actualmente, en la compra de un libro, las editoriales acostumbran introducir  dentro de sus páginas un separador promocional con información biográfica del autor o  comentarios sobre otra novela o poemario ya publicados del mismo autor. El pintor durangueño José Luis Calzada acaba de distribuir entre sus amigos un separador inteligente e ilustrado con una luna, una figura femenina apenas sugerida (tomada de una de sus obras) y con frases en varios idiomas.

Hay personas que acostumbran doblar la esquina superior derecha de la página para indicar donde suspendieron la lectura. ¡Qué pena! El papel se maltrata  y termina por romperse. Quien actúa así demuestra poco respeto por el libro que está leyendo  porque es obligatorio para la clase o el trabajo, pero con el cual no ha establecido  una relación de amistad. La magia de los separadores, como la de los mismos libros, es infinita.



Coloridos separadores o marcadores.

jueves, 2 de enero de 2014

DE BEN-HUR AL OLVIDO: RAMÓN NOVARRO 

Mi río, Ramón Samaniego Pérez Gavilán, conocido en el cine como Ramón Novarro.

Ramón Samaniego Pérez Gavilán, conocido en los anales cinematográficos como Ramón Novarro, era primo hermano de mi madre y, por tanto, mi tío. Lo conocí cuando niña, en una ocasión que visitó a mis abuelos en Durango y se hospedó en la casona de las calles de Zaragoza. Lo saludé  a la hora de la comida cuando se sentó  a la izquierda de mi abuela; yo  ocupé mi lugar habitual,  a su derecha, entre ella y mi tía Luz..  Cada vez que podía, lo miraba con atención. Era un hombre de porte distinguido, quizá cercano a los cincuenta años y de cabello gris.  Vestía informalmente con un saco de gamuza en tono café cocoa.  Mis tías me habían dicho que era guapísimo y, la verdad, ese mediodía no me lo pareció.  Concluida la comida, nos sentamos en el corredor; al caer la tarde, mi abuela y Ramón salieron para visitar el Santuario de la Virgen de Guadalupe. Me di cuenta que llevaba un rosario en el bolsillo izquierdo de su saco. Después, se comentó que había donado una suma importante para unas obras del  templo. Ramón Novarro fue siempre un hombre generoso con toda su familia y  lo fue incluso con  Louis Samuel, su secretario de confianza durante los años de gloria, que lo estafó con casi dos millones de dólares y contra el que no procedió legalmente con toda el rigor que Samuel se merecía, por lo que no lo pongo en duda. Nunca más volví a verlo.

Nació en la ciudad de Durango, el 6 de febrero de 1899, hijo del Dr. Mariano Nicolás Samaniego y de María Leonor Pérez Gavilán. Fue el cuarto hijo de trece descendientes, de los cuales el primero y el décimo murieron en la infancia. En 1910, la familia emigró al Distrito Federal a causa de la revolución. Sus padres lo inscribieron en el Instituto Científico de México, a cargo de los jesuitas, donde inició sus estudios de música. En 1915 todos retornaron a la tierra natal.

Era una familia numerosa, de disciplina estricta, con una fuerte inclinación hacia la iglesia, como era usual en las familias conservadoras de la época. Tres de sus hermanas, Guadalupe, Rosa y Leonor, profesaron como monjas. Leonor abandonó el convento muchos años después, se casó y tuvo un hijo al que llamó Nicolás. A ella la traté muchas veces en la Ciudad de México; como su hermano, era generosa y amable y, por supuesto, solidaria con la familia. Más tarde regresó a California,  donde falleció. Durante nuestras conversaciones nunca me atreví a preguntarle por su hermano. Por su parte, Ramón también se sentía atraído por el sacerdocio y de no haber sido por sus obligaciones económicas y por el encuentro con el productor y director de cine Rex Ingram, que lo impulsó en su carrera cinematográfica, es muy posible que se hubiera decidido a entrar al seminario.

En 1916, Ramón, de apenas diecisiete años, y su hermano Mariano, de quince, decidieron viajar a El Paso, por  tren, pero regresaron a pie a Durango porque el puente de Escalón había sido dinamitado. Poco después, lo intentaron de nuevo: esta vez cruzaron la frontera por Piedras Negras. De ahí, se dirigieron a la ciudad texana y, sin avisar a sus parientes, partieron rumbo a Los Angeles. Ramón tenía voz de  tenor, aunque sin gran potencia, y confiaba en hacer carrera en la ópera. Sentía gran amor por la música ya que, por las noches desde sus días en Durango,  su madre y él solían pasar la velada cantando y tocando el piano. En 1918, todos los Samaniego se establecieron en esa ciudad y la responsabilidad de mantener a la familia recayó sobre todo en Ramón dado que su padre no pudo ejercer su profesión de dentista.

Sin abandonar las lecciones de música y canto, Ramón inició su carrera en el cine como extra. Su primer papel fue como bandolero mexicano en una  cinta filmada en el desierto del Mojave. Poco después filmó una película de arte, The Rubayait of OmarKhayam, que nunca llegó a estrenarse y de la cual sólo se utilizaron algunos pies. En ese filme utilizó el apellido Samaniegos, con el cual intentó abrirse camino en Hollywood.  El director fue Ferdinand Pinney Earle y la actriz Kathleen Kay. Vinieron luego años difíciles en que Ramón trabajó en lo que fuera: desde modelo en una escuela de arte hasta acomodador en el  teatro con el fin de estar siempre presente y en contacto con el ambiente cinematográfico.

La suerte se puso de su parte y, en 1922, interpretó a Rupert de Hentzau, en El prisionero de Zenda, por invitación precisamente de Rex Ingram. La actriz protagónica fue Alice Ferry, que mantuvo una larga amistad con el artista mexicano. En 1923 encarnó a André Louis Moreau, en Scaramouche; dos años más tarde vendría la película que lo consagraría como el gran actor del cine mudo: Ben-Hur.  En el papel de Messala, aparecía Francis Bushman y como Esther, May McAvoy. El director fue John M. Stahl.

La película se rodó inicialmente en Italia donde tropezó con innumerables contratiempos, entre ellos, el desperdicio de las treinta galeras construidas para el filme  que nunca pudieron utilizarse debido a un mar encrespado y frío. Después de un receso, la empresa tomó la decisión de filmar la película en California y, en 1927, fue estrenada en la ciudad de Nueva York con gran éxito. De ahí, pasó a todas las pantallas de los Estados Unidos de América y al mundo entero. Si bien la película recaudó  millones de dólares, nunca se recuperó la inversión debido a las pérdidas en Italia. André Soares, autor de Beyond Paradise: The Life of Ramon Novarro (New York,  St.  Martin’s Press, 2002), una extensa y acuciosa biografia del actor, afirma que con el fin de facilitar el éxito de la nueva versión de la cinta, con Charlton Heston en el papel protagónico, la empresa ordenó destruir todas las copias de la primera y que, milagrosamente, en un museo de Checoslovaquia se encontró una película original con la cual se han podido reconstruir otras copias.

A Ben-Hur le siguieron muchas otras cintas de gran éxito; entre ellas, Mata Hari , con Greta Garbo –quien  también fue siempre una amiga fidelísima- producida por la Metro Goldwyn Mayer y estrenada en 1931. No obstante, con el surgimiento del cine sonoro su carrera se eclipsó porque a pesar de sus largos años de  residencia en California no había logrado eliminar su acento español.  Según el ya citado André Soares, influyeron igualmente en este descenso de su popularidad no sólo la escasez de papeles de príncipes o condes extranjeros que pudieran justificar su acento extranjero (como fue el caso de Dolores del Río), sino, además, el hecho de que conservó siempre su nacionalidad mexicana y  se rehusó a contraer matrimonio, contrariando las indicaciones de las empresas cinematográficas. Además, durante largos años  Novarro acarició el sueño de triunfar en el mundo de la música –que a su madre le parecía más digno-, por lo que en ocasiones no se encontraba  en Hollywood cuando lo buscaban para alguna película. En cuanto a su actividad en México, sólo filmó una película, La virgen que forjó una patria (1942), en el papel de Juan Diego, bajo la dirección de su primo Julio Bracho. Al contrario de lo que sucedió con Dolores del Río, optó por regresar a California.

Por lo que toca a su nombre de artista, primero agregó una s a su apellido, con lo que quedó Samaniegos, nada fácil de pronunciar para un anglohablante y del que se burló sin piedad la famosa comentarista del espectáculo de esos años, Louella Parsons, articulándolo como Samanegas (muy parecido a ham and eggs). Cambió entonces a Novarro porque el apellido Samaniego proviene de Navarra, España. Sustituyó la primera a por la o porque estaba convencido de que así habría una “vibración cósmica” que lo llevaría al éxito.

No fueron muchos los premios que recibió a lo largo de su carrera cinematográfica. Sin embargo, podemos mencionar dos: en 1932, le fue entregado el George Eastman House Medal of Honor for Distinguished Contribution to the Art of Motion Pictures 1926-1932 (la medalla de honor de la empresa George Eastman  por su distinguida aportación al arte cinematográfico). En 1965, por iniciativa de Gregory Peck, Ramón Novarro y otros importantes artistas del cine mudo recibieron un homenaje de la Academia de las Artes por las mismas razones.

Si bien hoy es casi una figura casi olvidada o apenas recordada por Ben-Hur, la verdad es que su filmografía es considerable:

Como extra o pequeños papeles:  9 cintas  (incluyendo Los cuatro jinetes del Apocalipsis (1921), al lado de Rodolfo Valentino).

Con su nombre incluido en el reparto y en papeles protagónicos:  41 (la última  en 1960, Killer With a Gun, protagonizada por Sophia Loren y Anthony Queen).

Como productor, director y escritor:  la obra de teatro Contra la corriente (1960).

Película breve: The  X-mas Party (1931) de nueve minutos de duración , donde cada actorn actuaba como en la vida real y cuyo reparto incluía a Norma Shearer, Clark Gable y Lionel Barrymore.

Murió en condiciones dramáticas el 30 de octubre de 1968. La divulgación de las circunstancias de su fallecimiento puso al descubierto una faceta de su vida personal que Ramón Novarro había tenido buen cuidado en ocultar. Los detalles del proceso y del juicio a que fueron sometidos sus atacantes y que fueron dados a conocer por la prensa, opacaran su buen nombre. No obstante, cuando se encontraba en la cúspide de su carrera, dice André Soares, su fama superaba a la de otros artistas latinoamericanos como Gilbert Roland, Dolores del Río, Ricardo Montalbán e, incluso Anthony Quinn.

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Nota: La información sobre la  vida y obra de Ramón Novarro procede del volumen Beyond Paradise,  de André Soares, ya mencionado.

martes, 10 de diciembre de 2013

Relato navideño

NAVIDAD EN EL CAMPO

Hace dos años pasé el mes de diciembre en un pequeño rancho en Ben Franklin, al noreste de Dallas, Texas, propiedad de una amiga mía y de su esposo. Lynne trabajó en esta ciudad hace cincuenta años cuando apenas se iniciaba el Colegio Americano. Y entonces comenzó también nuestra amistad.  Sonriendo, recuerda que durante el invierno salían de los salones para disfrutar del calor del sol.  Ahora, en cambio, a pesar de estar lejos de la ciudad, disfrutan de todas las comodidades, incluyendo, por supuesto, la calefacción central.

Hacía mucho tiempo que no entraba en contacto con la naturaleza y estos días en el campo me brindaron la oportunidad de reflexionar sobre la madre naturaleza. Lo primero que noté fue el silencio. No tienen televisión; un aparato de radio nos informaba por las mañanas de los sucesos locales y, sobre todo, del pronóstico del tiempo.  Ben Franklin es una comunidad aislada; antes no era posible encontrarla en los mapas; para situarla era necesario decir: “se encuentra entre Paris y Commerce”. Hoy, especialmente con los GPS, rápidamente se localiza el sitio y la forma de llegar hasta allá.

El silencio, pues,  domina el ambiente. Una carretera divide a este rancho (sin nombre) del de sus vecinos y permite la circulación de vehículos hacia el norte y hacia el sur. Apenas se ven por ahí unos cuatro o cinco durante el día. Poco antes de las seis de la tarde, cae la noche y el silencio se torna más profundo. Entonces, el momento es propicio para reflexionar sobre la vida, el movimiento, la naturaleza, la amistad, el espíritu. Hace unos veinte años (la primera vez que fui) todavía se podía admirar el cielo estrellado. La oscuridad era profunda y nada turbaba la paz que, con el frío, se tornaba  más intensa. Hoy, las luces de las ciudades vecinas manchan el firmamento y apenas si se distingue una estrella.

Si bien el cambio de color del follaje no es tan marcado como, por ejemplo, en los estados de Massachusetts y Rhode Island, donde la explosión del rojo y del amarillo deslumbra incluso a quienes lo viven año tras año,  en este rincón de Texas sí pueden observarse algunas transformaciones: hay árboles que conservan su verdor, aunque un poco más pálido. Otros mezclan el amarillo con el rojo y algunos destellos de verde. Otros más se quedan desnudos.

Sorprendente resultó para mí la posibilidad de observar a los pájaros desde la puerta de cristales de mi cuarto. Afuera, donde se derramaba un poco de maíz para alimentarlos, los pájaros azules, rojos, café con rojo, cafés y negros (esos black birds of Texas, como los llamó Borges en un poema) convivían mientras se alimentaban vorazmente.  Se veían gordos; en realidad, su  plumaje esponjado los protegía  del frío.  Al principio, el simple hecho de correr la cortina propiciaba que, espantados, levantaran el vuelo. Días después, se acostumbraron a este leve ruido y ya no huían despavoridos. Cuando el meteorológico anunciaba un descenso en la temperatura,  los pájaros picoteaban con mayor frenesí, como aumentando su energía  para soportar incluso la nieve. Por su parte, los colibríes bailaban alrededor de los bebederos colocados en sitios más protegidos del viento y del frío.  

Las traviesas ardillas gozaban subiendo y bajando de los árboles y buscando nueces entre las hojas caídas. Luego, brincaban de un lado a otro y teníamos la impresión de que montaban un espectáculo para nuestra diversión. En dos ocasiones, al circular en la noche por la carretera desierta, nos sorprendieron los venados que corrían siguiendo la carretera.  Nos miraron con sus grandes ojos asustados y desaparecieron en un santiamén.
   
Me tocó escuchar de labios de los propietarios de los ranchos historias de los cerdos salvajes, mucho más grandes que los comunes y armados de dos temibles colmillos con los que se defienden y atacan si, al disparar, el tiro no logró herir al animal en un lugar vulnerable. Grande fue mi sorpresa que en todos los ranchos por donde pasamos había burros que convivían con los caballos. No sé quién afirmó  que son muy buenos para conservar la armonía y la calidad del pasto, de manera que ahora están ahí, cafés o beige, sin que nadie piense en que son inútiles.

En el desfile de Navidad de la ciudad de Paris, que empezó con toda puntualidad a las 6:00 p.m., tuve la oportunidad de admirar a unos extraordinarios caballos percherones. Dos carretas llenas de felices estudiantes pasaron tiradas por estos animales, color palomino, en tanto que otra, de mayor tamaño, era arrastrada por un formidable percherón color negro, al cual habían acicalado para la gran fiesta. Su pelaje relumbraba con maravillosos reflejos. La carreta hizo un alto precisamente donde yo me encontraba, casi convertida en una estatua de hielo, y tuve que contener el impulso de acariciarlo.  

La Navidad en Ben Franklin fue un agasajo  para la vista. Como  en el norte de nuestro país, sufrieron una fuerte sequía, pero durante mi estancia llovió tres días seguidos. ¡Cómo deseaba yo que esas nubes continuaran su camino hasta acá! No fue así. El campo se ve verde porque los propietarios siembran trigo para alimento del ganado y la tierra no tiene una apariencia resquebrajada. La fiesta de la Navidad,  los alegres villancicos, el despliegue en la decoración de las fachadas, el invierno que enfría el ambiente y transforma la naturaleza, las tardes dedicadas a la lectura o a una vieja película, fueron una grata experiencia.









jueves, 7 de noviembre de 2013

Gorriones madrugadores

VISITAS INESPERADAS

En febrero pasado, a pesar del intenso frío, como a las 8:00 a.m., me despertó un ruido inesperado que provenía de la cocina.  Me dirigí hacia allá y  vi a una pajarita de color rojo con café (pensé que era hembra por su tamaño) que picoteaba con insistencia en el cristal de la ventana. Su compañero  simplemente se había posado en un barrote de la herrería y aguardaba a que ella se cansara de admirarse en los vidrios espejo.  Los observé uno o dos minutos; luego,  levantaron el vuelo. Una hora más tarde la pajarita estaba de regreso picoteando sin fatigarse. Esta visita se repitió muchas  mañanas y parecía que esperaba a que yo llegara a la cocina para levantar el vuelo. Aun si yo me movía sigilosamente, la pajarita era capaz de percibir mi presencia.

Para mi sorpresa, ahora que el otoño nos ha anunciado su llegada con un ligero viento frío y con las hojas secas que empiezan a tapizar los jardines,  acaba de repetirse la visita. Esta semana los dos pajarillos (¿O serían sus descendientes?) vinieron de nuevo a alegrarme la mañana. La pajarita repitió su conducta anterior picoteando con entusiasmo. El pajarillo observaba a su compañera mientras miraba con atención el jardín. Luego, se alejaron volando.  

Consultando la Guía de Aves de Durango, escrita por Walter C. Bishop Guajardo y Betty Grace Howard de Santiesteban, encontré una foto de un pájaro semejante a los  que me visitan. Se trata de un “gorrión común o casero” Agrega que la hembra por lo general es de color “café rayado con partes interiores blancas rayadas de café”.  Su canto  es tenue muy melodioso.  Es posible observar a estas aves con mayor frecuencia durante los meses de primavera en adelante en los llanos, parques y  huertas de Durango, alimentándose de semillas y fruta.

Hace tres años pasé la Navidad en una granja en Ben Franklin, Texas, y tuve la oportunidad de observar a unos pájaros totalmente rojos que llegaban como a las 7:30 de la mañana a mi ventana porque afuera mi amiga les ponía su alimento. Una mañana,  cuando el servicio  meteorológico anunció un  descenso en la temperatura acompañado de fuertes vientos, los pájaros aparecieron con su plumaje esponjado, como si se hubieran puesto su abrigo de invierno, y se alimentaron frenéticamente, quizá preparándose para soportar el frío resguardados en sus nidos en los árboles.

Es posible que antes de que los cazadores depredaran la Sierra Madre Occidental pensando que los venados y los pájaros eran inextinguibles se pudiera observar a los pájaros azules o rojos o a los venados asustados con sus grandes ojos, con mayor facilidad. Hoy, muchos están extintos y debemos contribuir a cambiar la mentalidad de aquellos que creen que los pájaros disecados sirven sólo para adornar sus estudios o estancias.


Las visitas matinales de estos pajarillos me alegran el inicio del día. En lugar de quejarse del frío, como hacemos los seres humanos, parece que ellos lo disfrutaran y quisieran contagiarnos a todos  su alborozo.


Pajaritos felices 

Pajaritos en descanso


Atardecer en Durango

BELLEZAS DEL CIELO OTOÑAL

Durante el mes de octubre de 2013, la naturaleza nos regaló un espectáculo bellísimo que sólo ella puede ofrecer. Como a las 7:30 p.m., el cielo se tornó rosa y ese color se extendió por todas partes, incluso al interior de mi casa. Salí rápidamente y me senté en una banca del jardín para apreciar el espectáculo que duraría unos dos o tres minutos porque el sol se había ocultado ya tras las montañas. Durango es famoso por su cielo azul y sus celajes rosa y lila. Sin embargo, lo que nos obsequió esa tarde, poco antes de que el sol desapareciera, fue algo inusitado, inolvidable.

Este viernes, 18 de octubre, la luna brilla en el firmamento en  toda su redondez y su luminosidad logra que el jardín se convierta en un espacio que se antoja mágico. Pienso que ni Neil Armstrong, el astronauta que posó sus pies en la superficie lunar, pudo admirarla como nosotros esta noche.


 El invierno ya toca a la puerta y el otoño nos dice adiós haciendo que el firmamento nos alegre el corazón. 

martes, 24 de septiembre de 2013

Entrevista a Rosario Bracho, hermana de Andrea

TRAS LAS HUELLLAS DE ANDREA PALMA

Hacia finales de 1996 decidí entrevistar  a mi tía Rosario Bracho Pérez Gavilán,  la menor de los doce hijos (de los cuales sobrevivieron once) que formaban la numerosa familia de Julio Bracho Zuloaga y Luz Pérez Gavilán Guerrero enumerándolos en el orden en que ella los mencionó aquella tarde: Luz, Julio, Jesús, Guadalupe (Andrea Palma), Refugio, Rosa (monja), Toribio (jesuita y misionero), Miguel, Felipe,  José y Rosario.  Julio Bracho Zuloaga era propietario  de la hacienda La Ochoa (de la que hoy sólo se conserva la capilla) en el municipio de Poanas, así como de una fábrica de hilados y tejidos que también producía mantas. En los primeros años del siglo veinte, dicha hacienda pertenecía a “Ignacio, Refugio, Carlos, Julio y María Bracho Zuloaga (hijos de Toribio, quien a su vez la heredó de su padre Rafael Bracho Sáenz de Ontiveros)  quienes formaron la Sociedad Bracho Hermanos para trabajarla”.[1]
 Al iniciarse la revolución, Julio Bracho Zuloaga fue elegido  jefe de la Defensa Social en Durango, lo que lo obligó a emigrar, junto con su familia,  a la Ciudad de México.  Lo que quedó de La Ochoa después del  reparto  de tierras se dividió entre Julio y Jesús (así lo afirmó mi tía Chayo aquella tarde), quienes deben de haber extendido un amplio poder notarial a su hermana  para viajar a Durango, en los años cincuenta del siglo pasado, para ocuparse de “un asunto de tierras”, como ella decía sin añadir detalles. Se hospedaba en casa de mi abuela Josefina y fue así como la conocí. Finalmente, cuando se concluyeron las negociaciones respecto de los terrenos,  dejó de venir a Durango.
Años después mi madre y yo disfrutamos muchísimo  de su compañía en el Distrito Federal. Tenía tres hijos y,  para  ayudar a la economía familiar, se dedicaba a coser hermosas cortinas de brocado  y otras telas suntuosas que después adornaban elegantes  residencias de la Colonia del Valle, de la Cuauhtémoc o de las Lomas de Chapultepec.  Además de ser prima hermana de mi madre,  fue también  una gran amiga.  Los  domingos solían comer juntas y después ir al teatro a disfrutar de una comedia o de una opereta;  por entonces, era común que Enrique Alonso o Manolo Fábregas  montaran obras divertidas y también se ponían en escenas operetas como  La viuda  alegre (de Franz Lehar) ,  donde se lucía Cristina Ortega, o El murciélago (de Johann Strauss), con Ernestina  Garfias. Era una mujer muy bella y distinguida, sin duda más hermosa que su hermana Andrea  e, incluso (según mi opinión),  que Rosa, quien profesó con las Madres de la Cruz y de quien se dice que estuvo enamorado el poeta Antonio Gaxiola Delgadillo (1890-1917), muerto a los 27 años durante la Revolución.  Conocí a mi tía Rosa en Durango cuando fue enviada al convento local. A pesar de los rigores conventuales y de los serios  problemas de  la columna vertebral que por entonces padecía,  conservaba la belleza de la juventud y sus rasgos aristocráticos sonriendo  con los labios y los  ojos luminosos.
 En aquellas comidas nunca  hablábamos de sus famosos  hermanos: Julio (1909-1978), director de cine, Jesús (1910), camarógrafo, y Andrea Palma (1903-1987), actriz. Comentábamos los sucesos y las preocupaciones de la vida cotidiana. Pero aquella tarde cuando la visité en su departamento de las calles de Río Hudson, en la Colonia Cuauhtémoc, mi objetivo era precisamente conversar acerca  de Andrea (1903-1987). A Julio nunca lo conocí; a Jesús, lo vi  en una ocasión y a Andrea la saludé, junto con mi madre, al terminar dos obras de teatro cuando fuimos  a su camerino y ella, con  gran cordialidad,  nos abrazó a las dos.
  Mi tía Chayo estaba muy enferma, casi ciega, de manera que sus recuerdos fluían sin orden alguno en la cronología. A veces, guardaba silencio, seguramente ensimismada en memorias familiares y en sus días de adolescencia cuando la familia, reunida, compartía penas  y alegrías. Se rehusó a que grabara la conversación.  Los datos que me dio no coinciden plenamente con el relato que  Andrea hacía de  sus inicios en el cine. Sin embargo, no hay que extrañarse, porque,  en última instancia, como afirma el escritor argentino Tomás Eloy Martínez en su novela Santa Evita (2008), “cada quien construye el mito del cuerpo como quiere”. [2]  Por una parte,  cuando las personas hablan de su propia vida, omiten datos, agregan otros,  todo ello con el propósito de crear su propia leyenda  o inventar la historia como les gustaría que  hubiera sucedido.  Por la otra,  mi tía Chayo  hacía hincapié en las relaciones familiares, en la reacción de sus parientes frente al  papel que Andrea interpretó en La mujer del puerto (1933). El padre ya había fallecido, la madre consideró que se trataba de “la tragedia de su vida” y los hermanos, más tolerantes, apoyaron la carrera cinematográfica de Andrea. No obstante,  mi tía Rosario  afirmaba que la carrera de su hermana había repercutido sobre  su propia vida limitando su libertad por el estricto control ejercido sobre ella por su madre Luz. Aquí recuerdo que, en el caso de Ramón Novarro y según su biógrafo Andre Soares, en su libro Beyond Paradise. The Life of Ramon Novarro (2002) , su madre  siempre se condolió del éxito alcanzado por Novarro como actor lamentando que no hubiera continuado con sus estudios musicales ya que mientras residieron en Durango ofrecieron conciertos de piano tocando a dúo y lo mismo hicieron en las tertulias familiares en sus primeros años en Los Angeles.  
A su arribo a la capital del país, durante aquellos días difíciles, doña Luz Pérez Gavilán de Bracho,  auxiliada por sus hijas,  contribuía al sostenimiento de la familia elaborando  pasteles y dulces  que entregaban para su venta en la Dulcería Celaya, en las calles de 5 de Mayo, en el Centro Histórico de la Ciudad de México.  Andrea,  aficionada a la sombrerería y con dotes para la costura, abrió la “Casa  Andrea”, donde confeccionaba elegantes sombreros en los estilos acostumbrados para asistir al hipódromo o al frontón que eran muy demandados  por las señoras de sociedad. Al terminar la jornada,  acompañada de su prima Teresa,  frecuentaba el  teatro de Gómez de la Vega donde una noche sustituyó a una actriz enferma dado que sabía bien el papel. Tal fue el inicio de lo que sería una brillante carrera cinematográfica.  El apellido Palma  le fue sugerido por su gran amigo, el pintor Adolfo Best Maugard (1897-1965) que también incursionó en el cine cuando el director ruso Serguei  Eisenstein filmó en nuestro país.  
 En busca de mejores horizontes,  Andrea  cerró la casa de sombreros  para viajar a Los Ángeles, California,  con el fin de entrevistarse con su primo Ramón Novarro, entrevista frustrada por la celosa madre del actor, según recordaba mi tía Chayo.   Sin amedrentarse por el  frío recibimiento de su tía, consiguió alojamiento con su prima Teresa Bracho y empleo en una fábrica de sombreros a donde la famosa actriz Marlene Dietrich, siempre difícil de complacer,  acudía en busca de nuevos diseños.   Quiso la suerte que fuera  Andrea quien la atendiera  confeccionándole novedosos  sombreros y tocados que la dejaron muy complacida.  Como consecuencia de la admiración que despertó en ella la actriz alemana o como un homenaje sin palabras,  cuando personificó a Rosario, la protagonista de La mujer del puerto,  imitó algunas de  sus poses y ademanes al grado que Luz Alba (seudónimo de Cube Bonifant) afirma: “No se comprende por qué se empeña tanto en imitar a Marlene Dietrich. Andrea Palma no necesita hacerlo”.  
Siguiendo su costumbre, Andrea y Teresa iban al cine o al teatro al finalizar las diarias tareas.   Una noche, al salir del cine, conoció a Arcady Boytler. Días después recibió una llamada telefónica del famoso director invitándola a protagonizar la película antes mencionada, en el rol que escandalizaría a su familia. El responsable de la fotografía  fue Alex Phillips, especialista en close-up. Una vez concluida la filmación,  al ver las pruebas,  Andrea se preguntaba: “¿De dónde me habrá sacado ese  hombre la belleza que no tengo?”, a lo que el fotógrafo respondió: “La calavera, la calavera vale millones”. Presumida, en esa misma entrevista, agregó: “Claro que después salí más bonita en una película con Figueroa, pero él aprendió de Alex”.  [3]
Andrea prefería el teatro al cine, y no es ninguna sorpresa. Heredó esa afición de su familia y quizá también de su corta vida en la hacienda. En esa época, era común que las personas que vivían en un rancho o en un lugar apartado escribieran y representaran sus propias obras de teatro invitando a los vecinos. Así  lo relata Elena Garro en un pasaje de  su novela Los recuerdos del porvenir (1977),  donde la protagonista, Isabel Moncada, y sus hermanos, que viven en Puebla, escribían pequeñas obras de teatro que luego representaban para sus padres armando la escenografía con sábanas, manteles y lo que encontraran en la casa.
En distintas ocasiones, los Bracho, Guerrero, Cincúnegui, Gómez Palacio y otras personas de la sociedad durangueña escenificaban  zarzuelas o comedias con propósitos benéficos. Por ejemplo, el día 22 de febrero de 1896 en el periódico El Estandarte, de la ciudad de Durango,  apareció una reseña  comentando  la puesta en escena de la zarzuela  La fille de Madame Argot, de Lecoq, en el Teatro Coliseo, por integrantes de las  familias mencionadas. Los fondos recaudados se destinarían al Asilo de Huérfanas que los Pérez Gavilán sostenían desde 1890.  Relata que de los palcos superiores arrojaron unos versos  dedicados  a la señorita Concepción Guerrero, que interpretó  “espléndidamente un difícil papel donde lució su afinada voz”, calificando, además, a la señora Leonor P.G. de Samaniego (madre de Ramón Novarro), de “bella y virtuosa”. Los primeros versos de ese poema dicen:
¿Por qué mágica fuerza, irresistible,
Has venido hoy a la teatral escena,
Tú, siempre tan modesta y apacible?
Te trajo tu virtud, porque eres buena.
Andrea llegó al Distrito Federal cuando tenía diez años. Concluida su tarea escolar, siempre encontraba tiempo para escribir obras de teatro que representaba  en su casa para deleite de su padre que la premiaba con generosos aplausos. Seguramente recordaba las piezas que montaba la familia en Durango antes de su partida hacia la capital del país. Su carrera cinematográfica se inició más tarde pues antes se impuso la necesidad económica de salir adelante, lo que  la llevó a la  sombrerería.  No obstante su afición por  escribir argumentos teatrales, creemos que no dejó  ninguna obra escrita o publicada.  A lo largo de su carrera, según recordaba mi tía Chayo,  interpretó papeles de mujer fatal y madre abnegada, pero también encarnó a Sor Juana Inés de la Cruz en 1935 en una película que, en opinión de Andrea, resultó “mediocre”. No obstante, afirmaba: “puse mis cinco sentidos en ella y me veía estupenda de monja”. [4]
En La mujer del puerto,  inspirado en  la novela Le port, de Guy de Maupassant (1850-1893), la actriz dio vida a  Rosario, apelativo de moda en esos años y, en este caso, polémico porque a pesar de su connotación religiosa, Rosario se ve envuelta no sólo en la prostitución sino en una relación incestuosa al enamorarse del marinero Alberto Venegas (Domingo Soler), quien resulta ser su hermano. En el ámbito literario,  Rosario se llamaba la mujer de quien se enamora el general Aguirre en la novela La sombra del caudillo (1929), de Martín Luis Guzmán, y que, en opinión de Axkaná González, uno de los personajes más importantes de la obra, caería en la prostitución una vez que Aguirre la abandonara. Andrea filmó,  además, la película  El Rosario (1943), que la dejó muy satisfecha. Estaba convencida de que su personaje era “precioso, muy sentimental y abnegado”, amén de que cuando se estrenó  en el Palacio Chino, “no se oía ni el vuelo de una mosca, la gente estaba conmovida y se sentía un respeto enorme”.[5]  En otras palabras, en esos días  el sustantivo rosario servía para referirse a un rezo, como nombre propio -ya para una prostituta, ya para una mujer abnegada-, o para hablar de una  cadena de desventuras.    
En la escena más recordada y bien lograda desde el punto de vista cinematográfico de la citada película, se aprecia a Andrea Palma ataviada con un vestido negro de manga larga, con la espalda descubierta y un chal rematado en  flecos que se le resbalaba de los hombros. “El traje era precioso”, decía Andrea, “el escote en la espalda le daba un toque tremendo”. El chal lo tomó prestado de su  madre -¡oh, contradicción!- y concluía: “¡Fíjese qué error! Un personaje con dicho vestuario no era real, no podía ser. Sin embargo, existió”. [6]  
Interpretó nuevamente a una prostituta en Ave sin rumbo (1937) y, en cierta manera, en Distinto amanecer (1943)  donde encarna a Julieta, una fichera obligada a trabajar en un cabaret por razones económicas, en tanto que Pedro Armendáriz da vida a Octavio, un honesto líder sindical perseguido por haber descubierto a un gobernador corrupto. Desde nuestro punto de vista, hay dos  escenas memorables en esta película; la primera es cuando Julieta y Octavio bailan al ritmo de “Cada noche un amor”, interpretada por Ana María González, escena  calificada por el crítico de cine Diez Martínez como “Una de mis escenas románticas favoritas del cine mexicano”,  y muy  difícil de filmar, según algunos, porque ambos actores rivalizaban por atraer la atención de la cámara.  En la segunda, al final de la película,  Julieta le entrega a Octavio los documentos comprometedores que lo habían puesto en peligro y lo ve alejarse en el tren mientras ella permanece en el andén (no lo acompaña porque debe cuidar de Juanito, su hermano menor). Esta escena recuerda  a la interpretada por Humphrey Bogart (Rick) e Ingrid Bergman (Ilse) en otra película histórica:  Casablanca (1942). Aquí  Ilse abandona a Rick y viaja en avión con su marido Lazlo (Paul Henreid), un personaje crucial en la guerra  contra los nazis en la segunda guerra mundial,  a quien Rick  entrega unos documentos secretos.  Es decir,  al igual que Rosario, Ilse antepone el deber al amor y ve cómo Rick se queda en tierra a medida que el avión despega.   
La filmografía de la actriz nacida en Durango es considerable. Como películas importantes en su carrera destacaríamos Bel ami (1946), Tarzán y los monos (1948), Aventurera (1949) y  Ensayo de un crimen (1955), y  Miércoles de ceniza (1958).  Filmó,  asimismo, dos películas en Hollywood: The Last Rendez-vous (1936), con Pepe Crespo, y La Inmaculada (1939), que le pareció “horrible”. Sus experiencias en California la dejaron muy descontenta por lo que opinaba que aun cuando había figurado como primera actriz, prefería actuar  en su país.
En uno de sus viajes a España conoció al actor Enrique Díaz Indiano, con quien contrajo matrimonio, aunque no tuvieron hijos. A su muerte, la actriz continuó viviendo sola en su departamento hasta que consideró necesario instalarse en la Casa del Actor buscando  la compañía de personas afines con quienes compartir experiencias y recuerdos. Allí falleció el 11 de noviembre de 1987. Andrea consideraba que la suya había sido una vida dichosa porque había disfrutado del  teatro, del cine  y del amor: “Yo no hubiera sido totalmente feliz sólo con amor, por más que me adoraran y que adorara; y tampoco me hubiera sentido enteramente dichosa en el teatro y el cine si no hubiera tenido el amor que tuve. Me he realizado completamente. Y todavía muerta y hasta calavera, quiero estar en un foro”. [7]  
El recuerdo de mi tía Chayo me asaltó de pronto a principios de este año cuando tropecé, sin buscarlo, con las notas que había tomado en aquella entrevista y que permanecían olvidadas en el archivero. Empecé entonces a sumergirme en la vida no sólo de Andrea, sino de los Bracho en general y comprendí mejor las siguientes palabras que Tomás Eloy Martínez escribe a propósito de su interés por contar la vida de Eva Perón: “las almas también aspiran a que alguien las escriba. Quieren ser narradas, tatuadas en las rocas  de la eternidad. Un alma que no ha sido escrita es como si jamás hubiera existido. Contra la fugacidad, la letra. Contra la muerte, el relato”.[8]




[1] Miguel F. Vallebueno Garcinava, Haciendas de Durango, Durango, México, Gobierno del Estado Durango, Secretaría de Turismo, UJED, 1997, p. 89.
[2] Tomás Eloy Martínez, Santa Evita, México, Alfaguara, 2008, p. 64.
[3] Ibidem, p. 6.
[4] Idem
[5] Idem
[6] Ibidem, p. 4
[7] Ibidem, p. 8.
[8] T. E. Martínez, op. cit., p. 220. 

Andrea Palma

La mujer del puerto


martes, 10 de septiembre de 2013

Experiencias en Dgo.

AVENTURAS A MI REGRESO A DURANGO


En 1995, a  mi regreso a la ciudad de Durango después de una ausencia de casi treinta años, compré una casita modesta en el Fraccionamiento Camino Real, en ese entonces todavía muy apartada del centro y donde abundaban los lotes baldíos.

Una noche, al volver del centro en mi coche  por el Boulevard Domingo Arrieta (así bautizado  en recuerdo de un general durangueño de la revolución de 1910) me topé nada menos que con ¡un toro! El pobre animal salió despavorido de algún corral del barrio de Tierra Blanca, a la altura de la calle de Ocampo, y atontado por las luces y el movimiento de los coches por el transitadísimo boulevard, no sabía qué hacer. Yo tampoco. Afortunadamente, yo venía a buena velocidad y, ante las vacilaciones del toro, yo también empecé a vacilar. Finalmente, se hizo a un lado, me miró como preguntándome dónde estaba, me dejó pasar y continué mi camino. Más decente que muchos automovilistas, se orilló a la derecha con toda cortesía.

Por supuesto, si cuento esta anécdota en otro lugar y quizá en el propio Durango, la gente se va a reír y a poner cara de incrédula, pero es rigurosamente cierta. Creo que tanto Antonin Artaud y André Breton también se deben estar riendo en sus tumbas pensando que su movimiento surrealista tiene todavía muchos adeptos y que valió la pena el viaje y la estancia en nuestro país.

Unos meses antes ocurrió otro incidente. Una mañana, al correr las cortinas, me encontré con una ¡cabeza de caballo! Me asusté, creí que todavía estaba dormida y que tenía  una pesadilla o un sueño con asociación espontánea. No era así, estaba perfectamente despierta y el caballo estaba desayunando con mi pasto y relamiéndose los belfos. Un rato después, apareció el dueño y se lo llevó.

El suceso se repitió una vez más, con ¡dos caballos! Entonces, le dije al propietario que si volvía a ocurrir me quedaría con sus animales. Además, es fácil imaginar cómo quedó el pasto después del almuerzo. Primero, me enfurecí, pero mi vecina, con mucha lógica y sentido del humor, decidió que los caballos habían contribuido con su granito de arena para el embellecimiento del pasto que estaba muy venido a menos. Esto se llama ver la vida de manera positiva.

Para completar el capítulo sobre el surrealismo, debo confesar que era   poseedora de una preciosa puerta de herrería que no tenía  BARDA. ¿Qué tal? La idea se me ocurrió para proteger el coche y que los ladrones no pudieran empujarlo y llevárselo. Alguien pensará quizás  que podrían llevarse la puerta. Pues no, porque está anclada con concreto y el coche no puede salir por ningún costado ya que sería necesario que lo elevaran  por encima de los automóviles de los vecinos. Así, ya podía dormir tranquila. Como es obvio, el plan era  construir la barda en cuanto fuera posible (léase, tuviera suficiente dinero), Por lo pronto, pensé en tomarle una fotografía para inmortalizarla, propósito que nunca cumplí.

Las peripecias con los animales continuaron durante el invierno. Las primeras en llegar, dispuestas a quedarse, fueron las abejas. Fue necesario librar un combate frontal, con asesoría de los bomberos,  ayuda del personal especializado de la SARH, insecticidas comprados en el supermercado, asistencia de un fumigador profesional y la eficiente labor de un albañil para  acabar con ellas o, por lo menos, invitarlas a buscar otro sitio para su panal.

Luego, aparecieron las avispas. Las acciones se repitieron en igual orden, también con resultado positivo. Ahora, como me sugiere Paco Durán, sólo me falta ocuparme de las nubes para seguir las huellas de Aristófanes. El propio Durán, con gran sentido del humor, ha señalado que ante estos hechos de la realidad cotidiana en Durango, uno piensa que podrían haber sido inventados por Kafka, a quien se podría considerar aquí como “uno más de los regionalistas”.

Se me ocurre todavía otra aventura. Hace unas semanas el jardinero podó un árbol con eficiente sierra eléctrica. Las ramas eran fuertes y grandes, pero cayeron como viruta al ser segadas. Me dijo que su compadre tenía una camioneta para recoger ramas, hojas y demás. Por la tarde vi llegar ¡dos carretas tiradas por dos flacos caballos!


¿Surrealismo? ¿Realismo mágico? ¿Superposición de tiempos, como señaló Alejo Carpentier en su novela Los pasos perdidos? No lo sé. Lo que sí sé es que la realidad, en muchos casos, supera a la literatura.